Brenda Reyes Tomassini

Punto de vista

Por Brenda Reyes Tomassini
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Es urgente proteger a las ballenas del plástico

En días recientes el economista Ralph Chami, subdirector del Instituto para Desarrollo y Capacitación del Fondo Monetario Internacional, publicó unos hallazgos novedosos sobre economía ambiental. Chami, un apasionado de las ballenas y miembro del Great Whale Conservancy, estimó el costo de una ballena azul -que abundan en el Pacífico- en dos millones de dólares y su captación de dióxido de carbono en 9 toneladas. Esto sucede cuando las ballenas comen plancton, microscópicas algas marinas. El plancton de por sí -como muchas plantas- tiene clorofila y en el proceso de fotosíntesis la convierten en energía. Al igual que las plantas terrestres, el plancton consume dióxido de carbono y emite oxígeno. Cuando el animal marino más grande del mundo las consume, captura la misma cantidad de dióxido de carbono de 30,000 árboles. La producción de plancton es común en el Pacífico y el Atlántico, específicamente cerca de la línea del ecuador, donde tenemos mayor cantidad de luz casi todo el año. 

Por lo tanto, es imperativo que el plancton se proteja de las amenazas -provocadas por el hombre- que enfrenta actualmente. El calentamiento de las temperaturas oceánicas y el exceso de nutrientes como el nitrógeno y el fósforo que ocasionan las operaciones agrícolas en la tierra son algunas de las amenazas al plancton en nuestros océanos. Pero la más persistente es el plástico que llega al mar.

En el mundo entero se estima que se generan 2,000 millones de toneladas de desperdicios sólidos cada año. De estas, muchas son parte de los 400 millones de toneladas de plástico que se producen anualmente y de las cuales, a su vez, la mitad es plástico de un solo uso. Un estudio de 2018 de las Naciones Unidas estima que solo 9% del plástico que produce el mundo se recicla. El que no es reciclado llega a un sistema de relleno sanitario o es mal manejado por parte de los seres humanos, terminando en cuerpos de agua superficiales y, por ende, en el océano.   

El plástico es sumamente resistente a la descomposición. En vez, se va degradando en minúsculas partículas conocidas como microplásticos. Estas partículas tienen un tamaño de 1 a 5 milímetros. Si para el humano es difícil distinguirlas a simple vista, más difícil es para un animal marino. Una vez que las partículas de plástico y microplástico se hunden en las profundidades del mar, no tienen a dónde ir. Los efectos de estos contaminantes alcanzan a algunos de los habitantes más pequeños e importantes del océano, aquellos que son alimento para muchas otras especies marinas. 

Hoy, la basura plástica es prácticamente ineludible en todas las grietas de los océanos del mundo y en los tejidos de crustáceos y otras especies marinas.  Puerto Rico no es inmune al fenómeno. Nuestra condición isleña y el grave problema de disposición inadecuada de desperdicios afecta nuestras costas. Para muestra, solo basta leer el informe anual de Limpieza Internacional de Costas. 

Es imperativp que todos tomemos acción en nuestro diario vivir, reduciendo nuestra huella plástica a través de alternativas reciclables o compostables. Verifique qué plásticos recicla su municipio. Si no hay recogido en su casa, visite un centro de acopio. No solo se trata de un problema de disposición de desperdicios. Es un asunto serio que contribuye al calentamiento del planeta más allá de las emisiones que se generan para la producción de plástico. Afectamos la cadena alimenticia, la captación de gases de invernadero y la vida de toda especie en el planeta.


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