Ana Lydia Vega

A Cuatro Ojos

Por Ana Lydia Vega
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¿Es usted esquelable?

Desde que un amigo me contagió esa peculiar afición, leo cada mañana la sección de obituarios de la prensa. En eso estaba cuando me asaltó un melancólico pensamiento: lo único de nosotros que escapa al polvo de la muerte es el nombre.

Bueno, claro, con tal de que lo sigan mencionando los parientes y dolientes que esperan su turno en la lista de la pelona. O mientras a algún vándalo de cementerios no se le ocurra garabatear su firma con “esprey” violeta sobre nuestra lápida. Para los cremados, la cosa pinta peor. A menos que sus cenizas vayan a recalar en un nicho de columbario o en una tumba improvisada en el patio, sus nombres tendrán pocas probabilidades de sobrevivencia más allá del acta de defunción. Ni para los artistas ilustres hay garantías. La inmortalidad es todavía más caprichosa que la existencia.

De ahí la importancia de la esquela. Aparte de informarles a los interesados los detalles de las exequias, su función es proclamar a los cuatro vientos ese residuo de letras que identifica nuestro paso peregrino por la tierra. El breve estrellato mediático del ser querido permitirá conservar el recorte en un álbum, reproducirlo en estampitas o postearlo “in memoriam” en las redes sociales.

Las esquelas son los titulares de los muertos. Su emplanaje resulta revelador: el tamaño del recuadro delata la prominencia del difunto. En honor al “VIP” (generalmente un político o un empresario), aparecerán en días consecutivos las notas necrológicas de página entera, cortesía de instituciones y corporaciones. A mayor dimensión, mayor tarifa de publicación. Como sucede con los monumentos de los camposantos, el espacio ocupado por la esquela confirma la persistencia “post mortem” del estatus social.

Frases tradicionales tipo “quien en vida fuera”, “la pena que nos embarga” y “el eterno descanso de su alma” le imparten un tono meloso a la redacción. Con frecuencia, no se trata de expresiones personales de luto sino de fórmulas trilladas propuestas por las funerarias. Es verdad que, en momentos de intenso dolor, la insuficiencia de las palabras obliga a refugiarse en la etiqueta de ocasión. Ante el vacío creativo en ese departamento, he ahí un taller abierto para algún escritor que se proponga convertir la esquela en género literario.

El nombre completo del finado es el protagonista absoluto de la nota de duelo. Destacado en negritas o en cursivas, reposa majestuoso sobre las fechas del nacimiento y del deceso. A veces se acompaña de un paréntesis que enmarca un apodo tierno inventado por los nietos. Sorprende la abundancia de apellidos estrambóticos. Entre los más impresionantes se cuentan los de origen vasco, catalán o corso. Y no solo por su sonoridad distintiva sino por su extensión silábica. En la escala de valores patronímicos, lo largo se impone sobre lo corto.

Cierto que, de vez en cuando, se cuela alguno que otro apellido común y corriente como los queportamos la mayoría de los puertorriqueños. Pero aun esos pueden dar el salto de lo pedestre a lo elegante a través del mágico guión que los conecta con otro de incuestionable caché: Pérez-Arrubarástegui o Sánchez-Antonmicheli, por ejemplo. A falta de pareja chic, siempre queda el recurso de las partículas prestigiantes. No es lo mismo un “Vega” que un “de la Vega”. Pregúntenle a don Garcilaso.

Los nombres de las mujeres suelen arrastrar una sobrecarga de apellidos: a los de sus progenitores se suma el del marido, vivo o fallecido. Increíble que, en estos tiempos de avances feministas, perdure la irritante manía de distinguir entre solteras, casadas y viudas. La gran ironía del asunto es que las mujeres no tienen y nunca han tenido apellidos. En realidad, los que creemos poseer pertenecen a algún hombre: el primero al padre, el segundo al abuelo materno y el tercero (con un “de” posesivo) al señor esposo. Imposible soslayar la ingrata comparación histórica: a los esclavos se les inscribía con el apellido del dueño.

Hay quien prefiere prescindir de esquela y así lo establece en su testamento. ¿Por exceso de humildad, por voluntad de ahorro, por ocultar la edad o por evitar que el banco les congele de inmediato la cuenta a sus herederos? En todo caso, como recompensa a esa noble renuncia, habrá que prodigar elogios a la modestia del muerto durante el velatorio. De otra manera, podría sospecharse que fue la familia quien lo privó de su apoteosis póstuma.

Consejo práctico: Si usted es de los que pretenden controlar hasta el futuro de su nombre, dejar escrito el obituario es la opción salvadora. A condición, por supuesto, de que también deje fondos para publicarlo.

Por lo pronto, quizás no convenga interesarse demasiado en tan tétrico tema. La vida llama y la muerte espera. Más vale hojear bien rapidito esas últimas páginas del diario, no sea que vaya uno a pasar el mal rato de toparse cara a cara con su propia esquela.

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