Julio A. Muriente Pérez

Punto de vista

Por Julio A. Muriente Pérez
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Entre sismos, de la pasión a la razón

El 23 de diciembre de 1972 a las doce y treinta y cinco minutos de la madrugada se registró un temblor de tierra en Managua, Nicaragua, que duró treinta segundos. Desoló la capital de ese país centroamericano y provocó la muerte a casi 20 mil personas, heridas a otras 20 mil y dejó 280,000 damnificados. La intensidad de aquel movimiento sísmico fue de 6.2 grados en la escala Richter. Tuvo como epicentro el lago Xolotlán, cercano a la capital.

Por su parte, el movimiento sísmico que impactó Puerto Rico el pasado martes, 7 de enero registró 6.4 grados de intensidad. El epicentro ubicó al suroeste, en una falla tectónica algo distante, bajo el fondo marino. Fue más fuerte que el de Managua; pero los daños materiales fueron mucho menores. Se ha informado de la muerte de una sola persona, provocada por el desplome de una pared.

Estos son dos ejemplos elocuentes de cómo no basta con la intensidad de un sismo para que provoque tal o cual grado de destrucción al paso de la onda sísmica. 

Utilizamos la palabra “desastre” para describir indistintamente lo que sucedió en Nicaragua y en el suroeste de Puerto Rico. Es evidente, sin embargo, que las consecuencias en uno y otro país fueron diferentes. La destrucción y muerte resultantes del sismo de Managua en 1972 fueron apabullantes, arrasadoras. En Puerto Rico, mientras tanto, ha habido un considerable impacto en algunos edificios, carreteras, escuelas e iglesias, en una instalación generadora de electricidad y en numerosas residencias. Sobre todo, en los municipios de Ponce, Peñuelas, Guayanilla, Yauco, Guánica y Salinas.

Probablemente el impacto mayor ha sido de carácter emocional. Cualquiera se espanta si en medio de la noche le despierta un estremecimiento continuo y creciente de su cama, su residencia y de todo alrededor suyo. Máxime si luego su casa se ve seriamente afectada. La angustia y la desesperación son mayores si, como sucede con muchos compatriotas, no es mucho lo que se conoce de sismos, si es la primera vez en la vida que se pasa por una experiencia como esa, y si todo constituye una inexplicable y muy desagradable sorpresa. 

Urge que vayamos superando el desasosiego tan generalizado que ha seguido a esta cadena de movimientos sísmicos y sus consecuencias. Es preciso que a la pasión inevitable sumemos la razón que nos permita comprender, desde el punto de vista material, social y científico qué es lo que ha sucedido; y a qué debemos atenernos en el futuro. 

Debemos hacer un esfuerzo para, con la mayor tranquilidad posible, aprender todo cuanto podamos sobre sismos, placas tectónicas, la ubicación geológica de Puerto Rico, medidas preventivas y otros asuntos relacionados. De igual forma y con un enorme rigor, tanto las personas y familias, como las instituciones privadas y gubernamentales debemos reconocer cuán negligentemente se han edificado en Puerto Rico casas, escuelas, hospitales, iglesias, carreteras y toda una infraestructura que ahora constituye un enorme riesgo a la seguridad general.

El lunes 6 y el martes 7 de enero tuvimos suerte. En la mayoría de las residencias afectadas, colapsaron las columnas que las sostenían pero no las casas. Algunos edificios se agrietaron, pero no cayeron. Hubo derrumbes, pero nadie resultó herido. Se afectaron escuelas e iglesias, pero estaban vacías. Se agrietaron algunas carreteras y puentes, pero no se perjudicó nadie. En medio de la consternación general, hemos sobrevivido para contarlo. La solidaridad, silvestre, no se ha hecho esperar.

Pero no siempre tendrá que ser así. Un buen día las iglesias y escuelas, los centros comerciales y los edificios, las casas, pueden estar repletos de gente, como lo están gran parte del tiempo. Y la opción no puede ser irnos del país o del planeta… 

Una vez elevemos a la conciencia el carácter altísimamente sísmico de la ubicación geográfica de Puerto Rico, tendremos que reconocer que esto será—como lo ha sido siempre, pero no éramos conscientes-- cosa de todos los días. Que ahora está temblando desde el sur, pero que mañana o pasado mañana puede temblar desde el norte, el oeste o el este. O desde nuestro propio territorio, como ocurrió en Managua en 1972. Que puede temblar en cualquier momento, de día o de noche, en invierno o en verano, si llueve o hace sol, con luna llena o luna nueva.

Que en este enero la intensidad de los sismos ha sido de 6.4 grados, pero que mañana o cualquier día puede ser de 7, 8 o más grados, como ha sucedido en Chile, México, Indonesia, Japón o Haití. 

Que lo que hoy definimos como desastre, en medio de la zozobra generalizada aumentada por la incomprensión, podría ser un evento menor si no tomamos las medidas correspondientes para enfrentar con éxito el impacto de uno o varios movimientos sísmicos.

Que no se trata, esencialmente, de un problema natural, sino de una muestra contundente, como lo demostró antes María, de las enormes deficiencias, negligencias, irresponsabilidades y descuidos, que por décadas se han dado en la edificación la infraestructura del país. 

Estamos advertidos. Ahora corresponde actuar. Desde la pasión y la preocupación, y desde la razón y la tranquilidad de espíritu. A hacer de este un mejor país, desde su materialidad y desde sus profundos sentimientos.

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