Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Estadidad o muerte

Tiempos históricos nos promete el liderato estadista. “Vengo a luchar contra el colonialismo”, ha declarado en onda épica Jenniffer González desde Washington. Y, con el ímpetu que distingue a la embestida penepeísta de la parálisis crónica de los gobiernos populares, procedió a radicar de inmediato otro proyecto de estadidad.

¿Será ésta la crisis que amenazaba con crear en la capital federal nuestra aguerrida comisionada residente? Mucho me temo que su hazaña inaugural transcurrió sin pena ni gloria. Fuera del aspaviento mediático de la juramentación simulada en la oficina de Paul Ryan, no ha sucedido gran cosa. La muy aguada “acta de admisión” que propone una consulta “estadidad o independencia” y fija la fecha de la boda para el 2025 ha dejado medio sosos a quienes apostaban al Plan Tenesí y a la validación de la mayoría artificial obtenida en el plebiscito de 2012.

Para mitigar el “down” inicial, se argumenta que el momento no es, después de todo, el más favorable para lanzar una ofensiva anexionista. Se apunta al trumpismo, a la barrida congresional republicana y al fortalecimiento del racismo “hard-core” contra negros y latinos como obstáculos de envergadura. Los más juiciosos admiten que la precariedad económica del ELA podría retardar la conquista de la utopía igualitaria.

Vamos, vamos, señores, no se me depriman. Esto apenas está empezando. Las circunstancias mencionadas son meras pajitas que le caen a la leche. Sólo los pesimistas, los malpensados y los acomplejados se atreverían a dudar del éxito eventual de la gesta libertadora iniciada el pasado 4 de enero por la comisionada.

Verdad es que estamos más “pelaos” que un chucho, condición un tanto problemática para lograr el magno objetivo contemplado. Pero ya los expertos vaticinan que -Junta de Control Fiscal mediante- la economía de esta sufrida colonia se habrá recuperado bastante para el 2040. Y como los trámites de ingreso al exclusivo club USA suelen tomar unas cuantas décadas, es muy posible que el debut triunfal de Puerto Rico en la unión americana coincida con el retorno de la bonanza fiscal criolla.

De pronto, me asalta la contradicción. ¿Cómo que se necesita ser solventes y estar precualificados para poder aspirar a la copulación terminal con la Gran Nación? ¡Adiós cará! ¿Y no era precisamente esa grandiosa copulación terminal dizque la solución definitiva para ponernos a gozar de lo lindo con los diez mil millones extras que anunciaban los pasquines durante la campaña?

Cualquiera se entusiasma con la multiplicación ilimitada de los panes y los peces que, según sus profetas, produciría la estadidad. Y más cuando se pregona que la mayoría de nuestra población no pagaría contribuciones sino que, por el contrario, recibiría un diluvio infinito de créditos y subvenciones. No en balde la fantasía del guiso permanente es uno de los principales motores electorales de un ideal predicado en el derecho inalienable a la dependencia.

Imposible pasar por alto la brillante idea de un plebiscito “estadidad o independencia”. Un premio Nobel de la paz es lo mínimo que merece el autor de este original mecanismo para romper, de una vez por todas, el tranque colonial. Darle al pueblo la posibilidad de escoger entre una opción criminalizada y reprimida por siglos y otra alimentada por la promoción ininterrumpida del mito del paraíso es de una genialidad sin precedentes.

Me inquieta, sin embargo, que ese loable esfuerzo vaya de nuevo a desembocar en una abstención masiva o una insidiosa quinta columna que reste legitimidad a la victoria aplastante de la estadidad. En cuyo caso, tendrá que salir alguna lumbrera del “think tank” penepeísta con otra novedad plebiscitaria a prueba de fracasos. Someto respetuosamente mi humilde sugerencia: una consulta “estadidad sí o sí”.

Creatividad, por suerte, no es lo que escasea. Dos destacados políticos estadistas sostenían esta semana en la radio un diálogo iluminador. Concordaban ambos en la urgencia de impulsar una operación terapéutica destinada a realzar la imagen del boricua ante el ojo crítico de la sociedad americana. Aseguraban que defectos crónicos como la irresponsabilidad, la vagancia, la impuntualidad y el salvajismo podrían erradicarse de cuajo con una drástica reforma moral inspirada en los más nobles valores de nuestros conciudadanos del norte. Sin olvidar, por supuesto, el efecto civilizador de la educación bilingüe.

Me fascinó la alta estima en que tenían aquellos sesudos analistas radiales a sus compatriotas. Era casi como para cogerle pena a Estados Unidos. ¿Quién en su sano juicio querría echarse al pecho el guabá de una isla indigente poblada de mestizos indomesticables que ni siquiera mascan el difícil como Trump manda? En lugar de andar con tanta parejería reclamando admisión a la trágala, lo que deberíamos radicarle al Congreso es un acta de compasión.

Me despido con tres fervientes deseos para el 2017: que el PNP meta mano en serio, que el águila imperial abra su pico mudo y que, por fin, se despeje el camino hacia la verdadera descolonización.

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