Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Esopo en Puerto Rico

Al igual que el país, Esopo tenía que importar animales para sus fábulas. Allá en la costa griega de su Tracia natal -una playa tan endeudada como la nuestra- la fauna era escasa. En aquel archipiélago era muy raro encontrar camellos, monos, zorras, elefantes, cobras, gatos, o leones, los animales que más pueblan los relatos del gran fabulista. Los expertos esópicos sugieren que la mayoría de las fábulas eran versiones griegas de relatos egipcios o libios, y que los gatos que aparecen en las fábulas en realidad eran comadrejas domesticadas o que el temible león solía ser la negación del asno.

Todo esto viene al caso debido a que, en febrero, la Cámara de Representantes buscaba aprobar el Proyecto-Resolución 251, que ordena a las comisiones de Seguridad Pública, Agricultura, Recursos Naturales y Asuntos Ambientales, investigar y prohibir el tráfico de animales exóticos en la isla. El impulsor de la medida es el legislador del PNP, José Aponte Hernández, y su mayor preocupación es el narcotráfico. En un comunicado de prensa nuestro “Pet-Detective” en la Cámara asegura que “en la isla se han incautado boas, pitones, serpientes venenosas, osos, pumas, leones, tigres de bengala, jaguares, ocelotes, arañas y escorpiones” y que existe una relación muy estrecha entre estos animales y el tráfico de drogas. Nuestro Dr. Dolittle en la Cámara asegura que la Policía ha encontrado animales exóticos colocados en lugares estratégicos utilizados “para vigilar drogas y para restringir el área”.

La mayor tentación es imaginarse una araña vigilando un cargamento de heroína. Pero más allá de la risa esópica del gobierno araña, lo que preocupa es la insensatez del legislador a la hora de conectar el tráfico de animales con la droga. ¿Por qué no se ocupa también de los guacamayos que se fugan de las mansiones de la avenida Glasgow? ¿Dónde quedan los animales que sufren la contaminación por la deposición de cenizas en Peñuelas? ¿Quién va a proteger a los peces, a los pulpos y al bendito carrucho de la gula cuaresmal?

Es sensato pensar, entonces, que el PNP es esópico. No es solo que su proyecto de partido está montado en una fábula demócrata -el símbolo del Partido Demócrata es un burro- sino que cada vez que tienen un problema de frente huyen hacia Esopo: los animales siempre son los otros. Por eso criminalizan los animales que no encajan en su fábrica de fábulas e importan animales de otras latitudes a cualquier costo. En su afán de ganar -gobiernan como si estuvieran perdiendo- mitologizan hasta los mosquitos.

No es casualidad que uno de los mayores expertos en las fábulas de Esopo, el inglés B.E. Perry, considera que la fama de las fábulas estaba relacionada con la idea de rebautizar dioses olvidados. De aquí los títulos que algunos coleccionistas de fábulas seleccionaban: “Los asnos que fueron a Zeus”. Algo similar sucedió con las moralejas. Eran los coleccionistas, en su mayoría oradores contratados por reyes y tiranos, quienes colocaban moralejas al final de cada fábula: “Al hombre fraudulento conviene esta fábula” o “También los dirigentes de estado son más eficientes si llevan la patria a confusión.”

Pero si de griegos se trata tendríamos que decir que, si bien el PNP es esópico, el PPD es homérico y el PIP es trágico, más de Edipo que de Antígona. Mientras los populares hacen alianzas con Agamenón, Aquiles y los dioses, los pipiolos se vuelven trágicos, se casan entre ellos, y se sacan los ojos. Pero la manía esópica del PNP les lleva ventaja porque la fábula es un género maleable, sin contexto, que se adapta, cambia de animal, e inventa moralejas nuevas. Así es que el PNP ha sobrevivido a los escándalos más viles de corrupción, privatizaciones y reformas de precariedad laboral. No hay duda, que el PNP se sobrepone con la ligereza de una fábula, justo como aquel esópico murciélago que, herido de alas en el suelo y a punto de ser comido por una comadreja, se salvó cuando el murciélago le dijo a su presa que él no era un pájaro, sino un ratón.

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Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

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