Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Gobernar para Puerto Rico

Ante una crisis, muchos (personas y sociedades) se paralizan. Ante una disyuntiva, en vez de luchar, se quedan inmóviles, esperando que pase la tormenta, que todo vuelva a la normalidad, que se imponga de nuevo la costumbre consuetudinaria. Es, en el fondo, miedo al cambio que supone esfuerzo y creatividad.

Pero las crisis (que son brechas, quiebras, rompimientos) a menudo no desaparecen; se agudizan. Estamos ante una que no es solo nuestra, sino mundial, aunque eso no suponga consuelo alguno. Europa, el Oriente, los Estados Unidos se enfrentan a cambios que requerirán un nuevo entendimiento de sus relaciones recíprocas, de sus métodos de producción y distribución, de sus identidades mismas. En Puerto Rico, la quiebra institucional de la administración, prevista desde hace tiempo, se trató de solucionar inyectándole dinero a un sistema disfuncional, pensando que eso nos permitiría seguir por la ruta conocida. El resultado lo tenemos a la vista, agudizado por el peor desastre natural en un siglo: el huracán María. La situación es una llamada a despertar de una inmovilidad de décadas.

No parece haber sido escuchada. Seguimos con las mismas prácticas administrativas, los mismos intentos de resolver los problemas a fuerza de dinero (los salarios de muchos funcionarios gubernamentales resultan del todo escandalosos), las mismas estrategias, los mismos contubernios y la misma corrupción.

¿Qué hacer? Despertar, en primer lugar, del letargo colectivo; analizar, exigir, recomendar, ejecutar. Abrir “nuevos caminos hacia viejos objetivos” como lo hicieron, en su momento, las generaciones pasadas. La medida del buen funcionamiento de una democracia es la actividad de sus ciudadanos, su interés en la cosa pública, su disposición de contribuir a la solución de los problemas y de explorar nuevos rumbos. Nos hemos acostumbrado a criticar sin ofrecer soluciones y sin exigirlas; a seguir adelante con nuestras vidas individuales sin darnos cuenta de cuánto merma su calidad. Nos resistimos a comprometernos con el debate público, nos aislamos ante la desgracia colectiva como aprendimos a hacerlo durante la bonanza relativa que disfrutamos durante bastante tiempo.

No es fácil dejarse sentir. Irónicamente, en un momento en que proliferan las comunicaciones, las voces individuales tienden a circunscribirse a un ámbito estrecho, de poca resonancia pública. Habría que hacer bulto, agruparse, concertarse para tener algún impacto; lograr que voces autorizadas, pero no oficiales, adquieran visibilidad y resonancia. Los organismos colectivos independientes tendrían que ocupar un lugar central, proponiendo caminos nuevos, creativos, oportunos.

El gobierno parece incapaz de moverse fuera de los parámetros acostumbrados (no todo se arregla contratando funcionarios con salarios exorbitantes ni con medidas demagógicas que suscitan, a la larga, más problemas de los que resuelven). No podemos -no debemos- sin embargo, cejar en los esfuerzos. Habría que reclamar una y otra vez una mejor administración que se aparte de los partidismos y gobierne para todo el país; que condene eficazmente la corrupción. Y habría que reclamarlo con razones y no con gritos; con ideas y no con consignas. Habría que exigir la rendición de cuentas públicas e insistir en la responsabilidad de quien usa mal un dinero que ha salido de los bolsillos de todos los que somos contribuyentes.

Estamos ahora entre la espada y la pared; entre la corrupción y la mala administración; entre la costumbre y la inhabilidad de abrir nuevas brechas. Imposible que nos quedemos ahí; hacerlo equivale a atrasar. El movimiento hacia adelante se demuestra andando, en este caso clamando, protestando, exigiendo y actuando. Todavía hay tiempo para que -si no hay cambios sustanciales antes de las próximas elecciones- podamos buscar iniciativas no partidistas comprometidas con abrir horizontes nuevos para un pueblo cansado ya de lo mismo.

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