Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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Estado de emergencia

Hay un mito que refuerzan y perpetúan juntas la crianza, la escuela y la iglesia: el de la subordinación de la mujer. Se sobrentiende, desde luego, la supremacía masculina. Como en aquel cuento de la raza aria que justificaba el proyecto genocida de Hitler, el convencimiento culturalmente transmitido del dominio natural de una variante humana sobre otra desemboca en sangre y sufrimiento.

La violencia machista es un mal tan vigente como antiguo. Voces expertas han analizado en doloroso detalle esa amenaza permanente que se cierne sobre la mayoría femenina del planeta. Un informe reciente de la ONU calcula en 87,000 los feminicidios registrados el año pasado en el mundo e identifica al hogar como “el lugar más peligroso para las mujeres”.

En Puerto Rico, la cosecha fúnebre de 2018 ya ha rendido 23 muertas. Dada la dudosa confiabilidad de las estadísticas, seguro son muchas más. Aun así y tomando en cuenta el decrecimiento de nuestra población, la cifra es estremecedora. Sumada a las de años anteriores, permite concluir que estamos ante una verdadera masacre de género.

En 1922, Nemesio Canales escribió estas palabras de pasmosa actualidad: “Casi se podría decir que la sociedad mira con la misma indulgente mezcla de curiosidad satisfecha y de indiferencia la muerte violenta de una gallina que la de una mujer”. Eso, por desgracia, no ha cambiado tanto. Las actitudes generales tienden a la minimización del tema. “Es que el hombre es celoso y dominante.” “Algo habrá hecho ella para provocarlo”. Con el mismo alegato “pasional”, se absuelve al culpable y se condena a la víctima.

El terrorismo íntimo es un arma de destrucción masiva. La crueldad verbal marca el principio del drama y el asesinato su desenlace. Dos cuadros siniestros lo agravan: la presencia de los hijos en la escena o la desaparición del cadáver de la esposa. El asesino quisiera exterminar hasta el último rastro del cuerpo que una vez diera placer, cariño y vida. Como el Otelo de Shakespeare, achaca a un exceso de amor el horror indefendible de su crimen. El suicidio le ofrece impunidad y una falsa salida “honorable”.

Tan acostumbrados estamos a ver el desfile de bolsas blancas amarradas a camillas y transportadas en camionetas refrigeradas que casi se nos olvida su contenido. Tan distraídos nos traen los pormenores truculentos de la tragedia que nos desconectamos de su realidad. Tuvo que plantarse un grupo de mujeres bravas en la calle Fortaleza para sacudirnos a son de gritos y advertir que “Ni una más” no puede convertirse en otro eslogan inconsecuente.

Lo irónico del caso es que una manifestación contra la violencia machista haya sido blanco de acciones represivas por parte de la policía. Como si las llamadas fuerzas del orden no contaran con suficientes agresores conyugales en sus filas, algunos agentes allí presentes no vacilaron en esgrimir macanas y lanzar gases lacrimógenos so pretexto de “asegurar el perímetro”. Los métodos de denuncia de las manifestantes sirvieron de excusa a las autoridades para defender la reacción virulenta de los uniformados. Si algo quedó bien claro es que la criminalización de la protesta provee una estrategia astuta para manipular y desviar el foco movedizo de la atención pública.

Aquí las marchas y los piquetes son bastante comedidos en comparación con los desbordamientos que suelen acompañarlos en otras partes. Un ejemplo elocuente es la insurrección civil por el alza en el precio del combustible que en estos días inflama a toda Francia. También las luchas feministas tienen una larga tradición de combate bragado. Hace cien años, las militantes apodadas “suffragettes” conquistaron el derecho al voto para las británicas. Tejiendo, y tomando té no fue. Se acostaron en las vías del tren, rompieron vitrinas, sabotearon instalaciones, padecieron rechazo, palos y cárcel. Así forzaron las puertas de la historia, siempre tan lenta para corregir injusticias.

Obvio, don Ricky, que el gobierno no puede resolverlo todo. Pero tampoco puede permanecer ajeno a una catástrofe social de esa espantosa magnitud. No basta con nombrar funcionarias sometidas a plataformas de partidos, ni con lanzar campañas mediáticas trilladas para forrar bolsillos de amigos. Perspectiva de género en el currículo escolar, capacitación psicológica de la Policía, protocolos eficientes de investigación, apoyo y protección a los albergues y adjudicación de responsabilidades penales son sólo algunas de las medidas concretas que puede y debe implantar cuanto antes el estado.

Una orden ejecutiva declarando un estado de emergencia no es una idea descabellada. Si se hace para las epidemias y los desastres climáticos, ¿por qué no para salvar las vidas bajo asedio de tantas puertorriqueñas? ¿Por qué no para impulsar una transformación de la mentalidad malsana que percibe a la mujer como candidata a mártir del macho?

Ningún mito opresivo es eterno. Ni siquiera el del sexo superior. Nos toca derribarlo a golpes de conciencia. Y, quién sabe, a lo mejor es mucho más frágil de lo que pensamos.

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