Yarimar Bonilla

En Vaivén

Por Yarimar Bonilla
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Entre la fuga y el aguante

Al momento de escribir esta nota, más de 40,000 personas han firmado una petición exigiéndole a la compañía Netflix que remueva de su plataforma un documental sobre las experiencias de tres mujeres alojadas en hoteles pagados por FEMA luego del huracán María. Algunos que observan desde afuera se preguntan, ¿por qué un documental de apenas 37 minutos ha causado un furor tan desproporcionado?

Parece obvio que el primer elemento importante en este asunto es la clásica y constante tensión que existe entre los que “se van” y los se quedan, y el siempre impugnado rol de la diáspora como parte (o no) de la “verdadera” experiencia puertorriqueña. Sin duda esta no es la primera vez que se escucha decir por ahí que los que de allá afuera “no nos representan.”

Esto significa que las historias de los que se fueron, antes y después de María, los que se refugiaron en hoteles, los que acamparon en los sofás de sus familiares, los que regresaron cuando volvió la luz y los que aún casi dos años después de María siguen “por allá”, no son necesariamente vistos como parte del panorama post-María, aun si esas personas se fueron buscando refugio luego de largos meses sin luz ni agua, como es el caso de las protagonistas del documental.

Cerca de 19,000 personas se beneficiaron del programa de hoteles de FEMA luego de María. Tal vez no se pueda decir que es la experiencia más representativa de cómo se vivió el huracán, pero si es una parte importante de la historia. Además, pienso que el documental refleja aspectos relevantes de la experiencia puertorriqueña antes y después de María. Por ejemplo, cuando vi la mujer friendo tostones en su cuarto de hotel, pensé inmediatamente en los boricuas que llevan años viviendo en moteles de Florida desde mucho antes de María. Cuando escuché a la mujer llamando a un lugar tras otro, buscando sin éxito apartamento, pensé en la precariedad de vivienda que experimentan los miles de desplazados antes y después del huracán, y las largas filas que se forman para llenar solicitudes de Plan 8, tanto aquí como allá. Y cuando vi que la hija de una de las protagonistas estaba sufriendo de “bullying” en su escuela, pensé en mi propia historia de emigrante, cuando llegué a Topeka, Kansas, a los cinco años, y los niños en mi escuela elemental no querían jugar conmigo porque “hablaba raro.”

Hace tiempo ya que numéricamente los puertorriqueños de “allá” son más que los de “acá.” En una encuesta que realicé un año antes de María, con más de 1,000 personas en nueve zonas diferentes de Puerto Rico, encontré que casi la mitad de los encuestados (46%) había vivido en los Estados Unidos en algún momento, el 78% de estos por tres años o más. Aun los que nunca han salido de la isla viven con el peso constante de la posibilidad del exilio para ellos o sus hijos. Dada esta realidad, es hora ya de reconocer que las experiencias de los que se van, los que vuelven, los que se refugian, los que se quedan y los que viven en un constante vaivén, son parte significativa de la realidad puertorriqueña antes y después de María, y sus historias importan.

Claro, la razón por la cual la película causó tanto furor no fue simplemente por el desprecio usual a la diáspora, sino también por aquello que la filósofa española Adela Cortina llama la aporofobia: el miedo y repudio a los pobres y a la pobreza. Cortina utiliza el término para ofrecer un análisis matizado de la xenofobia (el repudio de los extranjeros). En el mismo, argumenta que los emigrantes adinerados no son víctimas de los mismos prejuicios que los padecidos por quienes son vistos como necesitados de recursos públicos, por lo que la xenofobia y la aporofobia hay que entenderlas en conjunto. Además, la aporofobia no se expresa únicamente hacia los inmigrantes, sino también hacia los deambulantes, los sin hogar y todo aquel que necesita o busca ayuda pública.

La aporofobia, a su vez, moviliza un sentimiento de superioridad que culpabiliza a los que sufren de pobreza, pintándolos como los únicos responsables de su destino y como los únicos responsables de su superación. Es tal vez por esto que, en los comentarios que acompañan la petición contra Netflix, vemos cómo a las protagonistas de la película se les tilda de “parásitos vividores” y “oportunistas” por simplemente buscar acceso a programas gubernamentales a los cuales tienen completo derecho. Aparentemente, a muchos les parece vergonzoso el simple hecho de pedir ayuda gubernamental.

Yo no encuentro nada vergonzoso en los rostros de las protagonistas del documental, tal vez porque vi esos rostros por mí misma cuando entrevisté a varios refugiados de María que se hospedaban en una pequeña hotelería de tres estrellas en la punta sur de Manhattan, en el borde entre Chinatown y el puente de Brooklyn. Allí conocí media docena de familias muy parecidas a las representadas en el documental: madres de niños con necesidades especiales, jóvenes en búsqueda de nuevos horizontes, y personas mayores debilitadas por el embate de las repetidas crisis que vivieron antes de ser ubicados en el barrio chino de Nueva York.

Me parece que, en vez de cuestionar las decisiones de estas personas, debemos cuestionar la lógica de un sistema que se niega a repararle el techo a una casa sin título de propiedad, pero sin problema le otorga miles de dólares a cadenas hoteleras para un albergue temporero sin miras de cómo salir de esa transición. Miles de personas firmaron una petición contra Netflix por contar las historias de estas tres mujeres, pero no veo a nadie firmando peticiones contra FEMA.

En los numerosos comentarios que han circulado por las redes esta semana, se reclama con coraje el que se hable de los que se fueron, en lugar de documentar las vicisitudes que sufrieron los que se quedaron en la isla. En particular se denuncia que se le dé un papel protagónico a los que recibieron asistencia estatal, en vez de demostrar la resiliencia de un pueblo que “se levantó solo”.

Me parece preocupante que a tres mujeres que pidieron ayuda estatal se les trate como villanas, mientras se celebra sin reflexión una resiliencia que fue producto del colapso y abandono estatal. Entiendo que no queremos ser un “país de mantenidos”, pero tampoco pienso que queramos ser un país de aguante, donde se acepta la precariedad, se asume la austeridad y se le permite a un estado cobrar el IVU más alto de todo el territorio de EE.UU. sin darnos ni siquiera los servicios más básicos a cambio.

Tal vez, en lugar de preocuparnos tanto por quién y cómo nos representan, nos debemos preocupar un poco más por quién y cómo nos gobiernan.

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