Angie Vázquez

Tribuna Invitada

Por Angie Vázquez
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¿Está de moda la deshumanización en EE.UU.?

Discutimos recién con angustia el asunto de las migraciones por el cuantioso éxodo puertorriqueño y los eventos en Estados Unidos del maltrato a inmigrantes latinoamericanos. Punto y aparte, recordemos que las migraciones no son un fenómeno nuevo. Son comportamientos naturales de todos los animales y el humano no es la excepción. Desde tiempos primitivos, nuestra sobrevivencia y evolución han estado marcadas por movimientos migratorios. El mapa demográfico humano cambia, inicialmente, por condiciones naturales y, paulatinamente, por causas sociales (políticas-económicas).

Desde el siglo XV, las migraciones europeas hacia Estados Unidos, las mismas que invadieron el territorio indígena norteamericano, han sido parte inherente estructural de la cultura geopolítica de ese país. Después de las iniciales migraciones europeas comenzaron las latinoamericanas. Todos enfrentaron conflictos. Uno de los peores es la deshumanización que les define como inferiores devaluando sus necesidades, costumbres e identidad étnica. Pero la degradación del emigrante, legal o ilegal, tampoco es asunto nuevo. Perturbadoramente, investigaciones sociales evidencian que es una respuesta social frecuente a pesar de sus desagradables connotaciones. Responde a la ansiedad de los cambios con los recién llegados.

Aun así, pueblos civilizados, educados, liberales y respetuosos planifican e implementan proyectos de minimización al impacto de tal deshumanización, también conocida como infra-humanización (Pinel, 2017). Ayudan al inmigrante en su integración y educan al residente a mayor tolerancia y aceptación. Investigaciones en la Psicología Social demuestran que la forma de corregir tales prácticas antisociales es ayudando a que los ciudadanos aprendan a conocer y empatizar con los emigrantes y sus circunstancias. Cuando comprenden que son tan humanos como ellos, bajan los niveles de hostilidad, violencia, conflicto interpersonal y ansiedad mejorando la estabilidad social. No deben permitirse degradaciones animalistas, por ejemplo, asociando africanos, o persona de piel negra, con monos; ni otros grupos étnicos con ratas.  Tampoco deben permitirse etiquetas estereotipadas y deterministas como Trump hace diciendo que las mujeres tienen bajo cociente de inteligencia.

¿Qué está ocurriendo en Estados Unidos? Considero que Trump se ha lucido en su cargo de presidente número 45 desarrollando una política pública de odio contra los emigrantes. La Corte Suprema acaba de aprobar su veto migratorio contra cinco países y anda celebrando. Preocupa que sus decisiones y acciones sean apoyadas por un 99% de los republicanos, según revela una reciente encuesta. La normalización del odio nunca ha rendido buenos frutos; tarde o temprano, los pueblos repudian la vileza xenofóbica porque los agravios no solucionados exacerban la convivencia inter-grupal. Una cosa es la defensa nacional y otra, muy distinta, es demonizar el emigrante pobre para ocultar el odio y la xenofobia.

Por meses, Trump ha esgrimido su insultante retorica ensañada contra los extranjeros. A diferencia de otros, este presidente ha logrado sistematizar, normalizar, legalizar y oficializar el odio étnico inflando aspiraciones de un nacionalismo prepotente de minorías blancas y ricas. Pero, no todos los blancos le apoyan. No oculta sus prejuicios en continua confrontación insultante a vecinos y aliados.  ¿Olvida que no existe un solo norteamericano, que no sea indígena oriundo, que no sea emigrante incluyendo su propia familia? Su arenga contra mejicanos y musulmanes, cargada de epítetos xenofóbicos, ataca e iguala mediáticamente al emigrante calificándole de violador, invasor, criminal, asesino, drogadicto, enemigo, corrupto, terrorista, problemático, burlón, destructor o animal. Se ha atrevido a llamar “países de excremento” a naciones pobres y explotadas (Haití, África).

La política polarizante y divisoria de Trump combinada con el populismo crea un panorama socio-histórico nefasto que eleva el neoliberalismo norteamericano a extremos inhumanos. “Divide et impera” es la vieja estrategia romana que Trump revive y emula dividiendo pueblos y gente para hacer y deshacer a su antojo. Si no hay unidad de pueblo para contener las fuerzas oficiales de un gobierno dislocado no hay la necesaria cohesión grupal para defender los intereses del “hombre y el bien común” tan éticamente necesario en el mantenimiento de sociedades humanistas.

La Corte Suprema ahora le da luz verde. La estrategia divisoria es bastante sencilla. Basta con seguir difamando y creando dudas sobre la integridad o necesidad del emigrante, posicionar a Estados Unidos como la víctima virando la tortilla, decir que los otros no importan usando la primera dama como maniquí abanderada, jugar al machismo político de la prepotencia armamentista. Basta con hacer creer que la deshumanización es correcta para que olvidemos palabras sabias como las de Herbert George Wells: “Nuestra verdadera nacionalidad es la humanidad”. Yo no tengo amnesia ni me interesan las modas. 




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