Eduardo A. Lugo Hernández

Tribuna Invitada

Por Eduardo A. Lugo Hernández
💬 0

Esos hábitos que llevan a gastar electricidad

A más de una semana del apagón apocalíptico, son muchas las preguntas y teorías acerca de su causa. También nos debatimos acerca de la reacción del país durante el apagón y particularmente después de restablecido el servicio.

Por un lado, existe consenso en cuanto a la manera colectiva y empática con que asumimos la falta de electricidad. Vecinos se reunieron frente a sus hogares a conversar acerca del suceso y compartir de maneras que hace mucho o nunca habían hecho. Otros hicieron BBQ’s para consumir la carne que de seguro se perdería. Y algunos compartieron líneas de sus plantas eléctricas para proveer energía a sus vecinos. Como muchos proclamaron en sus estatus de Facebook,  esa fue “la noche que volvimos a ser gente”.

Sin embargo, las reacciones luego de restablecido el sistema fueron variadas. Aunque hubo elogios para los empleados de la AEE por su trabajo incansable, también surgieron múltiples voces críticas de la Autoridad por la falta de mantenimiento del sistema, la desinformación al público, las obstaculización de vías alternas de producción energética, y la contratación millonaria de Lisa Donahue, a pesar de la oposición de varios sectores.

Una de las ronchas más severas se produjo cuando la AEE emitió un pedido a la ciudadanía de tener mesura en el uso de la energía cuando se le restableciera, ya que el uso desmedido podía causar un nuevo colapso del sistema. Las reacciones negativas de los ciudadanos no se hicieron esperar a través de las redes sociales, ya que entendían que la AEE los responsabilizaba del mantenimiento o colapso del sistema.

Esta reacción no debe sorprendernos. Por un lado, la ciudadanía experimenta un profundo sentido de desconfianza en contra del gobierno. Por otro lado, la ciudadanía tiene poco entendimiento acerca del impacto que tiene el consumo individual en la sostenibilidad del sistema. Este entendimiento está basado en décadas de dependencia en la AEE para que supla la energía a nuestros hogares sin mediar otra interacción que no sea la de recibir la factura que le indica cuanto debe pagarle al suplidor por la misma. Esta dinámica genera una visión limitada del sistema y apoya hábitos de consumo que son difíciles de transformar. Además, sustenta creencias y actitudes que se desvían del sentido de interdependencia necesario para mantener este y otros sistemas energéticos. 

La importancia de la interdependencia merece ser explorada con mayor profundidad, ya que es la base para cualquier transformación energética, en particular las microredes. A nivel mundial, los sistemas eléctricos se están moviendo a este esquema. En Puerto Rico ya inicio este movimiento con la aprobación de la ley sobre comunidades solares.

Una microred es una red eléctrica integrada que utiliza fuentes de energía distribuidas (en su mayoría renovables) y, generalmente, dispositivos de almacenamiento de energía para satisfacer la demanda a nivel local. Normalmente, la microred opera conectada al sistema eléctrico de la empresa suministradora, pero con la capacidad de autoabastecerse y funcionar de forma aislada cuando sea necesario, para aumentar la confiabilidad del suministro a la carga local.

Las microredes han sido identificadas como una alternativa viable a la situación energética de diversas regiones. Estas microredes se componen de equipo técnico que capta, almacena y distribuye la energía a los miembros de la microred. También posibilita que estas personas puedan vender esta energía a terceros. Por ende, la microred, no solo depende de un sistema técnico, sino de las interacciones sociales de aquellos que la componen.

En este sentido, existe un alto nivel de interdependencia entre sus miembros. En un país dónde la mayor parte de nosotros no hemos visualizado la energía como un proceso colectivo, el éxito de las microredes requiere cambios en creencias, actitudes y conductas.

Hallazgos en el área de la Psicología Ambiental nos indican que las personas no conservan energía porque han generado hábitos de consumo que son automáticos y difíciles de romper. Estos hábitos están sustentados por percepciones erróneas acerca del consumo de energía. La buena noticia es que son modificables. Para atender este problema se requiere de políticas públicas y educativas que aumenten el conocimiento del consumidor y que los dirijan hacia estrategias más eficientes de consumo. 

En referencia al uso individual energético, la psicología ambiental también nos indica que las personas evalúan los costos y beneficios de esta conducta. Esta teoría indica que las decisiones que toman las personas están basadas en las actitudes que poseen acerca de la conservación, las normas sociales (que hacen las personas significativas o cercanas a mí) y el control percibido sobre la tecnología. Podríamos decir que en Puerto Rico hemos observado una cultura de consumo, la cual establece esta conducta como la norma y las personas perciben poco o ningún control sobre la tecnología, ya que esta pertenece al monolítico de la AEE.

Sorpresivamente, nuestra preocupación por el ambiente, no es uno de los factores principales en nuestras conductas de consumo energético. Esto es particularmente cierto cuando las limitaciones (ej. costo en esfuerzo y dinero) rebasan los beneficios.  Si nos damos cuenta, ambos factores son de naturaleza individual y no colectiva.

¿Qué opciones tenemos para fomentar una visión de interdependencia que sustente iniciativas como las microredes? La investigación nos indica que debemos proveer información a los consumidores acerca de sus patrones de consumo y proveerles estrategias que remplacen aquellas que no promueven la conservación.

Además, en un contexto de microredes, es clave fomentar un sentido de comunidad entre las partes participantes. Estas estrategias colectivas pueden ayudar a cambiar las normas sociales de consumo y deben estar basadas en el empoderamiento de comunidades para producir la energía y vender la misma a terceros. Esta transformación de consumidor a productor-consumidor (prosumer) podría resultar en no solo la sustentabilidad energética de la microred, sino en el fortalecimiento económico de los involucrados. Finalmente, es clave que esta transformación se base en principios de equidad y justicia.

Es un momento trascendental para el país en muchos sentidos, y el energético es uno medular. La ciudadanía de manera colectiva debe promover iniciativas de autogestión energética y económica para fortalecer a nuestras comunidades. Esto solo lo lograremos fomentando un sentido de interdependencia, autogestión y responsabilidad social. 

Otras columnas de Eduardo A. Lugo Hernández

💬Ver 0 comentarios