Juan Negrón Ocasio

Desde la diáspora

Por Juan Negrón Ocasio
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Esperando la revolución estadista

En las fábulas podría encontrarse hombres apócrifos revolucionarios. La gran mayoría son hombres de bien que lucharon dentro una fantasía por sus creencias de lo que no debería ser su patria. Es necesario entender las teorías de estos que riegan tinta roja sobre papel blanco, y pretenden usarla como fusiles, para sus más inimaginables hazañas prosaicas. Acontecimientos desdeñados por líderes del mundo que nunca han entendido esa lucha inerte; la ejecución de las manos rudas de la democracia.

Son estos los revolucionarios modernos, que miran desde las ventanas de bufetes el gentío que deambula por las calles enarbolando una bandera de lucha por las necesidades de un pueblo. Son los mismos que sentados en sus escritorios dictan por medio de Facebook, Twitter, Instagram, o textean sus más efímeras doctrinas y renuncian a sus valores para jactarse de ser líderes irremediables de la salvación de la pobreza. Se juntan en bohemias políticas y discuten desvelados cómo venderles a los inocentes sus más nefastos principios de explotación. En sus promesas politiqueras inventan oficinas de servicio público, con títulos fabulosos: “Administración Federal de la Junta Fiscal Para la Salvación”, o “ HorizonCapitalAssociates”. Utilizan los datos burocráticos para comparar cómo seríamos mejor que aquellos que fueron mutilados y extorsionados. Aquellos a quienes el sistema aniquiló la cultura y el idioma. No dicen que los beneficios que prometen fueron ya extirpados por ellos mismos; paladinches dentro del sistema inservible que ellos crearon. Justifican la desgracia del pueblo acusando, reprimiendo derechos elementales, anulando leyes desde su pupitre senatorial y corrompen el derecho a la libertad de expresión. Estos son los revolucionarios que llevarán a sus rebeldes ser mejores servidores. Son los culpables de empujar a millones abandonar su terruño distorsionándole la verdad para luego venderles sus propiedades.

Lejos desde otra ventana de cristal, de un edificio en Wall Street, los comandantes de gabanes, los reformistas de la desgracia humana, dictan a sus siervos. Les ordenan que tiren a las calles a las masas, para que protesten, destruyan la moral, y lo poco de vergüenza que le queda al pueblo adjudicado de principios básicos de redención. Luego esos insularistas comienzan a utilizar sus calculadoras y a sacar números, hacer sus llamadas de prestigio y coordinar eventos de gala. Un banquete con una orquesta donde cobrarán $2,500 el plato. Harán una ceremonia de reconocimiento al ejecutivo de “Fundamental Advisors and Och-Ziff”, o al mayor donante que respalde la empresa revolucionaria de la estadidad.

Pero, al banquete del lujoso hotel no se invitará al residente del caserío, ni al del barrio. Para estos, por ser humildes, planificarán actividades donde los vecinos traerán su plato típico favorito, y regalarán una placa de $10 al mejor servidor de la comunidad. Aquel que después de ocho horas de jornada, sin pensión ni un seguro médico, voluntariamente se dedicó a ser “coach” de algún equipo deportivo. Posiblemente inviten al fraile del pueblo para que bendiga la trayectoria del heroísmo de limosneo ministerial. Después, en la mesa de recaudación de fondos comenzará la discusión malvada de gastos, finanzas y dividendos, y descontentos se repartirán en secreto la poca ganancia no tributada, y fusilaran leyes y legislaran rebeldías desde el capitolio.

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