Julio Fontanet

Tribuna Invitada

Por Julio Fontanet
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Fidel y el cuarto piso

Ante la muerte de Fidel Castro Ruz, difundida y discutida en todo el planeta, las reacciones fueron como era de esperarse: sumamente polarizadas. Por un lado, personas que consistentemente han criticado sus ejecutorias celebraron enérgicamente su muerte, largamente esperada. Otros que distinguen su gesta, lamentaron su partida.

Para mi sorpresa, el presidente de España, Mariano Rajoy, al expresar sus condolencias al gobierno y autoridades cubanas, se refirió a Castro como una “figura de calado histórico”. Opositores y defensores tienen que estipular la corrección de la aseveración de Rajoy porque, independientemente de cómo se juzgue su gestión, nadie puede negar su trascendencia histórica, particularmente en el contexto de la Guerra Fría.

La Revolución Cubana fue mirada desde sus inicios como un evento de envergadura y suma relevancia. Por ello contó con el apoyo internacional y el de sectores progresistas, como aconteció, décadas antes, con la defensa de la República en España frente al fascismo.

En estas páginas se han publicado recientemente columnas en las que defensores de Castro destacan las reformas sociales impulsadas, particularmente, en el acceso a la educación y la salud; y sus detractores condenan las violaciones a los derechos humanos y la estrechez económica que allí se vive.

Para los puertorriqueños, todo lo que acontezca en Cuba tiene una especial importancia. Tenemos una historia en común, desde los tiempos precolombinos, la colonización, la lucha por la independencia y la Guerra Hispanoamericana. Somos antillanos, caribeños y en los oídos de los puertorriqueños resuenan los versos de Lola Rodríguez de Tió... “Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas...”.

A la Revolución Cubana se le pueden atribuir dos aspectos —relativamente paradójicos— con efectos directos en nuestro país: la discusión del caso de Puerto Rico en el Comité de Descolonización de la ONU desde 1972 (los estadistas, autonomistas e independentistas que anualmente acuden a su sesión no pueden olvidar esa génesis) y el gran impacto de la inmigración cubana, que se estima en 40,000 personas desde 1959 hasta 2014.

Emigró mayormente un grupo relativamente diverso, destacándose una clase comerciante que encontró aquí un terreno fértil en una economía en crecimiento. Cabe destacar que, en la mayoría de los casos, esos inmigrantes se integraron a la sociedad puertorriqueña. En ese aspecto, fue una inmigración distinta a la que se estableció en la Florida. Muchos de ellos se sentían más “en casa” en una isla caribeña, donde se habla el mismo idioma, que en la pantanosa ciudad de Miami.

Señalaba el demógrafo Jorge Duany que los hijos de esos inmigrantes se sienten mayormente puertorriqueños, particularmente aquellos nacidos de un padre o madre puertorriqueños. Nadie cuestionó la puertorriqueñidad de Manolo Cidre cuando aspiró a la gobernación de Puerto Rico o la de Mónica Puig por ser su padre cubano (su madre es boricua). Podemos reseñar tantos casos...

La inmigración cubana fue parte de ese cuarto y último piso del pueblo puertorriqueño que identificó el laureado escritor puertorriqueño José Luis González en su ensayo El país de cuatro pisos. Como dijéramos, no fue una inmigración monolítica sino diversa en muchos aspectos. Hubo de todo, como acontece con todas las olas migratorias en todas partes del mundo y a lo largo de la historia. Si bien es cierto que nos es difícil olvidar y perdonar la intolerancia y conducta criminal del famoso cubano que vendía flores y la de los Omegas y los Alphas, ellos son solo representativos de un minúsculo sector. La mayoría de los cubanos que recibimos han sido personas trabajadoras, que contribuyeron al desarrollo del país y que, desde hace décadas, dejaron de ser inmigrantes para ser parte de nosotros, al igual que lo son los dominicanos en la actualidad.

El cuarto piso de Puerto Rico cuenta con una gran zapata cubana.

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