Manuel G. Avilés Santiago
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¿Fin de los tiempos o el fin del tiempo?

Quienes nos criamos en la década de los ochenta, crecimos expuestos a toda una serie de narrativas seculares, religiosas o seudocientíficas que apostaban a la llegada del fin de los tiempos. Estos relatos, en su mayoría traumáticos, se acomodaban a nuestro diario vivir desde diversas formas.

Por ejemplo, a la puerta de nuestras casas llegaban las revistas Atalaya cuyo titular “Armagedón” ilustraba con minucioso detalle los cuatro jinetes del apocalipsis anunciando el fin de la humanidad.

Como si no fuera suficiente, la pantalla chica transmitía anualmente el filme titulado “Las Profecías de Nostradamus”. El documental, narrado por Orson Welles, realizaba un recorrido histórico a través de las predicciones del místico francés, quien vaticinaba la llegada del anticristo de entre cataclismos y guerras nucleares. En la década de los noventa, la versión criolla de Nostradamus titulada “Hercólubus”, aterrorizó a los puertorriqueños ante la posibilidad del choque de la tierra con un supuesto planeta rojo.

Sin embargo, los más terribles vaticinios los escuché en el balcón de mi casa, cuando las pitonisas del barrio se reunían a hablar de los llamados Tres Días de Tiniebla. Según contaba la profecía mariana, un gran castigo caería sobre la humanidad y dejaría a oscuras al mundo entero mientras tempestades y terremotos azotaban la tierra. Y aunque podríamos decir que el vaticinio más o menos se cumplió –solo que de forma local y en vez de tres días de oscuridad han sido tres meses- el mundo no se acabó, como anticipaban los temidos presagios.

A pesar de promesas apocalípticas incumplidas, es común escuchar la frase “este mundo se tiene que acabar”. Tal pareciera que pensar en el fin de los tiempos es una línea de fuga a no tener que enfrentar el complejo mundo que nos rodea. No es el fin de los tiempos; lo que se nos acaba es el tiempo para actuar pues preferimos poner fin a la historia de la humanidad, antes de vivir la historia con humanidad.

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