Luis Alberto Ferré Rangel

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Por Luis Alberto Ferré Rangel
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Esperando a Godot

Mientras el presidente Donald Trump daba su Mensaje de Estado, el martes en la noche, casi medio millón de ciudadanos norteamericanos en el territorio de Puerto Rico se acostaban a dormir sin electricidad. Era la noche número 132 y para otros miles era la noche número 146.

Y mientras el joven representante demócrata por Massachusetts, Joseph Kennedy III le respondía al presidente Trump en un breve discurso, que esencialmente rescataba la narrativa de la democracia liberal que tanto ha defendido su familia, el territorio de Puerto Rico aún no había visto un solo centavo de los préstamos de emergencia del gobierno federal.

Contrario a otras jurisdicciones como Texas o Florida, a las que no se les ha exigido condiciones para recibir los fondos, al territorio de Puerto Rico, hogar de alrededor de 3 millones de ciudadanos norteamericanos, se le estará colocando todo tipo de cortapisas antes del desembolso de los fondos de emergencia.

Como dijéramos en nuestro editorial del martes pasado, es comprensible una mayor rigurosidad en el escrutinio del uso de fondos federales, pero de ahí a que se pretenda estrangular económicamente a 3 millones de seres humanos abatidos por esta desgracia es un acto de violación a nuestros derechos humanos y civiles. Punto.

A ninguna jurisdicción de Estados Unidos se le ha negado la ayuda como se le ha negado a Puerto Rico. Y lo más cruel es que mientras FEMA anuncia partidas millonarias para Puerto Rico, el Congreso las amarra con todo tipo de condiciones. Es como enseñarle un vaso de agua al sediento y negárselo a la vez.

Los ciudadanos de este país seguimos atrapados en la burocracia de FEMA, en el claro menosprecio del liderato republicano en el Congreso, por un gobierno con las finanzas quebradas, por una burocracia de agencias públicas que siguen dislocadas y en crisis, por la pelea por el control fiscal del gobierno entre la Junta de Supervisión Fiscal y la Administración Rosselló. No puede ser más claro este sentido del absurdo como el que Samuel Beckett articuló en su “Esperando a Godot”. El absurdo por una asistencia que no parece llegar y una normalidad de gobierno que no existe.

Mientras tanto, sigue muriendo gente, especialmente entre la población más vulnerable, como son los ancianos. Aumentan los crímenes, el maltrato infantil, los suicidios, las llamadas a la línea de auxilio de salud mental, y enfermedades contagiosas como la influenza. No fue hasta que la prensa insistió sobre la posible epidemia de influenza y cuando se habían agotado los medicamentos y los kits para detectar la condición, que el secretario de Salud, Rafael Rodríguez Mercado, y otros funcionarios de esa agencia salieron ante el público el jueves para declarar que aún no había una.

Por otro lado, la secretaria de la Familia, Glorimar Andújar Matos, aún está por comparecer ante el país para hablar sobre el estado de la agencia y qué estrategias de salud mental se están implantando para atender la emergencia del país. Y finalmente, aún el pueblo espera por el plan anticrimen del secretario de Seguridad Pública, Héctor Pesquera.

En entrevista realizada esta semana por Benjamín Torres Gotay, la autora y periodista canadiense, Naomi Klein, ponía el dedo en la llaga: “Estamos en un momento político en que hay tal falta de fe en las élites políticas que creo que vamos a ver más creatividad de abajo hacia arriba”.

La autora del best seller “La doctrina del shock” ha documentado cómo los “desastres” naturales son utilizados por gobiernos totalitarios para, por un lado, mantener en estado de vulnerabilidad a la población y así prolongar su estado de indefensión política, social, cultural y económica. Y por otro lado, para abrirle las puertas al capitalismo depredador y oportunista que se lucra del caos. Casi siempre con ayuda de personajes del patio. Por eso llegó Whitefish.

Anuncios como la privatización de la Autoridad de Energía Eléctrica, hecho en medio de una emergencia, en medio de una situación caótica, sin un claro sentido del proceso, con un país casi de rodillas, provoca confusión, desasosiego y sospecha en todo aquel que se inquieta genuinamente sobre cómo y en manos de quién quedará la infraestructura energética del país.

Aun así, este país no está de rodillas, ni de brazos cruzados. Aquí ya se organizan los agro empresarios ecológicos que luchan por nuestra seguridad alimentaria o los grupos que trabajan en la democratización energética, o los cientos y cientos de “start ups” de jóvenes visionarios en las industrias de tecnología, servicio y manufactura.

Además, maestros, amas de casa, arquitectos, policías, abogadas, empleados públicos, comerciantes, enfermeros, contables, abuelos, tíos, padres, madres, hijas e hijos: nos levantamos todos los días a echar a esta tierra, nuestra tierra, hacia adelante. Como sea, con quien sea.

Es nuestro deber ético y moral.

Y para ello no necesitamos el permiso de nadie.

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