Carlos Dalmau Ramírez

Tribuna Invitada

Por Carlos Dalmau Ramírez
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¿Estadidad ahora, Mr. Trump?

El gobernador de Puerto Rico, hace unos días, hizo algo inédito.  En una reunión en la Casa Blanca, frente a un pequeño grupo de gobernadores, Ricardo Rosselló le pidió la estadidad al presidente Donald Trump.  En oraciones coherentes y bien pensadas, declaró sin rodeos: “Puerto Rico no quiere seguir siendo territorio; quiere ser un estado.”  Trump le contestó.  El intercambio marca uno de esos raros momentos en la política en que se revela la oculta verdad de las cosas. 

El gobernador lo hizo todo por el libro para ablandar al presidente.  Subrayó el buen manejo de la crisis post-María, habló de cómo nos acercamos a la normalidad, mencionó su proyecto de privatización energética y expresó su gratitud hacia Trump, por la ayuda brindada.   Esbozó, con bríos, el viejo concepto de Puerto Rico como puente económico de las Américas. En fin, le dejó saber a Trump que en él tiene un amigo cooperador y no un enemigo, como esos que andan criticándole, en concierto con el partido demócrata.  

Al final, Rosselló fue al grano y pidió la estadidad.  Lo planteó con firmeza y seriedad:  “Queremos una sola ciudadanía americana…esto sería un gran legado de su administración….culminar, lo que llamamos, el negocio inconcluso de la democracia americana.”  Para terminar, enmarcó su pedido en el “slogan” de campaña de Trump (“Make America Great Again”).  “Podemos hacer a América más grande.”

La repuesta de Trump fue tan burda e inequívoca, que provocó la risa de los presentes.   “Y Ricardo nos va a garantizar dos senadores republicanos, ¿verdad?”  El gobernador no pudo más que añadir que seríamos un “battleground state”, esto es, un estado indefinido en el que los partidos se disputan la victoria en cada elección.   El comentario se perdió entre las risotadas de los presentes.  

El problema es que los republicanos saben que Puerto Rico no sería un estado flotante.  Sería demócrata.  Incluso si llegara a serlo, esto no brinda la “garantía” a la que aludió Trump.  La garantía de ser un estado claramente republicano. Esa es la muralla.  Y Trump, siendo Trump, tuvo la descortesía de decírselo al gobernador en público.

Seamos claros.  Lo que pasó en Casa Blanca es que el presidente dijo no a la estadidad.  Pero dijo más.  Abrió la gruesa cortina del poder para mostrar que detrás no hay un mago benévolo que atiende reclamos de igualdad y democracia, sino una atroz maquinaria de intereses políticos y económicos, en la que Puerto Rico no encaja como estado. 

Trump habló más claro que cualquier otro presidente moderno.  Ajeno al decoro y los buenos modales de sus antecesores, dijo la verdad.  Y nadie, ni en Washington, ni en Puerto Rico, le salió al paso.   

No es reprochable el intento del gobernador.  Hizo lo que prometió hacer.  No obstante, la respuesta recibida no puede soslayarse.  Ningún puertorriqueño debe ignorarla.   Nos corresponde entender el “realpolitik” del status.  Desde ese entendimiento, nos toca a todos construir un Puerto Rico en el que la estadidad, en el futuro previsible, está fuera de la mesa.

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