Nicolás Hernández Sanabria

Tribuna Invitada

Por Nicolás Hernández Sanabria
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Esperando la luz

 “A veces me digo que, a pesar de todo, llegará. Entonces todo me parece extraño. ¿Cómo  lo diría? Aliviado y, al mismo tiempo… espantado”. Vladimiro en Esperando a Godot (Samuel Beckett, 1949)

A tres semanas de haber cambiado nuestro paisaje y la totalidad de nuestras vidas, con la furia de María de ciento cincuenta millas de viento encima de nosotros, hoy nos levantamos con calor esperando la luz.  La intensa angustia y el miedo de los primeros días deben haber disminuido. También la energía impulsiva de los vecinos ayudando en la recogida de árboles caídos y escombros ha mermado. Ahora nos  encontramos en una etapa de recuperación donde nos preguntamos cuánto más hay que esperar y el plan familiar que preparamos ya no da a vasto.

Estamos en la etapa donde el duelo por lo perdido se va multiplicando con otras pérdidas diferentes a las físicas.  Las relaciones entre los miembros de la familia y con los compañeros del trabajo se alteran. Podemos estar irritables, por la espera o la falta de sueño reparador.  Incluso pueden apareces síntomas somáticos o exacerbarse conductas adictivas como consumo de alcohol y otras drogas. Todo esto mientras esperamos que llegue ese día donde todo vuelva a la normalidad  

Una espera que se amplifica más allá de recibir el servicio eléctrico. Esperamos que con la luz nos devuelvan la cotidianidad perdida. El huracán María nos  arrebató la rutina, la seguridad, la comodidad de lo conocido, los planes y el futuro cercano.

Luego que un 11% de la población resultó agraciada por ser los primeros en recibir el preciado servicio y días después volvieron a perderla dejando solo menos de un 7% de las personas con luz, el panorama se complica.  Para los que esperamos en segunda y tercera fila que nos llegue el turno esta noticia apaga aún más la esperanza de una recuperación cercana. El gobierno habla de una espera de seis a doce meses. La recuperación parece no llegar.

Si algo estamos aprendiendo en estos días es el hecho que esta espera no es la espera concreta del retorno de la luz sino la espera de volver a la normalidad cotidiana. Una espera que hoy no vemos dónde termina. Tal vez es momento de plantearnos la posibilidad de que estamos viviendo un proceso de transformación. Más que el regreso a lo pasado, a lo que vivimos antes del huracán, nos moveos hacia futuro distinto al que conocíamos. Mantenernos en la postura de esperar puede aumentar aún más el desasosiego y la frustración. Sin embargo, asumir una postura de cambio y adaptación nos ubica en un lugar enérgico de acción con dirección y propósito.

Aceptemos que son momentos de cambio. Bríndese la oportunidad de recibir el cambio. Seamos pacientes. Para lograrlo será positivo adoptar estilos de vida saludables, comiendo bien y ejercitarnos, como practicar actividades que nos relajen. Evite el consumo de alcohol, y fomente la conexión con su grupo primario de apoyo. Ejercite una mente flexible. Recuerde que la recuperación y “resilience” son la norma. Tampoco es momento de tomar decisiones a la ligera. Recuerde que ante el caos y los cambios existe una fantasía de huida. Plantearse un cambio de trabajo o emigrar puede ser más estresante después de un desastre.

Mientras esperamos por la luz practiquemos la calma y abrámonos  al cambio.

Sobre cómo ayudar a nuestros hijos a ser resistentes (“resilience”) ante el desastre hablaré en la próxima columna.

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