Marcia Rivera

Punto de vista

Por Marcia Rivera
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Esta vez emigrar no será una alternativa

Estados Unidos es hoy el país más azotado por el COVID-19. Nueva York pasó de ser el símbolo de opulencia y exuberancia mundial a uno de penuria y dolor. La ciudad que se ha ufanado de tener los mejores hospitales, centros médicos y personal, ha sido desbordada por la demanda sanitaria. Las proyecciones de impacto del virus sobre la ciudad son alarmantes en término de vidas – acercándose rápidamente a 2,000 muertes diarias– así como de cierre de empresas, colapso de industrias y de trabajadores desplazados. El país de la esperanza y las oportunidades se pulveriza ante nuestros ojos, dejando claro la necesidad de un gobierno efectivo.  El racismo institucionalizado se ha develado con claridad al confirmarse que la población afroamericana y latina están acumulando muertos en proporciones insólitas. ¿Por qué ha sido tan virulento el COVID-19 en el país de mayor relevancia mundial?

Académicos, científicos y medios de comunicación coinciden en señalar que la indiferencia de la clase política estadounidense hacia el conocimiento científico, junto con la priorización de intereses económicos en un marco neoliberal, llevaron a una respuesta incorrecta, tardía y de poca coherencia.  

La inteligencia estadounidense sabía hace años sobre el riesgo de una pandemia. Los científicos universitarios y de los CDC, los especialistas en virología, y los estrategas de inteligencia nacional estaban informados de estudios alertando de la alta probabilidad de que una mutación de un Coronavirus generara una pandemia.  Pero el presidente Donald Trump se mantuvo hasta el último momento negando que había base para proyectar la magnitud de lo que se venía. Hace poco trascendió que Peter Navarro, un alto funcionario del equipo económico, le envió en enero un memorando advirtiendo que el coronavirus podría convertirse en una “pandemia total”, arriesgando la vida de millones de estadounidenses y causando cuantiosos daños económicos. Trump no reaccionó.

Por esa actitud de desidia, la población estadounidense pagará un precio muy alto y el impacto sobre la economía mundial es aún incalculable.  Para Puerto Rico el golpe es muy fuerte, por la cantidad de boricuas de la diáspora que morirán, por los que quedarán sin empleo, y por medidas económicas que seguro nos afectarán directamente. Si la ciudadanía de allá, y la de acá, no calibra cabalmente esta experiencia y pondera las implicaciones de no gestionar bien el aparato de gobierno, estaremos en una situación sumamente complicada.  

La pandemia del COVID-19 profundizará aún más la multidimensional crisis que vive Puerto Rico. Pero esta vez emigrar, la válvula de escape que ha funcionado en cada momento de crisis, no será una opción para la población de Puerto Rico porque Estados Unidos estará enfrentando una coyuntura peor que la nuestra.  El gigantesco paquete de ayuda federal que se ha aprobado necesitainstrumentarse con eficiencia y transparencia, cuestiones muy controvertidas en la presidencia de Donald Trump, quien ha advertido que ignorará una disposición en la ley que requiere que el inspector general especial informe al Congreso sobre el manejo de los fondos. Además, acaba de retirar a Glenn Fine, del Departamento de Defensa, del puesto donde supervisaba los fondos de estímulo. 

Puerto Rico, también está lejos de contar con una gestión gubernamental eficiente y trasparente. En medio de esta tragedia sanitaria, la corrupción sacó a pasear su peor cara y recordándonos que no hay voluntad política de erradicarla. El problema es ético y político; debe ser el centro de debate de cara a las elecciones de noviembre. Puerto Rico es económicamente viable, no tengo dudas; pero debe abocarse a erradicar la corrupción, a reconstruir la desbaratada institucionalidad y a poner la mejor capacidad profesional y técnica a conducir una estrategia de desarrollo integral, sostenible, genuino; Una estrategia seria, alejada del oportunismo y la perversión que nos ha dominado. No hay que emigrar; hay que construir una nueva realidad, con nuestros talentos, nuestras capacidades, nuestro compromiso y nuestro instrumento democrático: el voto.

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