Leo Aldridge

Punto de Vista

Por Leo Aldridge
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Filosofías políticas en tiempos de pandemia

El presidente Donald Trump ni tan siquiera ha considerado un “lockdown” nacional, se rehúsa a emplear una ley federal mediante la cual podría ordenarles a las corporaciones a redirigir sus esfuerzos para producir ventiladores y otros materiales necesarios contra el coronavirus, y urge cada vez que puede a que sean los estados los que resuelvan por sí mismos sus respuestas a la pandemia.

La forma en que ha respondido el presidente Trump está cimentada en una visión de mundo que, aunque podría parecer desesperante en estos momentos, viene desde la misma fundación de los Estados Unidos. Los federalistas de Hamilton abogaban por un gobierno fuerte en Washington que respondiera de forma centralizada a los retos de la nación. Los republicanos de entonces, renuentes a cualquier sabor a la monarquía inglesa de la cual se habían desprendido, abogaban por un poder descentralizado y que fueran los estados los protagonistas de la novela nacional.

Con sus acciones o inacciones, Trump, conscientemente o por carambola, está reviviendo todos estos debates filosóficos, aunque con el sufrimiento de cientos de muertos en su país como telón de fondo. El presidente al parecer piensa que el rol del gobierno federal debe ser limitadísimo, incluso en una pandemia que está contagiando a miles cada día, muchas veces con consecuencias fatales.

En una reunión con gobernadores de varios estados la semana pasada, Trump aseveró que “los respiradores, los ventiladores, todo el equipo, ustedes intenten conseguirlos ustedes mismos”. “No somos un empleado de envío”, remató.

Cuando el gobernador de Nueva York Andrew Cuomo imploró que se utilizara el Defense Production Act para que las empresas se concentraran en producir ventiladores y otros materiales necesarios para combatir el coronavirus, la respuesta de Trump fue: “somos un país que no está basado en nacionalizar sus empresas. Llama a alguien allá en Venezuela y pregúntales cómo les fue con la nacionalización de las empresas. No les fue muy bien”. (Trump y sus seguidores obvian, por supuesto, que la ley federal no representa ni remotamente la nacionalización de las compañías).

Esa filosofía de poca intervención gubernamental – lo opuesto al “big government” que favorecen los demócratas – no tiene cabida en una situación como la actual y, de hecho, no es intelectualmente honesta con otras acciones del propio Ejecutivo federal.

Si Trump realmente quisiera ser consistente en que el gobierno federal no debe tener un rol significativo en esta coyuntura – la más importante de lo que va del Siglo 21 – no habría impulsado en el Senado un paquete de medidas económicas de $2 billones para darle respiro a los comercios estadounidenses y un “bail-out” a ciertas industrias. No puede decir “manos afuera” cuando se reclaman ventiladores y medidas salubristas para los ciudadanos en los estados más golpeados y, días después, en el aspecto económico, intervenir con todo el poder del gobierno federal para intentar aliviar las alicaídas finanzas corporativas e individuales.

La famosa “mano invisible” del capitalismo de Adam Smith, que postulaba que los mercados se corrigen solos porque son cíclicos, no aplica en este escenario donde la pandemia nos consume en la incertidumbre y el temor. El presidente Trump así lo reconoció al trabajar con el Senado para impulsar una serie de medidas fiscales para fortalecer la economía. Era justo y necesario. Del mismo modo tiene que reconocer que, en el aspecto salubrista y sanitario, los estados, en una situación como la actual, no tienen suficientes recursos ni poderes para enfrentar el COVID-19 sin el vigor de un gobierno federal centralizado.

En tiempos normales, el gobierno suele ser un gigantesco escollo, un monstruo sin cabeza que sirve principalmente como objeto de memes. En estos momentos de emergencia, sin embargo, es cuando necesitamos que ese Estado amorfo – federal y estatal – realmente sirva para lo que le pagamos con contribuciones de todo tipo (corporativas e individuales). Ya lo dijo Hamilton en los Federalist Papers: “el vigor del gobierno es esencial para asegurar la vida y la libertad”.

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