Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Ficciones de abuela

Dos enfermeras intentaban prender una planta eléctrica. Las veía mientras empujaba la silla de ruedas de mi abuela Pancha hacia la puerta de entrada; ese sería su primer día en un centro de ancianos. Detrás de mí, venían dos tías, dos primos y mi hijo. Cuando llegamos a la puerta, las sonrisas de las enfermeras atravesaron el ronroneo de la planta eléctrica. Juro que aquellas sonrisas olían a fruta: las piñas dibujadas en sus uniformes lo confirman. El Nuevo Mundo fue alguna vez una gran piña. Pregúntenle a Carlos V.

El edificio estaba pintado de amarillo y adentro siete viejitos se comían el atardecer: platos de pasta en salsa roja pintaron nuestra bienvenida. Por suerte, el Alzheimer no cegó el hambre de abuela y desde la cocina aterrizó un tierno plato plástico: leve y pesado como órbitas de planetas. Mientras abuela comía, y mis tías llenaban papeles, y junto a mis primos llevábamos las maletas al nuevo cuarto, pensaba en las pequeñas ficciones que habíamos preparado para alunizar la estadía de abuela. De niños, ella también nos enseñó el mundo con ficciones. No eran mentiras, ni fantasías, sino puentes diminutos, ficciones reales -creíbles como ropa tendida al sol- que nos ayudaban a conocer duras verdades.

De pronto, se me enredaron las ficciones de mi niñez, las que a veces les digo a mis hijos y las del país. Nos tocó asumir el destino de abuela en el peor momento, cuando la isla se atesta cada vez de ficciones vacías tras el huracán María: las tontas banderitas en los carros, los podridos heroísmos publicitarios y el tarot de las estadísticas. Que nadie lo dude: prefiero las ficciones de abuela. Eran más francas, serias y honestas, como las órbitas de pasta que quedaron alrededor de su boca y las piñas dibujadas en los uniformes de las enfermeras.

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lunes, 3 de septiembre de 2018

Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

sábado, 4 de agosto de 2018

Ataúdes prestados

El escritor Cezanne Cardona cuestiona el trato de Ciencias Forenses a los fallecidos

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