Juan Zaragoza

Tribuna Invitada

Por Juan Zaragoza
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Es mejor seguir con la reforma

“El peligro más grande en tiempos de turbulencia no es la turbulencia sino el que actuemos conforme a la lógica del pasado”.

Peter Drucker

Tradicionalmente, en los procesos de negociación, las áreas más fáciles de atender son aquéllas en las que las dos partes están de acuerdo. Esa lógica parecería ser de aplicación a la propuesta reforma educativa, ya que si de algo todo el país está de acuerdo, es que nuestro sistema público de enseñanza no funciona.

Incluso no es solo que no funcione, sino que ha provocado que nuestros niños se queden rezagados y con ellos el país completo. Sistema cuyo producto no está a la altura de lo necesario para enfrentar los años universitarios y competir efectivamente en el ámbito laboral, y menos aún para avanzar en un mundo tan cambiante. Sistema que, como tantas otras cosas en este país, nos amarra por las piernas y no nos permite caminar hacia el futuro.

Con sus virtudes y sus defectos, la propuesta reforma intenta darle nuevos enfoques al sistema educativo. Claro está, cambiar el sistema es una cosa y cambiar la educación es otra.

La reforma contiene múltiples disposiciones, tales como aquéllas relacionadas con la estructura del Departamento de Educación (DE), las escuelas chárter, los vales educativos, los parámetros para canalizar el grueso del presupuesto hacia el salón de clases, y las ideas relacionadas con cambios en el currículo, entre otras.

Todas estas enmiendas deben ser evaluadas bajo un solo criterio: ¿cómo impactan la calidad del servicio a los clientes del DE? Es decir, como benefician la enseñanza a los estudiantes y sobre todo al principal componente de la educación, que son los maestros. La preocupación legítima de muchos es que la correlación entre los cambios propuestos y el mejoramiento en el aprovechamiento académico se ve muy difusa.

En cuanto a la reestructuración, hay que empezar diciendo que la estructura que hoy se rechaza, fue un día no muy lejano el producto de la recomendación de algún asesor de nombre sofisticado, recibida con bombos y platillos.

El gran peligro de esta reforma es que se quede simplemente en el cambio de “las cajitas” de la estructura del DE, y se pierda el verdadero objetivo en el camino: mejorar la enseñanza.

En cuanto a las escuelas chárter, que según las últimas enmiendas están limitadas en cuanto a su cantidad, debemos evitar ponerles el sello de “fallidas” basado en las experiencias mixtas en varias jurisdicciones de los Estados Unidos. Esas experiencias nos deben servir para afinar su diseño y su medición.

Sus opositores, al igual que los que se oponen a los vales educativos, se preocupan legítimamente por dos razones. Primero, porque las ven como la herida superficial por la cual podría acabar desangrándose el sistema. Es decir, el principio del fin de las escuelas administradas por el DE. Segundo, porque el éxito de estas depende grandemente de la fiscalización y medición de resultados, materia en que el gobierno, en general, ha desaprobado con honores en el pasado.

En cuanto a los parámetros presupuestarios, en su concepto es una muy buena idea, ya que obliga al DE a hacer los ajustes en su parte administrativa, la cual ha sido desproporcionalmente grande en relación con el área educativa. Los que critican este enfoque saben que en la clase de “Fiel cumplimiento con parámetros presupuestarios”, nuestros gobiernos son “colgaos en serie”.

En resumen, hay razones válidas para dudar de la efectividad de la implantación de los cambios propuestos, pero no hay ninguna duda en cuanto a que lo que tenemos no funciona.

Ante esa certeza, y aún con sus riesgos, creo que el mejor camino es seguir adelante con la reforma educativa. Claro está, contrario a otras, y por la importancia de lo que está en juego, en un período de dos años debemos evaluar los resultados para determinar si seguiremos por este camino.

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