Fernando Cabanillas

Consejos de cabecera

Por Fernando Cabanillas
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Esos malditos (o benditos) genes ahorradores

Algunos fácilmente bajan de peso y otros no. ¿Por qué? Si eres como yo, seguro que envidias a esas personas que al lado tuyo comen todo lo que les viene en gana: helados, bizcocho, arroz con habichuela… y no ganan peso. Y también te compadecerás de aquellos que comen poco y engordan. ¿Cómo es que ocurre esto?

En palabras simples, tu peso depende de la cantidad de calorías que consumes, cuántas de esas calorías almacenas y cuántas quemas. Hasta lo puedo llevar a una ecuación matemática sumamente sencilla: cambio en  peso = calorías ingeridas – calorías quemadas. Si ingieres más calorías que las que quemas, vas a engordar, y si lo contrario ocurre, entonces perderás peso. El exceso de calorías no utilizadas se almacena como grasa en el cuerpo, frecuentemente en la cintura. Si haces mucho ejercicio, quemas esa grasa almacenada y rebajas. Entonces, no tiene mucho sentido que algunos coman en exceso sin ganar peso y sin hacer ejercicio. La receta para mantener un peso estable y saludable es muy simple: quema lo que comes, y come lo que quemas. Pero resulta que la vida no es tan sencilla como una simple ecuación matemática, y el cuerpo humano es todavía menos simple. Las dos partes de esta ecuación están influenciadas, no solo por el ambiente, sino en parte por nuestros genes.

Los genes pueden afectar el funcionamiento del cuerpo, incluyendo cuán rápido quemas las calorías, que es lo que llamamos el metabolismo. Este no es otra cosa que el proceso mediante el cual quemamos las calorías que ingerimos para convertirlas en energía. ¿Energía para qué? Pues para llevar a cabo funciones esenciales como la respiración, las contracciones del corazón, la digestión de alimentos y la actividad física. La energía que nuestro cuerpo utiliza para estas funciones básicas se conoce como la tasa metabólica basal. Todas estas funciones consumen calorías, pero lamentablemente la única que podemos aumentar es la actividad física. ¿Cómo pueden los genes influir en el peso?

Los genes contribuyen a la obesidad de muchas maneras, al afectar el apetito, el sentido de saciedad, el metabolismo, los antojos y la distribución de la grasa corporal. La contribución de la genética a los trastornos del peso varía bastante de una persona a otra. Para algunas personas, los genes puede que representen una minoría de la predisposición al sobrepeso, mientras que para otros puede ser mayor. El tener una idea aproximada del papel que juegan los genes, puede ser muy útil para decidir cómo manejar el problema del sobrepeso.

Miles de años atrás nuestros antepasados tenían que sobrevivir, ya sea cazando o sembrando. Pero, ¿cómo sobrevivían cuando había una sequía y las cosechas fallaban? Los que almacenaban más grasa podían sobrevivir durante esos tiempos de vacas flacas, y los que no… pues simplemente perecían. La evolución según Darwin, nos explica que aquellos individuos con más capacidad de almacenar grasa fueron los que sobrevivieron. La teoría de los genes ahorradores postula que la selección natural de estos agraciados, propagó esos benditos genes que promueven el almacenaje de grasa. Esto explicaría por qué la mayoría de los humanos modernos supuestamente tenemos los llamados “genes ahorradores”, que nos ayudan a conservar energía y almacenar grasa. Pero estos genes hoy día son más una maldición que una bendición, porque ahora vamos de cacería, pero al supermercado, no a la selva, y siempre y cuando tengamos una tarjeta de crédito respaldada por una cuenta de banco, podemos cazar y cosechar lo que nos venga en gana. 

Las personas con una tara genética modesta de estos genes tendrían mejores probabilidades de perder peso al seguir una dieta y hacer ejercicio, mientras que aquellas con una genética más fuerte tendrán más problemas y posiblemente necesiten tratamientos más drásticos como cirugía bariátrica. ¿Cómo sabemos quiénes tienen una predisposición genética fuerte?

Los más severamente afectados por la tara genética son aquellos que han pasado gran parte de su vida obesos, especialmente si uno o ambos padres padecieron de esa misma condición. Si ambos padres sufrieron de obesidad, la probabilidad de heredar esa condición es tan alta como un 80%. Si reúnes esas características genéticas, y no logras perder peso después de aumentar tu actividad física y seguir una dieta, seguramente tu tara genética es de las más serias.

Esta hipótesis ha sido retada y modificada para postular que además de los genes, el ambiente puede influir en nuestro peso. Se ha descubierto que aquellos bebés amamantados por tres meses o más, tienden a ser esbeltos cuando adultos. Ese amamantamiento es el primer ambiente externo que enfrenta el recién nacido. Por otro lado, aquellas madres que fumaron durante el embarazo suelen tener hijos obesos. Y a un nivel ambiental más burdo, están esos nefastos anuncios de sabrosas y enormes hamburguesas que ciertamente nos pueden provocar un hambre voraz que casi nos hace salir disparados del cine a comernos una con “bacon” y muchas papas fritas. ¿Y qué pensar del ambiente de los niños con sus videojuegos y la televisión? Están destinados a un futuro sumamente sedentario.

No puedo cerrar sin antes discutir un aspecto interesante, el rol de la flora intestinal. Las personas delgadas tienen una flora más diversa que los obesos. De interés también es que, si se le trasplanta la flora intestinal de una rata obesa a una delgada, esta última engordará y lo contrario también ocurre. Si eres obeso y no logras perder peso,  puede que en tu futuro esté un trasplante de heces fecales.

¿Cómo deshacernos de esos malditos genes ahorradores, si es que realmente son los culpables? ¿El futuro estará en la terapia genética? Pero un momento… quizás no debemos desechar esos genes todavía. Puede que la Junta de Control Fiscal traiga una escasez de comida a nuestra isla. Entonces la maldición actual de los genes ahorradores se puede convertir nuevamente en una gran bendición. 

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