Alfredo Carrasquillo Ramírez

Punto de vista

Por Alfredo Carrasquillo Ramírez
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Entre corrupción y solidaridad

Cuando en Puerto Rico concluimos que hemos tocado fondo, la clase política se encarga de mostrarnos que siempre es posible cavar más profundo y llevar al país a un escenario aun más preocupante. Así como los terremotos que marcaron el inicio del 2020 y sus incesantes réplicas nos han expuesto a un escenario inédito de incertidumbre, los políticos también han hecho lo indecible por llevarnos por caminos nunca transitados.

Si bien el quiebre institucional y la crisis de liderazgo y credibilidad de la clase política ha ido agravándose a lo largo de los años, los últimos meses han complicado el escenario de manera dramática. La notable incapacidad del Estado para responder de manera efectiva y humana a la emergencia de los sismos tras sus devastadores impactos en la zona sur no ha hecho más que recordar el caos que imperó en la gestión pública tras el azote del huracán María. Pero esta vez la falta de pudor ha llegado a niveles casi pornográficos: políticos, funcionarios y candidatos aprovechando la tragedia para hacerse fotos; criterios de respuesta y distribución de ayudas informados por consideraciones político-partidistas; y visitas de funcionarios con sus séquitos y aliados políticos vestidos con los colores de su tribu, caminando juntos y borrando toda distinción entre respuesta a la emergencia y campaña política.

La gestión ciudadana que develó la existencia de almacenes repletos de suministros, algunos de ellos expirados, y todos tan necesarios para responder a la crisis de las últimas semanas, no hizo más que constatar que en el Estado hay una ausencia crasa de los más mínimos mecanismos de planificación, coordinación, gestión y control de inventarios, así como de la falta de una logística básica para el manejo, distribución y buen uso de los recursos públicos allí donde y cuando son más necesarios. Si la revelación de esa infamia se encargó de volver a arrancar con notable violencia las cascaritas a las heridas provocadas por las muertes de María e infectadas por las indignantes ofensas del chat del exgobernador Rosselló Nevares y sus panas, la absoluta torpeza y evidente deshonestidad de las respuestas de la gobernadora, la alcaldesa de Ponce, sus jefes de agencia y el desubicado presidente del Senado, se han encargado de reactivar la indignación ciudadana e impulsar movilizaciones y cacerolazos que parecen devolvernos al verano del 2019.

Lo que de primera intención pretendió ser un intento de la gobernadora por dar muestras de un manejo directivo y valiente para poner la casa en orden despidiendo a algunos funcionarios incompetentes que hacía rato debían haber estado desempleados, ha terminado develándose como una purga que parece tener más que ver con sacarse piedras del zapato de cara a las primarias por la gobernación en su partido, que con disciplinar y despedir a funcionarios mediocres. Cuando vivía en México a comienzos de los años noventa y en triste referencia a la corrupción imperante allí, mis amigos mexicanos se referían al último año del sexenio con un viejo refrán: el año de Hidalgo, la madre el que deje algo. En el Puerto Rico de este movido y lamentable 2020 se hace evidente que la lucha política tiene poco que ver con intenciones magnánimas por servir al público, y sí mucho que ver con quién tiene la oportunidad de administrar y repartir el bacalao de las ayudas federales que podrían llegar algún día. Así las cosas, es incómodo pero inevitable tener que reconocerle algo de razón al presidente Trump y los suyos cuando hablan de la corrupción de nuestros gobernantes.

Al margen de esas intrigas y batallas por el botín gubernamental, hay una sociedad que ha dado muestras evidentes de que no puede darse el lujo de esperar por el Estado. Las gestas cotidianas de solidaridad y compromiso de tantos grupos, organizaciones y ciudadanos han sido un alivio para los más golpeados por los sismos y una esperanza para los que a veces nos preguntamos si hay que echarlo todo a pérdida.

¿Será posible que de la solidaridad e indignación ciudadanas pueda emerger y articularse un proyecto colectivo que nos libere del secuestro partidista y de la corrupción? ¿Habrá en la sociedad civil y el sector privado la voluntad política, la humildad, el arrojo y la generosidad para pasar de la dispersión de iniciativas solidarias a la convergencia y la unidad de un proyecto de país? ¿O vamos indefectiblemente rumbo a un escenario como el de Turks & Caicos en 2009 cuando los británicos suspendieron el gobierno colonial y tomaron control absoluto de la cosa pública?

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viernes, 13 de marzo de 2020

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