Julio A. Muriente Pérez

Punto de vista

Por Julio A. Muriente Pérez
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Estados Unidos agrede a Venezuela en tiempos de coronavirus

Mientras la humanidad se ve azotada por una pandemia que ya ha costado decenas de miles de vidas, el gobierno de Estados Unidos lanza acusaciones de todo tipo contra el gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y contra su presidente Nicolás Maduro, pretendiendo vincular a este y a otros funcionarios de su gobierno con el narcotráfico. 

En lugar de dedicar sus esfuerzos a atender los cientos de miles de estadounidenses afectados por el virus que reclaman la atención que no llega, de los cuales miles ya han fallecido, Washington una vez más asume el rol de policía planetario, violentando el respeto a la soberanía de ese país, promoviendo la mentira y la difamación. 

En un intento por desviar la atención sobre la profunda crisis salubrista que enfrenta y a la que no encuentra salida, el gobierno de Estados Unidos moviliza barcos y aviones de guerra para amenazar a Venezuela.

El gobierno estadounidense inventa la paja en el ojo ajeno y se resiste a ver el inmenso leño en su propio ojo. Ayer y hoy, lo que le quita el sueño a Trump y compañía, no es el narcotráfico, sino la fortaleza de la Revolución Bolivariana.

Diversos estudios de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y la Organización de Estados Americanos (OEA) sitúan a Estados Unidos como el principal consumidor de drogas ilegales del mundo. Se estima que entre cuarenta y cincuenta millones de habitantes de ese país consumen con alguna frecuencia cocaína, heroína, metanfetaminas y marihuana. Esa cifra equivale a entre una octava y una sexta parte de la población estadounidense. Hay incluso quienes llegan referirse a Estados Unidos como un narco Estado.

Más de ciento cincuenta mil millones de dólares anuales son invertidos por ese gran sector de la población estadounidense para satisfacer el vicio de las drogas.

Más del 25 por ciento del estudiantado estadounidense de secundaria consume marihuana con regularidad. El Informe Mundial sobre Drogas 2017 de la ONU indica que los mercados de Nuevas Sustancias Psicoactivas (NSP) más grandes y diversificados se encuentran en América del Norte, en particular en Estados Unidos y Canadá.

Cada año mueren en Estados Unidos por sobredosis 245.8 personas por cada millón de habitantes, más de 80,000 personas. Más que las muertes por accidentes de tránsito, suicidios u homicidios.

En la década de 1970, la administración de Richard Nixon impuso una política de mano dura para enfrentar el trasiego de drogas. La prioridad era castigar, no educar, prevenir o sanar. La misma fracasó; pero se mantiene obstinadamente. (Como se mantiene con iguales resultados en Puerto Rico.) Mientras tanto, en las prisiones de Estados Unidos hay 655 personas por cada cien mil habitantes—más de dos millones de personas, cifra número uno en el mundo.

La droga ilegal que se consume en Estados Unidos—opio, heroína, cocaína, marihuana, metanfetaminas-- proviene principalmente de Perú, Colombia y México; de Afganistán, o se produce internamente, como la marihuana y las metanfetaminas.

Los gobiernos de esos países son estrechos aliados de Estados Unidos, con los que hay buenas relaciones o incluso países ocupados militarmente.

¿Por qué, entonces, las acusaciones y amenazas se vuelcan contra Venezuela y no contra los gobiernos de Colombia, Perú o México? ¿Por qué no atienden en vez a los millones de usuarios de drogas ilegales y el mercado multibillonario que ello ha generado, dentro de los propios Estados Unidos? 

En realidad, la administración Trump no está tan preocupada por el narcotráfico o por el consumo de drogas ilegales en su población. Esa no es para ellos la amenaza. Es el reto que sigue representando Venezuela Bolivariana al poder hegemónico que Estados Unidos ha mantenido por siglos en Nuestra América y sobre todo en la cuenca del Caribe, que considera su propiedad privada.

En lugar de ofrecer ayuda al pueblo venezolano en tiempos de coronavirus, Estados Unidos opta por la amenaza, la fabricación de casos y la conspiración. ¡Tamaña insensibilidad!

Ello merece nuestro rechazo firme y categórico, más allá de cualquier consideración.

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