Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Entre escombros te veas

El huracán nos ha refinado el vocabulario. De María para acá, las ramas y los troncos arrancados por los vientos se conocen como “material vegetativo”. Los restos apestosos del consumo que desbordan nuestros zafacones acceden al noble título de “desechos domésticos”. Y la palabra “escombros”, antes limitada a los residuos de construcción, ahora designa los cerros de hojarasca, chatarra y cachivaches que invaden calles y bloquean aceras.

Lo cierto es que la demora excesiva en el recogido de los despojos, llámense como se llamen, ha desembocado en un desmadre ambiental. La presencia de vertederos espontáneos en todas partes, durante meses enteros, es una invitación permanente a la anarquía. Si el manejo inadecuado de la basura ya representaba un grave problema de higiene pública, el desorden promovido por el desastre climático -y agudizado por la negligencia oficial- le ha dado al ciudadano licencia para botar.

 En el rincón menos pensado, puede uno toparse con un “showroom” al aire libre de antenas partidas, tormenteras mohosas, alfombras ensopadas, colchones destripados, sillas desencajadas, tablilleros apolillados y neveras hongosas. Como tutilimundi aprovecha la ocasión para deshacerse de cuanto vejestorio hospedan sus armarios y gavetas, tampoco es raro encontrar desde calzoncillos raídos y zapatos sin pareja hasta reliquias electrónicas y baterías difuntas.

Sobre un fondo de follaje quemado, el despliegue podría inclusive tener su estética de no ser por la mixta de sobras de comida, botellas rotas, latas aplastadas y papel de inodoro usado que sueltan las bolsas plásticas reventadas. Y ni hablar de los aromas que despide el conjunto o de las sabandijas que lo frecuentan, amén de los líquidos sospechosos empozados en sus recovecos. Cuando las autoridades piden que se organicen los chiqueros de esquina para facilitar su remoción,  ¿no saben que el desmonte manual de esas moles abigarradas es prácticamente misión imposible?

Cada día, voces desesperadas claman desde la radio por la eliminación de los estercoleros en sus comunidades. Documentan las inundaciones que produce la acumulación de broza y cochambre en las alcantarillas. Dan fe de las alergias y enfermedades provocadas por los focos de insalubridad. Advierten que los mosquitos y los roedores no descansan. Ni tampoco el desánimo producto de la contemplación continua de un panorama tan deprimente.

Y, un buen día, gracias a la intervención del milagroso san Ojeda, puede que aparezca por el barrio la ansiada procesión de camiones de carga y palas mecánicas. Gritos y aplausos estallan como si hubiera regresado la electricidad. Y los gatos salen a mirar con nostalgia la demolición del nido de ratas de sus desvelos. ¡Bienaventurados sean el estruendo de las máquinas recogedoras, el impacto de los armatrostes cayendo en el “troc”, el resoplido del tubo dispersador de hojas, el chirrido del rastrillo que cierra la operación! Botellitas de agua para los redentores, por favor.

Sí, ya sé, no hay dicha perfecta. Cabe el riesgo de que permanezca en pie algún bolsillo de asquerosidad. Y entonces habrá que volver a chillar y a patalear. Peor aún, algún residente pudiera acordarse esa noche de las diez latas de pintura reseca que tiene guardadas en el garaje para tirarlas en la represa Carraízo. Y, como quien no quiere la cosa, va y las deposita en la cuneta del frente en espera de otra improbable parranda sanitaria.

Pero, bueno, seamos realistas. A estas alturas, los escombros ya forman parte integral del paisaje boricua. Es muy dudoso que desaparezcan del todo antes del próximo huracán. Mientras tanto, no hay más remedio que convivir con ellos. Bajo las actuales circunstancias, hacer de tripas corazón es casi un deber cívico. Aquí van pues dos propuestas para ponerlos a buen uso.

Dada la escasez de árboles de Navidad y de luz para encenderlos, habría que darle seria consideración a la posibilidad de adoptar un escombro. Para decorarlo, se realizaría, con la colaboración del vecindario, un riguroso escogido de los cacharros y guindalejos más llamativos en los basureros colindantes. A falta de estrella luminosa, cualquier candungo de diésel podría coronar el invento.

El gobierno no debería pasar por alto la oportunidad de auspiciar un concurso, a nivel isla, entre los escombros de mayor creatividad ornamental. Un jurado de artistas del “Thrash Art” y otro de alcaldes expertos en megaembelecos tendría a su cargo la selección del ganador. Y la comunidad agraciada con el “Grand Prix du Débris” recibiría un generador gigante, de esos que se alimentan de basura compostada, cortesía de la Autoridad de Desperdicios Sólidos.

Si no les tienta el proyecto, lo otro es conseguir un furgón de toldos de FEMA para tapar los escombros y, con la bendición del Instituto de Cultura, declararlos yacimientos indígenas. Sería tremendo palo turístico, además de una inconmensurable aportación al estudio de la civilización puertorriqueña del siglo 21. Y, cuando todo el mundo haya emigrado a Orlando y a Kissimmee, créanme que los arqueólogos del futuro nos lo agradecerán.

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