Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Gatopardo

Desde que se publicó, en 1958, “El Gatopardo” ha sido la novela que mejor ha acompañado el absurdo teatro de la política. Polémica saga familiar, la única novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa narra las peripecias del príncipe don Fabrizio Salina por preservar su abolengo frente al cambiante mundo que le impone la invasión unificadora de Garibaldi, en 1860.

¿Qué puede hacer un príncipe para salvar su riqueza cuando los principios feudales, eclesiásticos y aristocráticos están en decadencia? Fácil: dar algo a cambio para parecer que todo ha cambiado.

Así reza la frase que mejor resume la novela: “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie.”

La estrategia de don Fabrizio se puede resumir en tres pasos.

Primero, utiliza a su sobrino favorito –Tancredi- para que se infiltre en las fuerzas revolucionarias. Segundo, logra que su sobrino se enamore y se case con la hija de un importante revolucionario burgués. Tercero, celebra una fiesta en la que confluyen las más altas diferencias. Es decir, don Fabrizio hace que todos coman, beban y bailen en nombre de un tiempo aparentemente nuevo.

De esta estrategia surgió lo que se conoce en política como el gatopardismo. José Pablo Fainmann lo define como la lucidez o el disfraz de una clase social para conservar sus valores de clase, allende los cambios venideros.

Esa clase, ahora es dominada por el mercado y los partidos políticos que -junto a sus economistas, publicistas, contratistas, ingenieros, inversionistas, abogados, amigos, familiares y empresarios- prometen cambiar algo para que nada cambie.

Algo así fue lo que sucedió en las primarias del pasado domingo.

Unos subieron, otros bajaron, pero en el fondo nos quedamos con los mismos gatopardos: animales políticos de la misma ralea que -con tenis o con espadas- buscan que todo cambie para que todo continúe igual.

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Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

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