Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Fortalecer la cultura contra Trump y los retos

Ahora que el presidente Trump ha arremetido contra tantas causas que pensábamos a salvo de intervenciones políticas de carácter punitivo —el derecho al asilo político y económico; la libertad de prensa; la preservación del ambiente y, también, el respaldo económico a las instituciones culturales— tenemos que reconocer que el ambiente político y cultural se ha transformado.

Trump es la expresión más extrema de una corriente central del talante estadounidense que salvaguarda su aislacionismo, incluso con violencia. No se trata solo de su renuencia de ocupar responsablemente el puesto que requiere su posición en el mundo, dado su tamaño e importancia y también su intervencionismo continuo —generalmente en beneficio propio— en los asuntos de los demás países.

Los Estados Unidos, con todas sus virtudes —que las tiene— nunca ha enfrentado su realidad. Una actitud mesiánica ha coloreado su historia. Se piensan no solo mejores que los demás países, sino ejemplares, llamados a sentar pautas de buen gobierno, democracia, justicia e industria ante el mundo. Cultivan esa actitud en sus ciudadanos desde la cuna.

Siendo yo niña y estudiante interna en un colegio de Philadelphia, desde los grados nos presentaban al país como el ápice del logro humano. Su historia se enseñaba como una serie de progresos ascendentes que afianzaban y ampliaban ese talante admirable. El resto del mundo respondía a valores obsoletos ante el vigor estadounidense. Todo ello en un momento en que aún estaban en el futuro los grandes triunfos de los derechos civiles. Ni una mención de la segregación racial, del colonialismo o del intervencionismo craso para defender a dictadores nefastos. Ese es el espejo en que un por ciento enorme —seguidores de Trump— se ve a sí mismo. Es la imagen que quiere actualizar cuando promete recuperar “la grandeza americana”.

Ante tales posiciones regresivas e intolerantes, nuestra particular situación resulta alarmante. ¿Dónde quedamos en el triunfo de una nación blanca, sospechosa de lo foráneo, exclusivamente angloparlante? Imposible luchar desde una posición de fuerza remotamente comparable.

Si no queremos asimilar una ideología exclusivista que nos anule aún ante nuestros propios ojos, hay que oponerle una cultura viva que busque formas nuevas para expresar inquietudes inéditas e invente respuestas creativas para las interrogantes actuales.

Nuestros espacios culturales no pueden seguir siendo bastiones de resistencia, muros de contención para evitar la disolución de una esencia nacional intangible. Esa noción se refiere a un asedio —que lo ha habido— pero también sugiere algo monolítico, inamovible, unívoco. El imperativo de rescatar y preservar debe abrirse al dinamismo, la inventiva, la incorporación de nuevas perspectivas: a la relevancia. Nuestros espacios culturales —instituciones académicas; bibliotecas; editoriales; teatros; museos; salas de exhibición y de concierto— deben ocupar un rol central, ayudándonos a dilucidar quiénes somos ahora y qué futuro queremos.

No temamos la apertura, siempre que lo que asimilemos se dé en nuestros términos y responda a nuestros intereses, no a los ajenos. Aunque la línea entre inclusión e imitación sea tenue, es imprescindible transitarla teniendo claro que no somos epígonos culturales de otros pueblos.

La clave está en partir de lo propio, observando lo ajeno desde nuestra realidad, incorporando lo útil y desechando lo que no contribuye al desarrollo de nuestra expresión propia. Si queremos sobrevivir este momento de confusión y los ataques de un gobierno colonial que obedece ahora a una figura desbocada en sus odios y en sus métodos, es urgente fortalecer —quiéralo o no Trump, quiéralo o no nuestro gobierno— las instituciones culturales que nos permitan dilucidar las posiciones con las que responder a los retos que enfrentamos. De ahí saldrá el impulso para trazar nuestra supervivencia.

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