Ingrid Vila Biaggi

Tribuna invitada

Por Ingrid Vila Biaggi
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Equidad es igual a mejor sociedad

Mi primera experiencia con la inequidad la viví a los cuatro años. Mi hermano, que tenía seis, comenzaba a participar de las pequeñas ligas de béisbol. Yo, como su única hermana, era la que practicaba con él en el patio de nuestra casa. El béisbol me fascinó y a esa corta edad quería poder jugar también en su equipo. Aun cuando demostraba buena habilidad para este deporte, la respuesta fue tajante: el equipo era sólo de varones. Desde ese momento, tomé clara conciencia de los límites que me quería imponer la sociedad por ser mujer.

A lo largo de mi vida académica y profesional he tenido, como muchas otras mujeres, que enfrentarme y retar las estructuras anquilosadas que de otra manera no me hubiesen permitido desarrollarme a capacidad. Algunas son trabas explícitas, otras prejuicios disfrazados. No he permitido que ninguna me detenga. La experiencia más reciente la viví en estas pasadas semanas con motivo de mi renuncia al puesto de secretaria de la Gobernación.

Son muchos los que concluyen que he abandonado el puesto porque tengo dos niñas y un esposo que atender. En efecto: tengo dos hijas y un marido, a quienes adoro con pasión y a quienes en ningún momento de mi vida profesional, incluyendo los pasados dos años, he desatendido. Al igual que miles de mujeres y hombres en nuestro país, puedo mascar chicle y caminar a la vez. Los diversos roles enriquecen, no limitan.

Todas estas actitudes erróneas e ideas preconcebidas son el producto de la falta de entendimiento y respeto hacia los demás. Parten de una visión condescendiente y paternalista, en nombre de la cual la mujer sigue relegada en muchos renglones de la vida profesional y civil. Estos estereotipos nos aprisionan y en muchas ocasiones nos obligan, tanto a los hombres como a las mujeres, a asumir y aceptar situaciones que quiebran nuestras opciones y posibilidades. En el peor de los casos alcanzan la aceptación social y reproducen la peligrosa noción de que un género puede y debe tener control sobre otro.

Hace poco tuve la oportunidad de escuchar el llamado a la equidad de género que hizo la actriz británica Emma Watson, recientemente designada embajadora de buena voluntad de Naciones Unidas. Junto a Watson, Naciones Unidas ha impulsado una campaña denominada “HeforShe”, que persigue erradicar a nivel mundial la inequidad de género para el año 2030. Esto requerirá que cada nación adopte y adelante políticas de educación y concienciación sobre el tema a todos los niveles. Implicará promover el respeto hacia las mujeres, aunque también educar a los varones para que entiendan que su humanidad parte de su capacidad de ser vulnerables y manejar sus sentimientos. No se trata sólo de que los hombres respeten el espacio al que tiene derecho la mujer, sino que también los ayudemos a despojarse de las reglas silentes y perniciosas que les exigen ser fuertes y estoicos ante todo y que laceran su propia humanidad.

Se habla mucho de la necesidad de ser más competitivos como país y no solemos tomar conciencia de que no nos moveremos ni un paso si continuamos impidiendo, por prejuicios, que cada ser humano alcance el máximo de sus posibilidades. La clave, como en todo, reside en la educación. Nuestro sistema de educación tiene que integrar temas de equidad, igualdad y respeto como fundamentos básicos para lograr la trasformación social que necesitamos. Los tiempos no nos permiten actuar con miedo. Por el contrario, exigen responsabilidad y brío.

Las naciones del mundo han reconocido y elevado la luchas contra la inequidad como cruzada internacional y nosotros debemos sumarnos a ese esfuerzo. Qué mejor legado podemos dejar a nuestros niños y niñas que el tener una sociedad más justa, equitativa y humana para cuando ellos disfruten su adultez. Comencemos por nuestras comunidades, apoyemos esfuerzos de grupos que persiguen justicia y respeto, exijamos más de nuestras instituciones.

Debemos, como comunidad amplia, convertirnos en agentes de cambio para abrir camino y construir una nueva infraestructura social, en la que todos nos reconozcamos en igualdad.

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