Fernando Cabanillas

Consejos de cabecera

Por Fernando Cabanillas
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¿Es la carne roja tan mala?

“Los médicos nunca se ponen de acuerdo. Un día dicen que algo es malo y al otro día dicen lo contrario”. 

Ya ustedes han oído esto infinidad de veces, y ahora, en medio de la polémica con la carne roja muchos lo estarán repitiendo. Me refiero a la controversia suscitada por cuatro recientes publicaciones en Annals of Internal Medicine donde el Dr. Bradley C. Johnston concluye que la carne roja no es tan mala como se nos había dicho. Pero más que esa conclusión, con la cual yo estoy totalmente de acuerdo, lo que realmente me molestó fue la reacción visceral de parte de muchas organizaciones de salud. En vez de responder serenamente con un análisis de los datos y con argumentos científicos, lo que hicieron fue denigrar la controversia al nivel de un conflicto religioso, como si esto fuera una guerra santa entre musulmanes y cristianos. 

Varias organizaciones ya habían declarado la carne roja como un probable cancerígeno y la carne roja procesada (entiéndase embutidos), como un cancerígeno definitivo. La crítica de Johnston en cuanto a esas inferencias es que no se confeccionaron siguiendo una metodología rigurosa, bien estructurada y transparente. 

Por esa razón, organizó un panel independiente de 14 expertos en nutrición de 7 países, para examinar los datos publicados en la literatura médica. Lograron identificar 36 publicaciones que habían estudiado la relación entre el consumo de carne roja con el cáncer y con la salud cardiovascular. De estos estudios, 12 eran aleatorizados, lo cual significa que a la mitad de los participantes se les había asignado comer carne roja y a la otra mitad seguir una dieta libre de esa carne. Este tipo de estudio es el que genera la evidencia de más alta calidad. 

Una de esas investigaciones, del Women’s Health Initiative (WHI) era de gran magnitud, con más de 43,000 participantes. Además encontraron otras 23 publicaciones que presentaban datos no aleatorizados. Luego de revisar los detalles, llegaron a la conclusión de que la evidencia carecía de suficiente peso para condenar la carne roja como nociva para la salud. 

Y ahora me tengo que detener para subrayar que la conclusión no fue que no había correlación entre la carne roja y la salud, como muchas personas incorrectamente interpretaron, dando lugar a una gran polémica. La conclusión fue que el peso de la evidencia no era suficiente. Por ejemplo, en el estudio del WHI el mayor beneficio observado fue de una pequeñareducción de mortalidad por cáncer. Esto se traduce a que de cada 100 participantes que no comieron carne roja, se observó solo un caso menos de muerte por cáncer. Lo mismo ocurrió con muertes por causas cardiovasculares. Los autores llegaron a la conclusión de que “nuestra recomendación de que la gente continúe su consumo usual de carne resalta la incertidumbre asociada con sus posibles efectos nocivos, matizada por la pequeña magnitud del posible efecto nocivo”. 

En otras palabras, reconocen que la evidencia que ellos han generado no es fuerte, pero a la misma vez proponen que si existiera un efecto nocivo de la carne roja, su magnitud sería muy pequeña. Me parece muy juiciosa y razonable su conclusión, porque reconoce las limitaciones de los estudios dietéticos, que siempre son imperfectos. Por ejemplo, cuando alguien reporta en un cuestionario que come carne, digamos una hamburguesa, no reporta necesariamente que a la misma vez se comió una ración de papas fritas con mucha grasa. ¿Cuál de los dos es más o menos perjudicial? ¿Y qué tal si acompaña su hamburguesa o su bistec con un par de copas de vino tinto? Los franceses lo hacen con frecuencia y eso ha dado lugar a la “paradoja francesa”, que postula que a pesar de su pésima dieta, su salud cardiovascular es excelente, alegadamente debido a la protección ofrecida por el vino tinto.

Las conclusiones de Johnston han alborotado el avispero, a pesar de que lo que ha dicho es simplemente que la carne roja hace poco daño y que este daño solo se puede medir cuando se estudian cientos de miles de personas.

Como es de esperarse, muchos han atacado sus conclusiones, embistiendo primero contra el autor y no contra su metodología o la validez científica de sus conclusiones. Esto lo conocemos como “ataque ad hominem”, que se puede resumir como un ataque al mensajero y no al mensaje. Se han aferrado al alegato de que Johnston tiene un conflicto de interés que no declaró y que consistía en un contrato con un grupo comercial agrícola. Ese contrato era del 2015, por lo que estaba fuera de la ventana de tres años para revelar conflictos de interés. Yo pienso que aun si el autor tuviera un conflicto, eso no necesariamente significaría que sus conclusiones son incorrectas. No debemos olvidar que el estudio no fue ejecutado por Johnston solamente, sino por un equipo grande de investigadores sin conflictos de interés y sin financiamiento externo. 

Johnston alega que el verdadero problema es que las personas son reacias a aceptar hallazgos que contradicen los puntos de vista prevalecientes. “La gente tiene opiniones muy fuertes. Los científicos deberían estar abiertos a los desafíos de sus datos. La ciencia se trata de debate, no de empecinarte en tu opinión”. 

Quizás un argumento de más peso en contra de la popularidad de la carne roja es la concentración del metano en la atmósfera. Se espera que a finales del siglo XXI el efecto nocivo de este gas supere al del bióxido de carbono. El presidente Trump quizá desconozca que el metano es un gas y cada vaca produce 200 libras por año en sus intestinos. Esto contribuye al cambio climático, un fenómeno del que no está exento Washington DC. No obstante, esa ciudad ya de por sí huele algo extraño... a corrupción, no a metano, siendo la número uno en el “hit parade” de la inmoralidad. No, no son “fake news”. Washington DC es 5 veces más corrupto que Puerto Rico. ¿Por qué entonces no aplicarle a Washington DC los mismos controles al desembolso de fondos federales que se le aplican a Puerto Rico? 


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