Juan Antonio Candelaria

Tribuna Invitada

Por Juan Antonio Candelaria
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Fanatismo y partidismo: letal combinación

El fanatismo ha existido por tiempo inmemorable. Muchas crueldades extremas han sido protagonizadas por el fanatismo. Víctimas del fanatismo, fueron atormentados y ajusticiados personajes célebres de la historia: persecuciones y matanzas de cristianos, en la época Monástica se acentuaron los prejuicios contra la mujer. Más recientemente, el holocausto hitleriano. En fin, por causa del fanatismo se han perseguido, masacrado y torturado millones de seres humanos.

La Real Academia Española define el fanatismo como “apasionamiento y tenacidad desmedida en la defensa de creencias u opiniones, especialmente religiosas y políticas”. Al fanático, como “una persona preocupada y entusiasmada exageradamente por algo”, con apasionamiento desmedido y exagerado que riñe con los procesos racionales que deben primar en el ser humano.

El fanático rehúye razonar. Se dice que el fanático es ciego. “Word Reference” lo define como aquel que se haya “entusiasmado ciegamente por algo”. Psicológicamente, la persona fanática manifiesta una apasionada, obstinada e incondicional adhesión a una causa, o hacia determinados temas, tornándose, a veces, lioso y violento.

Los lugares donde impera el fanatismo son terrenos donde es difícil que prospere el conocimiento y donde parece detenerse el curso fluyente de la vida. (Diccionario virtual Wikipedia).

En Puerto Rico, por nuestro temperamento fogoso, el fanatismo es más penetrante. Constituye un “bloqueo cerebral”, que no permite el fluir de otras ideas o cualidades que la de sus copartidarios. Llega a la idolatría de su “líder”. Nubla la capacidad evaluativa y de análisis.

Para el fanático, su partido y candidato no tiene mácula: el mejor, más inteligente e infalible. No reconoce nada bueno del adversario. Es letal para la trascendencia intelectual del individuo, pero más aún para el efectivo ejercicio de la democracia. Es la mayor rémora que tiene la democracia.

No se puede afirmar que tenemos un sistema democrático si se promueve el “hacer una cruz debajo de tal insignia”, así se desalienta el análisis prudente, dando paso a promesas vacías, populistas.

El fanatismo se entroniza en los partidos, cuyo origen se puede remontar al siglo VII AC, con el partido de los optimates, compuesto de nobles con ancestrales ilustres dominando el senado romano durante la República, y en Puerto Rico, formalmente, con el advenimiento del Partido Liberal en 1812.

Tuvieron su razón de ser, hoy se tornan dañinos. Una sola cruz debajo de tal o cual insignia, posibilita la entrada de todos, sin importar sus cualificaciones ni intenciones.

Valen más insignias y símbolos que personas. Durante décadas, el fanatismo ha primado en las contiendas electorales, fermentado en el partidismo. Las elecciones se convierten en una competencia, semejante a las deportivas.

La prioridad de la gente es que su equipo (partido) gane, no importa las consecuencias para el país. Es asunto de ganar. Es charanga, carnaval y macarena, sin preocuparse por ensamblar un buen gobierno.

En este momento acucioso, de crisis y oportunidades, nos jugamos la vida. Hoy más que nunca, con las candidaturas independientes, se le presenta al país la imperiosa necesidad de liberarse de esa lacra, y hacer el esfuerzo por deliberar racional y críticamente, pensando en Puerto Rico y elegir el hombre o mujer que mejor pueda servir, sin aspirar a ser servido. Un país de 100 X 35 tiene demasiados burócratas, aristócratas de la política, alcaldes y legisladores, expolíticos atornillados a los contratos, cabilderos; en fin encomenderos del pueblo. Es la verdadera grasa. Esa es la verdad. Liberados de las garras del fanatismo, hay que ver quién la enfrenta mejor. Oremos.

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