Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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En un callejón sin salida

La gobernadora Wanda Vázquez abrió la puerta y entramos con algún alboroto, pero derechitos. No era Noé invitando al arca porque venía un diluvio, pero se le parecía. El temible COVID-19, la enfermedad respiratoria que venía doblegando sociedades y destruyendo economías a lo largo y ancho del planeta desde enero, había llegado a la Isla del Encanto.

Teníamos, pues, que encerrarnos. Pasó el 16 de marzo. Unos días antes -el 13- se habían confirmado los primeros tres casos positivos.

Nos habían llegado ya noticias del colapso, a causa de la avalancha de casos, del sistema de salud de Italia, donde había médicos enfrentados a la innombrable disyuntiva de decidir a quién se atendía y a quién se dejaba morir sin aire, porque no había capacidad para tratar a todo el que lo necesitara. España, donde viven muchos de acá, también empezaba a pasarla mal con el coronavirus y llegaban los lúgubres informes.

Eran días de actuar sin vacilaciones. Pero no era fácil.

Nuestras relaciones con el gobierno están rotas hace años. La corrupción y la politiquería llevan años carcomiendo a las instituciones desde adentro, como un virus mucho más mortal que el COVID-19. Desde afuera, lo vemos con impotencia y horror. Vivimos con la sensación como de piedrita en el ojo que la función primordial del gobierno es servirle al país, sino darles empleo y contratos a la gente del partido y recaudarle dinero a ese partido.

En el camino, todo se derrumbó. El contrato social del que habló Jean Jacques Rosseau en el lejano siglo XVIII -el individuo entrega algunas libertades al estado a cambio de una vida colectiva en armonía- ardió en llamas aquí hace tiempo. El estado politizado, herrumbroso, a menudo corrupto, con el que malvivimos, ante todo existe en función de su propia supervivencia y es más obstáculo que aliado para el ciudadano promedio.

Pero llegó el coronavirus y hubo escuchar a gobierno y cooperar.

Nos encerramos cuando nos lo pidieron. Hemos guardado en un cofre de oro nuestras muy humanas facultades de ir donde nos plazca, cuando nos plazca o de ver a quién nos plazca, cuando nos plazca. Nos pasamos los días contemplando la vida transcurrir desde la ventana.

Se hizo bajo el entendimiento, o la esperanza, o la locura, de creer que mientras nos encerrábamos, dejábamos de ver a los seres queridos y perdíamos empleos o ingresos, el gobierno disfuncional incapaz de cualquier cosa importante iba esta vez a hacer su parte contra este enemigo feroz.

Eso no pasó. Las roñosas vértebras del estado fallido quedaron expuestas como pasa, de un tiempo a esta parte, cada vez que se le necesita.

Hasta los pasados días, el gobierno no estaba siquiera contando bien los casos. No ha podido todavía echar a andar un operativo de rastreo de contactos, una medida esencial para contener la propagación del virus. Tras semanas de promesas, funciona todavía muy esporádicamente como para que se le pueda considerar que existe.

Tampoco se están haciendo la cantidad de pruebas que necesitamos para entender bien la magnitud de la propagación del virus aquí y, más importante aún, para poder proyectar cómo esto se va a desarrollar en las próximas semanas y meses.

En el tema de las pruebas, además, el gobierno mostró el diente de oro que cuando ríe se ve brillando que nunca falta en estos casos: se puso a hacer negocios dudosos con empresarios sin experiencia en cuestiones médicas, pero bien conectados al Partido Nuevo Progresista (PNP), que le cobraron extraordinarios sobreprecios y que al final o no entregaron o se retrasaron tremendamente en traer las pruebas que tanto necesitamos.

Resumen: durante los más de 40 días en que la sociedad se guardó para permitirles a las autoridades manejar esta situación sin las complicaciones de brotes incontenibles, el gobierno no pudo desenmarañarse de sus vicios de siempre y, como ya es costumbre cuando hay crisis, fracasó.

La situación es harto complicada.

La gente está agotada del encierro. Queremos vernos y abrazarnos. El comercio y la industria quieren echar a andar. El abismo económico es inconmensurable. Miles están desempleados o han perdido ingresos. Las alacenas en las casas se vacían. Hay incontables negocios asomándose a la ominosa bancarrota.

Hay una fuerte presión sobre la gobernadora de parte de sectores económicos para que “reabra” la economía. La verdad, la pura y dolorosa verdad, es que no hay información hoy que permita tomar la decisión de reabrir de manera responsable. La incapacidad del gobierno para levantar datos confiables haciendo pruebas o rastreando contactos nos ha dejado sin la información vital que nos permitiría más o menos determinar cómo va a seguir desarrollándose esto y ver cuándo la vida podría estar volviendo a la normalidad.

Hay tres criterios principales que la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha fijado para que un país vuelva a tener algún asomo de normalidad: una baja sostenida en casos nuevos, rastreo de contactos y abundancia de pruebas. No contamos hoy con ninguno de esos criterios. Hay algunos análisis, algo optimistas al ojo de quienes más saben de esto, de que la curva se está “desacelerando”. Tienen esos análisis el problema crítico de todo lo demás: parten de la raíz envenenada de unos datos en los que simplemente no se puede confiar.

Hay que andar en esto con extremo cuidado. Las consecuencias de una reapertura a destiempo pueden ser catastróficas. No hay hoy una sola jurisdicción que haya vuelto a la normalidad, ni siquiera las que mejor han manejado esta amenaza. Decir “estamos listos” hoy no es solo incorrecto porque eso la verdad nadie lo sabe; es, además, muy temerario.

Corea del Sur y Alemania, cuyos casos nuevos se han ido reduciendo sostenidamente desde marzo en el caso del primero y desde principios de abril en el caso del segundo, apenas están permitiendo la reapertura de algunos pocos sectores muy gradualmente. En Singapur, cuyo fenomenal operativo de rastreo de contactos ha sido elogiado en el mundo entero, los casos nuevos aumentaron en un 210% cuando empezaron a permitirse algunas actividades en abril, lo que obligó al gobierno a extender la cuarentena por un mes adicional.

La cosa no es, como se ve, cuestión de eslóganes. Hay una verdad con aliento de dragón, muy dolorosa, pero inocultable, a la que nos toca mirar de frente, aunque nos duela: nuestras autoridades perdieron más de 40 días en su incompetencia y chanchullos de siempre y eso nos impide ver cuándo y cómo se puede volver a la normalidad que queremos todos sin que eso nos cueste la vida, que es lo que al final importa (o debería importar).

Ojalá que pronto volvamos a encontrarnos en la calle y podamos abrazarnos y bailar como nos gusta. Hoy no hay condiciones para eso. Hoy seguimos en el callejón sin salida en el que nos metió el Estado inservible en el que vivimos.

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