Pedro Ortiz

Punto de vista

Por Pedro Ortiz
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Esperanza e ilusiones en la UPR

Pensando a mi nación puertorriqueña, no me hago ilusiones de que vaya a pasar esto o aquello que sea bueno para salvar la Universidad de Puerto Rico (UPR). Al contrario, pongo mi esperanza en apoyar a los seres humanos que quieren protegerla.

Estaba preparando este artículo de opinión cuando me enteré de que el gobernador, Ricardo Rosselló, había ordenado al secretario de la gobernación, William Villafañe, que se reuniera con el liderato de los estudiantes en huelga, lo antes posible. Fue una buena noticia. Si de la reunión habrá salido la solución del conflicto o si el problema continúa, tal vez se conozca en detalle cuando esta columna se publique.

Además, estoy en conocimiento de que un grupo de profesores del Recinto Universitario de Mayagüez prepararon, con apoyo de reconocidos economistas, un plan fiscal para la UPR que evita tener que hacer los recortes que quiere imponer la "junta de control dictatorial".  Esa es otra buena noticia, que tampoco tengo manera de saber qué producirá mientras escribo.

Las dos gestiones, suceda lo que suceda, tienen de por sí una gran enseñanza para Puerto Rico. Esos dos pasos fueron posibles porque los estudiantes universitarios tuvieron el atrevimiento de lanzarse a la huelga, de cerrar los recintos y sostener su huelga contra viento y marea. Pero, además, porque tuvieron la madurez de comprometerse a levantar esa huelga si el gobierno ratifica los acuerdos que se han estado negociando. ¡Cerraron los portones para tratar de abrir el provenir!  Como dice el himno de la propia UPR, “da gloria al luchador, honra de la Universidad”.

Asimismo, pongo también mi esperanza en los miles y miles de estudiantes que, de manera callada, no se han prestado para romper la huelga. De igual forma, pongo mi esperanza en los que, estén de acuerdo o en contra de la huelga, no se han prestado para convertir esa lucha en un baño de sangre, sino que han canalizado sus acciones de otras maneras. Por supuesto, mi esperanza también está en que el gobernador y demás autoridades tienen la capacidad de actuar con justicia y sensibilidad para que se ratifiquen los acuerdos. 

Pero como sé que falta mucho por andar en este camino, no me hago de ilusiones, sino que reafirmo mi compromiso de esperanza. Comparo esto con la diferencia entre los padres mismo que se ilusionan con que su hijo llegará a ser doctor o que resolverán sus problemas cuando se ganen la lotería, mientras otros luchan por educar y proteger a sus hijos, que se esfuerzan para superar los problemas. Los primeros viven de ilusiones, los segundos de la esperanza.

Con esa esperanza deseo cerrar estas líneas llamando la atención de un caso muy crítico. Está circulando la información de que a la estudiante Nina Droz le están negando las medicinas recetadas en la cárcel. Dicen que se expone a peligros físicos muy serios, más la posible angustia de saber lo que le están haciendo. Eso se llama tortura. No le reconozco derecho alguno al gobierno de Estados Unidos para hacer eso, ni al de Puerto Rico por ser cómplice con el silencio.

Quiero dejar claro que no conozco a Nina Droz. Apenas supe de ella cuando la vi retratada el día de su arresto durante los disturbios del Primero de Mayo. Pero no me lavo las manos diciendo que no tengo nada que ver con lo que le pase. Que nadie se lave las manos. No me hago de ilusiones de que el pueblo la salvará, pero llamo a la esperanza. Esa es mi fe.

   

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