Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Entre sabios y necios

Según el diccionario de la Real Academia, aforismo es una “máxima o sentencia que se propone como pauta en alguna ciencia o arte”. Esta definición, por supuesto, se queda corta, porque la ambición del aforismo es entregarle al lector una lección en el arte de vivir, la sabiduría, ni más ni menos. Quien escribe un aforismo se considera no solo una autoridad en alguna ciencia o arte sino también un verdadero sabio. De ahí la oración corta y contundente, inapelable, sin argumentación, sin margen para la duda o réplica. Los aforismos —aun los que se encuentran dentro de un fragmento mayor— nos asaltan y son evidentes; no los cuestionamos. De ahí que los periódicos necesiten adornarse con una sabiduría incontrovertible, el “pensamiento del día”. La sabiduría es como una “marca” costosa —Prada, por ejemplo—; ante ella sólo hay asentimiento.

Las “redes sociales” también necesitan esta sabiduría, por lo que aquí entramos en dificultades, al encontrar en éstas aforismos “fake”, fatulos, como los que supuestamente sentenció un Einstein, convertido en creyente, algún Neruda más cursi de lo acostumbrado, un Napoleón compasivo o un Borges idiotizado, que nos sorprende con un lugar común, a mitad de camino entre la perplejidad y el Alzheimer. Nos sentencia el maestro porteño: “¡Todo es tan extraño!”, ¡como si no lo supiéramos! La mayoría de los aforismos conseguidos en las redes sociales, o “colgados” en YouTube, parecen escritos por Paulo Coelho. Podemos colgar infinidad de variantes sobre clisés o lugares comunes, convertir ateos en creyentes, transformar al comunista y ateo José Saramago en beato, en necios a los sabios y en ciclistas a los físicos. Decía Einstein: “La vida es como una bicicleta. Para mantener el equilibrio tienes que seguir adelante”. Es lindo este aforismo, porque valida aquella ley de la física de cómo un cuerpo se mantiene en línea recta y a velocidad constante por la ley de la inercia. Muchos siquiatras nos aconsejan, sin embargo, bajarnos de la bicicleta, sobre todo cuando vamos pendiente abajo al abismo, en el whoopee de las drogas, el alcohol, la comida o el sexo y se nos impone otra ley, la de gravedad. Se agradece, sin embargo, la concreción, porque la verdadera sabiduría tiene mucho de conocimiento concreto. Por ejemplo, nos dice Graham Greene: “El mejor olor, el del pan; el mejor sabor, el de la sal; el mejor amor, el de los niños”. Solo estoy de acuerdo con lo del pan, aunque mejor pudo haber mencionado el café, o el recao después de la lluvia. Lo de los niños es una tontería; de hecho, entre ellos es más fácil la crueldad que el amor, y de ahí el maldito “bullying”. Los niños con espejuelos y gorditos siempre estarán en desventaja.

Nos dice Napoleón Bonaparte: “El mundo sufre mucho, no por la violencia de las malas personas sino por el silencio de las buenas personas”. ¿Coelho? De dónde acá esa tierna empatía que nos recuerda a Madre Teresa, y de parte de uno de los grandes cínicos de la historia. Después de lacarnicería de la batalla de Borodino, le sentenció a su lugarteniente, y ante un campo lleno de cadáveres franceses, que en pocas noches de febril actividad sexual parisina todos esos franceses serían restituidos. Además, alguien que se corona a sí mismo debe ser, como Trump, una deleznable persona.

Decía Lao-Tse que “El sabio no enseña con palabras, sino con actos”. Esto es válido, sobre todo para la Iglesia Católica, que sólo se nos revela en sus actos sexuales. José Luis Aranguren, filósofo español que conocí en mi adolescencia, nos asegura, y hay que escucharlo porque sufrió cárcel bajo Franco: “La moral se esgrime cuando se está en la oposición; la política cuando se ha obtenido el poder”.

Buen memorial para los santurrones de izquierda. “Lo que sabemos es una gota de agua; lo que ignoramos es el océano”, dijo Newton. Sé algo de esto; mea culpa, ¡fui profesor universitario por treinta años! ¡La pretensión, la vanidad!, la incapacidad para confesar que no hemos leído un libro que debimos leer.

“El elogio oportuno fomenta el mérito, y la falta de elogio lo desanima”, dijo Martí. Nemesio Canales lo dijo mejor: “Los puertorriqueños somos cortos en el elogio y largos en el silencio”. “Camina siempre adelante, tirando bien la rienda, nunca ofendas a nadie para que nadie te ofenda”. Esto es el aforismo más fatulo de todos los que he reseñado: Alberto Cortés, quien nunca ofendía, el santurrón mayor, farsante sin par, se quedó con el nombre de otro cantante; se hizo famoso con el nombre de quien permaneció, para siempre, en las sombras y con un litigio a cuestas para rescatar su nombre de pila.

“Es sencillo hacer que las cosas sean complicadas, pero difícil hacer que sean sencillas”. Eso lo dijo Nietzsche. Uno de mis maestros universitarios me repetía algo mejor: “Cuando estamos en problemas, nos buscamos más problemas”.

Decía Irving Berlín, quien compuso lindas canciones, entre ellas “White Christmas”: “La vida es un diez por ciento cómo la hacemos y un noventa por ciento cómo la tomamos”. Estas palabras con luz fueron mejoradas por mi ídolo infantil Víctor Pellot Power, primera base de los Criollos de Caguas. Una noche, en la Serie del Caribe 1995, me encontré con él en un pasillo del Hiram Bithorn. Pocas veces recibimos consejos de un ídolo infantil. Al reconocerme en un estado avanzado de intoxicación etílica, me aconsejó: “La vida es como el béisbol, uno lo juega bien, aunque salga mal, no la juega mal esperando que salga bien”.

El escritor alemán Ernst Junger, cronista de la destrucción de su patria al final de la Segunda Guerra Mundial, concluye su libro con este hermoso aforismo de Boecio: “La derrota de la tierra nos concede las estrellas”. Siempre nos consuela pensar que, de alguna manera, encontraremos consuelo. Lo mismo podríamos decir de la enfermedad del planeta Tierra por el cambio climático.

Tengo uno de mi propia inspiración, variante de un verso de Tony Hoagland: “Los intelectuales son esosseres extraños que hablan del árbol, aunque no se interesan en saber el sabor de la fruta”.

Pero la mejor es esta. Nos dice Pitágoras: “Escucha, serás sabio. El comienzo de la sabiduría es el silencio”, y evitar las “redes sociales”, añado yo.

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