Luis Rafael Sánchez

Desnudo Frontal

Por Luis Rafael Sánchez
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¿Fatmagül o Suleimán?

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Si es nena se llamará Fatmagül . Si es nene se llamará Suleimán. Escogieron los nombres cuando ni se conocían, en señal de gratitud a las telenovelas turcas cuyas tramas les aliviaban la depre.

¿Por qué se deprimían? Nadie le aceptaba una sonrisa a él, una guayaíta ni se diga. Nadie la convidaba a ella a nada, a partysear ni se diga. Él acabó considerándose desagradable, ella inapetecible.

A la par que repartía pizza a domicilio él soñaba con una muchacha atrayente. No que fuera “Miss Belleza Latina”, pero tampoco que mirarla asustara. A la par que confeccionaba y vendía galletitas de avena ella soñaba con un muchacho chévere. No que tuviera sangre azul, mas tampoco que presumiera de cafre.

El hermanito de ella y la hermanaza de él los conminaban a obviar el mojoneo de Cupido y resolver por ellos mismos. Agitándole la maranta la instaba a darle el chance a un príncipe de aquí:- “Hermanita, cocolízate.” La hermanaza le rizaba el afro y canturreaba: -“Chica anda buscando chico. Hermanazo, sal a buscarla.”

No la buscó, pero la encontró.

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Una tarde cuando entregaba pizza el muchacho oyó un grito de pánico: - “Me cortaron la luz. Si no veo a Suleimán muero.” Rastreó el grito y dio con una muchacha abundante en carnes. Como las gordis lo electrizaban se fingió electricista.

No había corte de luz. Aun así el electricista fingido fingió destorcer la antena. Nuevamente la muchacha gritó, pero de felicidad. A lomo de caballo abarrotó la pantalla del televisor Suleimán el Gran Sultán. Aceptó la sonrisa del electricista fingido.

Él preguntó si podía regresar a ver “¿Qué culpa tiene Fatmagül?” Ella contestó que sí. Regresó de humor inmejorable, trajo una pizza artesanal y se sentaron a despotricar contra los enemigos de Fatmagül.

Por si acaso él se había enchumbado los sobacos de perfume. Por si acaso ella se había compendiado la maranta en una trenza gigantesca. Nunca los besos supieron tan sabrosos. A queso. A salami. A pimienta.

Luego de semanas de pizza, galletitas de avena y pasiones turcas, el deseo venció el miedo. ¡Quién creería que un muchacho barrigudo sería tan sutil y que una muchacha gordi sería tan etérea!

Culminado el ayuntamiento él besuqueó la maranta y susurró:- “Si es nena se llamará Fatmagül.” Acariciándole el afro ella susurró:- “Si es nene se llamará Suleimán.”

El amor lo transformó en el repartidor de pizza número uno del área metropolitana. Lo que no distrajo su interés en la telenovela “¿Qué culpa tiene Fatmagül?” Se emocionaba de contemplar la inocencia que emanaba Fatmagül a pesar del sufrimiento.

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El amor la transformó en próspera hacedora de galletitas de avena. Lo que no impidió que siguiera pendiente a “Suleimán, el gran sultán.” Se emocionaba de verlo recorrer el sultanato mientras un fracatán de odaliscas aguardaba en el harén.

En la cama se descansa, se goza y se madura. Bajo los efectos del descanso, el gozo y la madurez el muchacho y la muchacha llegaron a un acuerdo. 1. Una boca adicional es suficiente. 2. Averiguar el sexo de la criatura previo a su desembarco supone una pamplijada.

Días después del acuerdo vivieron una emoción superior a las provistas por las telenovelas turcas: Fatmagülita o Suleimancito desembarcarían dentro de ocho meses.

ÉI les avisó a la hermanaza y a Pa y Ma y a tío Monchíbiri y tío Feluche, el amigo con quien tío Monchíbiri vivía. Ella les avisó al hermanito, a Titi Cúcara y a Papi y Mami.

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No hay cielo sin nubes. La barriga de la muchacha creció y la clientela de galletitas de avena se achicó y el Departamento de Hacienda embargó la pizzería por el impago de contribuciones. No, a la muchacha y al muchacho no los picó el zika, los picaron las crisis: la fiscal, la humanitaria, la amorosa.

Primero se mudaron con los padres de él, semanas después con los de ella. Al mes él regresó donde los suyos y ella se quedó con los de ella. Pero, el muchacho bregaba bien: dinerito que ganaba, dinerito que enviaba a la muchacha.

Un día se presentaron los dolores de parto. Y se formó el corre corre hacia la clínica. Y en el automóvil del abuelo materno ocurrió el parto.

¿Desembarcó Fatmagülita Ortiz Cruz o desembarcó Suleimancito Ortiz Cruz? Mañana lo informarán los periódicos. Las noticias pintorescas agradan.

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Dedico esta fantasía santurcina a la narración afamada de Frank Stockton, “¿La dama o el tigre?” Y a los lectores tentados por responder a la pregunta.

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