Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
💬 0

Estadidad o muerte

Give me equality or give me death! Simplemente no suena; además, la libertad parece que sí merece el sacrificio supremo, mientras que la igualdad no. Vivir bajo la tiranía es haberlo perdido todo, o casi todo, bajo Hitler, Stalin o Maduro. Vivir en la desigualdad quizás sea tolerable condición humana: “Los hombres han sido creados iguales, algunos más iguales que otros”, nos aseguraba George Bernard Shaw. Existen mártires del nacionalismo y el independentismo, el autonomismo ha dejado una estela de vidas dañadas. El anexionismo carga con una pesada carga de frustración histórica, el precio menos severo a pagar por un ideal político.

¿Por qué no se encadenó Pedro Rosselló a algún portón de la Casa Blanca, o a una columna del Congreso federal? ¿Por qué el juez Torruella aún no ha optado por la desobediencia civil? ¿Por qué no se ha ejecutado el notorio Plan Tennessee, para que Kenneth McClintock finalmente tenga la igualdad en las ofertas del McDonald’s?

Progresivamente, se le fue restando al estadoísmo la mística del ideal político. Si el populismo y la demagogia de Romero Barceló proclamaron que “la estadidad es para los pobres”, María y Jet Blue llegaron para rescatar a esos pobres de la ineptitud de una clase dirigente criolla, quebrada en su imaginación y en bancarrota moral a causa de la corrupción. En U.S.A. continentales esos pobres tendrían voto presidencial, trabajo, beneficios de bienestar social sin cortapisas, una dudosa igualdad ciudadana, sin duda marcada esta por el racismo y el prejuicio. Pero, es más, mucho más, que lo ofrecido por la mediocre política del lar isleño.

Existe la sospecha, inconfesa, de que, en el mejor de los casos, la estadidad isleña — ¡ahora hay que diferenciarla de la continental! — sería más sobre los “beneficios” sociales de la ciudadanía que sobre una verdadera igualdad política, dado el hecho —irreconocible para los anexionistas pitiyanquis— de las diferencias históricas, culturales, lingüísticas y raciales, la xenofobia que ha encumbrado en la presidencia de Estados Unidos a un racista, con el mensaje, no tan velado ya, de “Make America White Again”.

Parece que el tortuoso camino de la estadidad estará lleno de humillaciones, como la reciente negativa del portavoz republicano en el Senado federal, Mitch McConnell, a considerar una propuesta de estadidad para Puerto Rico. Todavía más importante, la confrontación entre el gobernador Ricardo Rosselló y la Junta de Supervisión Fiscal representa una contradicción de la cual el estadoísmo jamás saldrá ileso. Porque para lograr una remota posibilidad de estadidad, las finanzas, la salud fiscal del gobierno de Puerto Rico, tendrían que estar garantizadas, libres de mal manejo o corrupción.

El comportamiento de Rosselló ante la Junta de Supervisión Fiscal contiene, de manera implícita, un reclamo de autonomía fiscal y política inconcebible a estas alturas de nuestra bancarrota. Si la Ley Promesa parece haber trastocado —aunque con guantes de seda— el Estado Libre Asociado, cualquier fracaso a mediano plazo del actual embrollo fiscal implicaría, al parecer, y con un gobierno republicano en Washington, menos gobierno propio, el descalabro de la legislatura electa por el pueblo y una ausencia mayor de poderes para el gobernador. El acceso de Puerto Rico a los mercados financieros continuaría coartado; la quiebra se convertiría en nuestro modus vivendi. La clase dirigente puertorriqueña también está en bancarrota; cuando su legitimidad depende, no de los votos sino de las cortes, el ejército de abogados lucrándose de nuestra desgracia, la sentencia está escrita en la pared. Y la estadidad habría pasado de una aspiración culminada, de hecho, “de facto”, a la que le faltaron las aguas bautismales, a un imposible trámite burocrático. Que más de la mitad de los puertorriqueños vivan la estadidad allá, vuelve anticlimática la lucha por ese ideal acá, en el empobrecido solar isleño.

Fuimos capaces de convertir en profecía el prejuicio de Trump cuando acusó a la clase dirigente puertorriqueña de corrupta. El escándalo en Hacienda de Raúl Maldonado, padre e hijo, acusa, nuevamente, esa incapacidad, esa ingobernabilidad política y económica, que los Estados Unidos estarían más que renuentes a asumir mediante la incorporación de su territorio más contencioso y problemático. Que Raúl Maldonado prefiera una investigación federal a la estatal, la ley del Imperio a la de ese estado de derecho del cual hasta hace poco fue su principal funcionario fiscal, es otra ironía que vuelve a revelarnos el miserable estado de nuestra clase dirigente.

Tanto el nuevo fiscal federal como el FBI en Puerto Rico son estadounidenses, y la pregunta que procede sería si la corrupción investigada por ambos se cometió en inglés, o en español. La corrupción se comete en español y se investiga en inglés, otra instancia del insoluble nudo gordiano de nuestro estatus. En la mitología griega el nudo gordiano no se podía desatar, “desencetar”, como se decía en nuestros campos. Cuenta la leyenda que el joven Alejandro Magno solucionó el problema cortándolo con su espada, “cortando por lo sano” y afirmando: “Es lo mismo cortarlo que desatarlo”. Palabras con luz que debería memorizar la patriotería estadoísta, negra profecía para su frustrada y ya centenaria aspiración.

Algo en mí se siente traicionado, defraudado por todo esto. Siempre he creído en la descolonización de Puerto Rico: Mi abuelo paterno, un humilde maestro de obras de Sabana Grande, mulato él, le sirvió de guía, “scout”, a las tropas yanquis cuando desembarcaron en Guánica, o así lo contaba la leyenda familiar. Como tanta gente “de color” en Cuba y Puerto Rico, menospreciados por el represivo régimen español, visualizaron ingenuamente, en la nueva relación con los Estados Unidos, la posibilidad de una mejor vida, más democrática y liberal. Este abuelo fue miembro fundador del Partido Estadista Republicano. Mi padre siempre creyó en la estadidad como un ideal de igualdad política, no como una conveniente transacción de beneficios y mantengos. Mi escéptico independentismo jamás ha sido alérgico a los reclamos de una igualdad digna, descolonizadora. Resiento, sin embargo, ese pitiyanquismo crudo todavía presente en buena parte del estadoísmo histórico, la gente que recauda fondos para erigirle una estatua a Trump, en el infame “paseo de los presidentes”, y que debaten si la corbata emblemática será roja o azul.

Otras columnas de Edgardo Rodríguez Juliá

sábado, 10 de agosto de 2019

¿El pueblo dirigente?

La clase dirigente puertorriqueña, en crisis desde hace décadas, podría pasar de una situación de desorden a una de caos, expone el escritor Edgardo Rodríguez Juliá

sábado, 8 de junio de 2019

After Maria, sus mujeres

El escritor Edgardo Rodríguez Juliá comenta sobre el polémico documental After Maria

💬Ver 0 comentarios