Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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Fidel

En enero de 1959 —cuando yo había cumplido doce años, a pocos meses de descubrir el deseo y con la tumultuosa Serie del Caribe de 1958 aún sonándome en los oídos— Fidel Castro llegó al poder, se disfrazó de pelotero y formó parte de un “team” que llamó “Los barbudos”. Era joven —treinta y dos años, próximo a cumplir la edad del salvador—, carismático, con un don espontáneo por el gesto populista y en sintonía con la gran época del béisbol profesional cubano.

Nos llegaron —ya cumplidos mis sesenta— las imágenes perturbadoras de un Fidel convaleciente, ancianísimo, la barba rala y el labio superior que insinuaba lo mismo una defectuosa caja de dientes que un pequeño derrame cerebral reciente, esa pinta de viejo loco y greñudo —King Lear— a quien vistieron con la sudadera Adidas de un fantasmal equipo. (El viejito se quejaba de frío en la habitación del hospital.) Lucía de rostro cenizo, demacrado, los ojos excesivamente pequeños, algo sorprendido. Para colmo, su enfermedad era de las necesidades inferiores, esos “divertículos” del tripero grueso. Parafraseo a Juan Ramón Jiménez, otro viejito cascarrabias: “Poder poder —lo dijo Yeats— en el sitio del excremento, asco de nuestro ser, nuestro principio y nuestro fin.”

Como vemos, debo tenerle a Fidel si no algo de simpatía al menos una adhesión sentimental. He calcado el arco de su vida. Llegó al poder en el último año presidencial de Eisenhower, justo cuando el erotómano de Bill Clinton probaba, en su casi adolescencia, el vicio solitario. Sobrevivió más presidentes gringos que ningún otro dictador latinoamericano del Siglo XX. Aunque casi inmortal, Fidel tenía, también, esa cubana ambición de eternidad.

Y para colmo le tocó —ya en edad de caerse, como le pasó hace quince años— tropezar con Chávez. Decía Marx que la Historia primero ocurre como tragedia y luego como farsa. Lo que jamás se le ocurrió fue que un mismo personaje histórico pudiera ser trágico y a la vez imitado, en su propia cara, como farsa. Eso le tocó a Fidel con el Comandante Chávez, que no lo dejó quieto y tranquilo, como se hubiese merecido un viejo dictador en su lecho de enfermo. Allá le cayó Don Bolívar a la habitación del hospital. Fidel lucía casi suplicante. Justo castigo por su perversidad. Recordemos cómo en la Guerra de las Malvinas, y en lo peor de la guerra sucia librada por los milicos argentinos contra la izquierda, ¡Fidel quiso retratarse con el General Galtieri!

Fidel siempre tuvo esa sobriedad del poderoso aislado por el oficio de la suspicacia, una figura algo solitaria, hasta misteriosa, ya eliminados, por su voluntad de poder, la fatalidad o la razón de estado, Hubert Matos, Camilo Cienfuegos y el Che Guevara. El carisma se ejerce mejor como monopolio. Fidel siempre fue ese desclasado con algo de resentimiento social y mucho de celo mesiánico, gran valentía personal, soltería de estado, la diferencia entre el gregario militar de cuartel a la Chávez y un sesudo comentarista de Maquiavelo. Siempre existió en Fidel una gravedad que Chávez jamás tuvo. Éste fue el guasón caribeño sentado sobre la riqueza del petróleo venezolano. Ahí empieza y termina su protagonismo hemisférico. Fidel fue el protagonista, el aventurero, a nivel internacional, asentado sobre el nacionalismo cubano y la coyuntura de la Guerra Fría.

Las instituciones son el caudillo, éste encarna las instituciones. En esto, trátese de Daniel Ortega o Fidel, nada ha cambiado en estos países. El poder como locura es todavía el estilo caribeño y latinoamericano por excelencia. El hombre fuerte, el caballo, el caudillo carismático y espectacular, nada “mongo”, sigue siendo la norma testicular de nuestros países, tan alejados de una democracia verdadera y tan cercanos, aún, a una rústica voluntad de poder con las botas enfangadas.

Conocí a Fidel en enero del 2000, en ocasión del Premio de literatura Casa Las Américas. Aquella noche, en que el jurado del Premio cenó con el Comandante, lo reconocí como lo que siempre mi madre temió para mi padre: Fidel se había convertido en un viejo “chacharero”. Corría la crisis del niño Elián y Fidel estaba en lo suyo, hablador al modo cubano de La Ceiba, con la verborrea siempre a flor de labios. Ya me advirtieron los amigos cubanos —con algo de vergüenza ajena— que Fidel había vuelto a las peroratas de su juventud. Era un viejo dicharachero con un temario algo desorganizado e impredecible —desde el béisbol de siempre hasta los jóvenes poetas cubanos—, que olvidaba datos, cifras, y tenía largos compases de espera en que la mesa quedaba como suspendida, en una mezcla de terror cortesano y respeto paterno filial. Noté ese algo provinciano y pueblerino de Fidel, quien fue un fenómeno de la cubanía más insular a la vez que una figura internacional.

Fui el principal interlocutor de Fidel aquella noche, y solo por petición de un viejo comunista venezolano, Domingo Miliani. Fidel me despachó diciéndome, ya para despedirnos, que no había aprendido nada de nuestra conversación. Mi mujer le ripostó que eso era comprensible dada su mala costumbre de no dejar hablar a la gente, ¿retrato de familia con Fidel?…

Lo mismo que a Muñoz Marín, conocí a Fidel viejo y casi afásico. No me tocaron los discursos brillantes —en el caso de Fidel lo oía cuando jovencito por radio de onda corta—, sino los balbuceos y los lapsos mentales. A ambos los conocí en la cruel decrepitud, ya derrotados por el tiempo, algo fracasados en el noble intento por rescatar a sus respectivos países de la pobreza, las desigualdades sociales y la perenne humillación colonial. Fidel no pudo acabar con la caña de azúcar. Muñoz Marín sí. Ambos tuvieron grandes logros en la educación y la salud. Fidel se quedó corto en la alimentación durante el llamado “periodo especial”. Aunque sí rescató a Cuba del neocolonialismo, bien que la colocó, por años, bajo el protectorado del imperio soviético, a la vez situándonos al borde de la extinción nuclear en 1962. Esosí, logró para Cuba esa dignidad y ese respeto siempre postergados de frente al Gringo Viejo. Aunque siempre le temblaran las rodillas frente al Americano, Muñoz Marín pretendió borrarse como caudillo y no lo logró. Alcanzó para su pueblo una mejor vida, eso sí. A Fidel, en lo que es otro ejemplo de nuestra malograda cultura política, todavía se le consultaba todo, según Raúl.

Hoy está muerto, ya cumplí los setenta y sus cenizas llegaron al Lares de su patria, Santiago de Cuba, donde empezó todo. Se completa así el arco de una auténtica tragedia antillana que cautivó al mundo.

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