Mayra Montero

Antes que llegue el lunes

Por Mayra Montero
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FBI, gobierno provisional

El genial Groucho Marx dijo una vez que la mejor definición de espectáculo que había oído en su vida, la oyó en un pequeño pueblito de Ohio, cuando un hombre se acercó a la taquilla y dijo: “Oiga, antes de comprar la entrada quiero saber una cosa, ¿es de llorar o de risa?”

En Puerto Rico estamos viviendo la mejor definición de espectáculo, pero sin respuesta. Nunca sabríamos decir si es de llorar o de risa.

Toda aquella gente que se sulfaraba porque la Junta de Control Fiscal le arrebataba al gobierno “la poquita autonomía que teníamos”, permanece muda ahora que quienes están timoneando el país son los altos funcionarios del FBI. De hecho, lo van a timonear por largo tiempo. Detrás de la Junta, que puede ser la Junta como podría ser un síndico general, o varios síndicos, o quizá, en el futuro, un robot, hay todo un aparato de política, inteligencia y seguridad federal, que es el que en realidad gobierna y que, a mi juicio, les dio cordel a funcionarios, asesores, contratistas y rufianes de distinto pelaje. Sabían, perfectamente, que nada se lograba arrestando a uno por aquí y otro por allá, realizando “operativos” de tiempo en tiempo, enfocándose en una transacción, en una movida o nebulosa determinada. Tenían que trabajar el “todo”.

El famoso filósofo Gianni Vattimo, hace apenas dos días, afirmaba que la “verdad es un tejido de interpretaciones y no una suma de datos”.

Eso mismo se podría decir de la corrupción: es un tejido de interpretaciones, y del meticuloso trabajo de interpretar esa madeja se está encargando el FBI, por órdenes que emanan de los más altos niveles en Washington. En la entrevista a Douglas Leff, que publicó este diario el pasado viernes, él dio a entender que las instrucciones de la Casa Blanca son las de “tener mucho cuidado” con los fondos que van a llegar. Sencillo. Es el dinero de los contribuyentes estadounidenses, y allá ha empezado la campaña electoral.

En Puerto Rico fueron muchos los que vieron este cuatrienio como la última oportunidad para raspar lo que quedaba luego de la quiebra, y más tarde, con el paso del huracán, se entusiasmaron con la idea de inventarse a la carrera empresas y mojarse (o mojar a los amigos) con los fondos para la recuperación. Las reglas del juego, sin embargo, han cambiado.

Hay un detalle al que nadie se ha referido: cuando Douglas Leff, hace justamente un mes, el 30 o 31 de mayo, pidió a los funcionarios que incurrieron en corruptelas, o que se sabían investigados, que se acercaran a su oficina para ofrecer información, en ningún momento dijo que había que ir antes donde el Gobernador, al contrario. Leff fue clarísimo en advertir que donde tenían que presentarse era en el FBI. Y resulta que todo este escándalo, que tiene un punto de no retorno en el despido de Raúl Maldonado, surge del hecho de que él “no fue primero a hablar con el gobernador”.

Es que no tenía que ir. ¿Rosselló no oyó lo que dijo Douglas Leff, que fueran enseguida a su oficina? Ni los mandó a ir a Justicia ni los mandó a La Fortaleza. ¿Cuál es el asombro? Maldonado, y otros que no sabemos, se deben al que, por el momento, está remeciendo y tangencialmente reorganizando el gobierno. El jefe Leff. Vuelvan a la ONU y cuéntenlo.

Que por cierto, esa sesión del Comité de Descolonización fue vergonzosa. Con momentos agudos de surrealismo, como el señor del sombrero que se presentó como presidente del Estado Nacional Soberano de Borinquen, y lanzó una diatriba contra António Guterres, secretario general de la ONU. Pero fue la presidenta del Comité, Keisha Aniya McGuire, de la isla de Granada, la que dio la nota, y de qué modo. Si en la sesión del año pasado, el hombre que dirigió los trabajos estaba medio dormido, y no supo pronunciar con claridad ni uno de los nombres de los deponentes, esta McGuire no solo no sabía cómo se llamaba nadie, sino que se reía todo el tiempo —aun cuando apagaba el micrófono, qué risa le daba— y no paraba de mirar el teléfono y mandar mensajes de texto. ¿Había algo más importante que atender a los que estaban hablando? Era evidente que ella estaba en otra cosa, cumplía con el protocolo de sentarse a oír ponencias. Ni siquiera por el hecho de que no tiene más nada que hacer, se preparó la noche antes para tratar a la gente con la mínima corrección, pronunciando nombres y no disparates. Entonces, ¿qué seriedad puede tener eso? ¿A qué gastar dinero en ir a Nueva York, una ciudad tan cara, para ser parte de esa inútil comparsa? Uno espera que no se haya gastado un centavo de dinero público en esa fantachoda. Me gustaría saber quiénes se pagaron el viaje, y quiénes fueron a pavonearse a costa de los contribuyentes.

El mejor grito de descolonización que se podría dar, de cara a ese aparato cada día más ineficaz que es la ONU, es que nadie vaya cuando se discuta la resolución 40. Y que manden un papel diciendo que no van en protesta porque la tal McGuire se muere de la risa y habla por teléfono, y el resto de los integrantes del comité se olvida de que la isla existe en cuanto salen por esa puerta. Ya verán como, en ese momento, el caso de Puerto Rico cobra notoriedad, al menos en los periódicos del extranjero, que comentarán el justificado desaire.

Mientras tanto, pendientes todos al mes de julio en nuestro decisivo almanaque. Y obedezcan a Leff: vayan donde él, no a La Fortaleza. ¿Oído? Vayan donde él y no donde Maceira. Maceira es el distinguido que se refirió a las cabezas.


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