Enrique Toledo Hernández

Punto Fijo

Por Enrique Toledo Hernández
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Generación “baby bootstrap”

U na época de Puerto Rico está terminando. El mundo de la generación “baby bootstrap”, o la generación “operación manos a la obra”, se agotó y se disuelve en su propia insostenibilidad material (bases económicas) y simbólica (cosmovisión). Aquella generación, identificable por el uso del cuadro pintado con una vieja casita de campo junto al flamboyán, languidece sin tener repuestas claras ante lo que afronta el país, aferrándose, aún más, a las “viejas” formas del pensar y del hacer.

Llamo generación “baby bootstraps”, y no “baby boomer”, porque Puerto Rico nunca tuvo un “boom” de nacimientos como respuesta a la II Guerra Mundial. Entre 1900 y 1949, las tasas de natalidad nuestras fueron de 39 a 40 nacimientos por mil habitantes, siendo muchísimo más alta que de cualquier país “desarrollado” durante el periodo del “boom” (En estados Unidos fue de 26.5 en su nivel más alto en 1947).

Por el contrario, a partir del 1950, Puerto Rico baja sus tasas de natalidad mientras el “primer y “segundo” mundos las subían. Aquí nunca hubo un “boom” especial. Segundo, los países del “primer” y “segundo” mundos ya tenían un sector industrial formado. Ergo, un estilo de vida fabril e urbano asentado. Fuimos principalmente del campo a la ciudad y no de la ciudad al suburbio. Denominar a la generación “baby bootstrap” como “boomer”, asienta la creencia religiosa secular de la lineadad del tiempo progresivo donde todo pueblo llega inevitablemente al “desarrollo” (o la modernidad), celebra tácitamente un proceso de industrialización que es la causa del estancamiento material y simbólico de Puerto Rico y distorsiona la comprensión del pasado y del presente.

Ahora bien, cuando hablo de esta generación me refiero a su mentalidad y no a su edad, aunque esta mentalidad es más común entre aquellos que nacieron de 1945 a 1972. Por ejemplo, el actual gobernador, si bien no nació en este periodo, sí reproduce tal mentalidad. Lo mismo sucede con personas de 50 años que se ubican fuera de la propia mentalidad “bootstrap”.

La estructura simbólica que caracteriza esta mentalidad es la división cuerpo, mente y alma para interpretar la realidad puertorriqueña. Se asume que Puerto Rico no tiene una “mente moderna” (o suficientemente occidental) lo que genera falta de actitudes (¿capitalistas?) para progresar. Y no progresa porque su “cuerpo” es inherente y materialmente pobre e insuficiente. Por ello hay que insertarle una “mente moderna” (occidental) para salvarlo de su inherente pobreza.

Mientras más “actitudes parceleras” más “mente moderna” falta se propone. El “alma” es aquello que representa la “identidad puertorriqueña” que, en vista de que “no es moderna”, se asigna a lo folklórico, lo tradicional, lo hispánico, lo jíbaro, lo afro. Tenemos que “proteger” o “desarrollar” el alma folklórica boricua ante las amenazas de lo externo (o lo moderno). Pero, contradictoriamente, necesitamos unamente moderna para progresar. De aquí nace la política económica en la que debemos sacrificarnos para que atraer el modo moderno externo a fin de modernizar el cuerpo pobre puertorriqueño. De aquí nace la política educativa para insertarle una mente moderna al boricua y preservarlo como sujeto folklorizado. De aquí nace la política de seguridad pues la violencia es cosa del puertorriqueño pero no de las instituciones que lo empobrecen y lo marginan. De aquí nace la política partidista donde todos prometen lo mismo: modernidad (ingreso y consumo ilimitado) y puertorriqueñidad (lo boricua folklorizado). Pero cada uno de los partidos separa lo puertorriqueño de lo moderno cuando se cuestionan uno a otros.

Si nos separamos de Estados Unidos (lo moderno) nos dirigimos a la pobreza (puertorriqueña) o si nos anexamos perdemos lo puertorriqueño (lo folklórico pobre). “Estadidad jíbara”, “lo mejor de los dos mundos” y el “Puerto Rico-Singapur” beben de la misma estructura simbólica (colonial).

¿Pero cómo salimos de esta mentalidad? Renunciando a la modernidad como, primero, referente enunciativo (si somos o no somos modernos) lo que cambiaría nuestra noción de puertorriqueñidad (folklórica), y, segundo, lugar aspiracional (realización de la misma), problematizando la experiencia colonial de estos últimos 60 años.

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