Nilsa Pietri Castellón

Punto de vista

Por Nilsa Pietri Castellón
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España: fiesta de aplausos contra el coronavirus

La vida diaria ya no es tal. El ir y venir tan característico de España se ha detenido casi por completo. Es la vida en tiempos del coronavirus.

Con más de 11,000 contagiados y cerca de 500 fallecidos contados hasta temprano este martes, millones de españoles y extranjeros residentes vivimos encerrados en casa. Es la nueva forma de sobrevivencia ante la ferocidad de la pandemia.

Vamos cada vez menos al supermercado o a la farmacia, de las pocas salidas que no han sido prohibidas por las autoridades, aunque sí restringidas. Eso sí, cada noche, a las 8:00, salimos al balcón y aplaudimos al unísono durante un minuto para agradecer al personal sanitario, esas decenas de miles de profesionales de la salud, que sigan ahí, firmes en sus puestos a pesar del agotamiento físico y aún a riesgo de sus propias vidas.

Nunca antes fue tan cierto el juramento de Hipócrates. Y este país, cuya gente es solidaria por naturaleza, reconoce el valor de sus trabajadores de la salud.

Desde que se emitió el pasado fin de semana el decreto-ley que nos obliga a quedarnos en casa con contadísimas excepciones, los días parecen más largos y nos vamos a dormir con más ganas. Las horas de sueño no solo hacen que pase más rápidamente el tiempo sino que también nos descansan el cuerpo y, cómo no, también el alma.

Vivimos preocupados. No sabemos si nos vamos a contagiar a pesar de las precauciones, o si ya lo estamos y ni siquiera lo notamos —mucha gente, dicen los expertos, apenas tendrá algún síntoma. Aterra pensar que podemos contagiar a otros, sobre todo a los más mayores.

Lo más complicado del encierro es entretener a los niños. No hay parques abiertos, la televisión les aburre después de un tiempo, la tableta y el móvil hay que controlarlos, la lectura en papel casi ha pasado de moda, y las clases telemáticas, si son posibles, ocupan solo unas horas.

Hemos vuelto a la conversación liviana, como antaño, cuando no ocupábamos tanto tiempo pegados a los medios electrónicos. Y a la cocina todos los días, sin excusa para salir a comer afuera porque los bares, cafeterías y restaurantes están cerrados.

Un país que gusta tanto de vivir afuera, al aire libre, ha tenido que confinarse para protegerse de la enfermedad y para proteger a los suyos y hasta a los extraños. Que no conozcamos al que nos cruzamos en la calle en tiempos normales no nos exime de la responsabilidad de evitar que se contagie.

Cortar la cadena de contagio es la clave. Los que vivimos en España lo hemos entendido —basta mirar en la televisión las imágenes de un Madrid desierto. Madrid, Barcelona, Bilbao y las demás grandes ciudades, igual que las más pequeñas, como Alcalá de Henares, la mía, o incluso los pueblos de la llamada España vacía, que ahora es toda España.

La vida, sin duda, volverá a resurgir con fuerza en España, como en todos los países máso menos afectados por la pandemia del coronavirus. Pero para ello es imprescindible el sacrificio actual, aquí y allá.

Por ahora me conformo con mirar por la ventana y ver las calles vacías. Y con asistir cada noche, a las 8:00, a la gran fiesta de aplausos colectivos que nos recuerda que, aunque resguardados, seguimos aquí y que pronto volveremos a encontrarnos fuera de nuestras cuatro paredes.

Hasta entonces,  #yomequedoencasa.


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