Eduardo Villanueva

Punto de vista

Por Eduardo Villanueva
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¿Felices en carpas?

Atribuyen a la alcaldesa de Ponce, María "Mayita" Meléndez decir que la gente que está viviendo en carpas en el sur están felices. Analizando esas expresiones, un sentimiento de incredulidad viene a la mente. No sabemos si es una deficiencia del lenguaje, una torpeza, cinismo del que lo dice o una enajenación del sufrimiento que experimenta un ser humano que vive en carpas, en casetas o en hogares provisionales. 

Dicen que el hogar es el castillo del hombre. La Constitución de Puerto Rico en su Artículo ll, Sección uno, establece que la dignidad del ser humano es inviolable. ¿Cómo se puede salvaguardar el derecho a la privacidad, un espacio adecuado para convivir con y frente a otros seres humanos? ¿Cómo sentirse seguro frente a lluvia torrencial que dañe las pocas pertenencias que se poseen, frente a temblores sucesivos e impredecibles en intensidad, soportando vientos más allá de lo normal e inmanejables en una carpa?  ¿Cómo podemos decir razonablemente que en esas circunstancias la dignidad del ser humano está salvaguardada? Cuando razonamos esas expresiones, recordamos a don Pedro en el cincuenta: “El corazón se nos agolpa y se nos nubla la razón y algo nos dice que esto tiene que terminar”.

Creo que aún no acabamos de comprender y conocer adecuadamente a los puertorriqueños(as). El puertorriqueño es agradecido, es gentil, es sensible. Aun sin educación formal, sabe tratar con respeto al que lo ayuda y se siente mal de quejarse cuando ha recibido la generosidad de otros puertorriqueños. Considera inapropiado lucir mezquino o mal agradecido frente al que muestra compasión y sensibilidad hacia él. Por eso se reserva la expresión de su dolor o sufrimiento. Eso es humanidad y es clase de verdad, de la que enseñan en hogares de buena voluntad. Esos rasgos son más acentuados en clases sociales pobres que aprecian y valoran al que los ayuda. Por eso puede parecer que estén contentos, porque por dignidad encubren y acallan su sufrimiento. No conocer esos rasgos culturales es lo que llamo estar enajenado de la naturaleza del ser puertorriqueño.

Nuestra gente en el sur y en todo Puerto Rico, tiene derecho a una vivienda segura, limpia, razonablemente cómoda y preparada para soportar los riesgos y los embates de vivir en el Caribe. Ese es el lugar donde nacieron, muchos han decidido que ese es el lugar donde quieren morir luego de haber rendido jornada. 

El Colegio de Ingenieros y Agrimensores se ofreció para prestar ayuda y no fue oído; el gobierno decidió contratar un allegado del partido en el poder. Eso no impide que dichos profesionales por su cuenta organicen y programen que ingenieros vayan al sur, a áreas aledañas a las que sufrieron daños, hagan un inventario de propiedades abandonadas y un análisis de cuánto costaría rehabilitarlas de manera segura, para que la realidad de vivir en carpas quede atrás a la brevedad posible.

En carpas vive gente enferma, restringida a uncatre porque no hay camas. Hay niños que no tienen espacio ni posibilidad de canalizar su energía en juegos constructivos. Hay pérdida de privacidad para las parejas que la desgracia los obligó a convivir en comunidad abierta. Ni siquiera una pausa para el amor les es permitida sin caer en la promiscuidad o el exhibicionismo. No están felices, es solo que les sobra dignidad para no quejarse.

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