Carlos E. Díaz Olivo

Punto de vista

Por Carlos E. Díaz Olivo
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Golpe a la salud y a las finanzas

Por más que nos negamos a aceptarlo y nos engañábamos pensando que por ser una isla el riesgo era menor, ya está aquí oficialmente. Puerto Rico, al igual que el resto del mundo, vive los efectos de la nueva cepa de coronavirus (COVID-19).

Sencillamente no nos podíamos escapar. La interconexión mundial, producto de la globalización y la movilidad que caracteriza la dinámica comercial, facilita la dispersión de enfermedades que, en el pasado, quedaban contenidas en un espacio geográfico particular.

Ante esta problemática, se han impuesto cuarentenas, limitaciones al transporte y la suspensión de actividades públicas masivas, con el fin de intentar contener el avance de la enfermedad. Pero, los efectos del COVID-19, no se limitan al ámbito salubrista. La interconexión global que ha hace posible la dispersión de la enfermedad también afecta severamente la economía mundial.

China es una potencia económica y ocupa una posición crucial dentro de la cadena de producción y distribución mundial, pues es el fabricante o suplidor de componentes importantes de muchos productos que se distribuyen y venden en otros países. Cuando una economía del tamaño de China se paraliza, la estructura financiera global se desestabiliza y provoca la caída de los mercados de valores a través del mundo.

La confianza es un factor fundamental para la estabilidad financiera, pues viabiliza que las personas inviertan su dinero, asuman riesgos y promuevan actividad económica. La incertidumbre existente, provoca temor y pérdida de confianza. Los ciudadanos enfermos no pueden trabajar y producir y los que aún no lo están, prefieren actuar con cautela, absteniéndose de incurrir en gastos, que en otros momentos hubiesen realizado libremente. Esta actitud conservadora en el consumo reduce la demanda pues se suspenden viajes, actividades de negocios, gastos de comidas y entretenimiento. Esta merma afecta a los productores, quienes ven reducidas sus ventas y presionados a reducir sus costos y a suspender o despedir empleados, ante la merma de sus ingresos.

El efecto, en ciertos renglones de la economía, es patente. Este es el caso de empresas pequeñas y de las industrias de transporte, turismo y entretenimiento. Puerto Rico es en gran medida una economía de servicios y los renglones mencionados son componentes vitales de la misma.

De manera similar, también serán impactadas, la industria bancaria y la de seguros. El incremento de personas enfermas conllevará el uso intenso de servicios médicos, lo que rebotará sobre los planes de seguros de salud. Puerto Rico cuenta con una población envejecida y con condiciones delicadas del corazón, de los pulmones, hipertensión y diabetes. El impacto del COVID-19 sobre este sector será inmisericorde. Su tratamiento requerirá hospitalización en una cantidad significativa de casos. La tragedia es que posiblemente no estemos en condición de satisfacer tan importante necesidad, pues además de su costo enorme, no contamos con la capacidad para atender su volumen, ante el hecho de que mucha de esta hospitalización se suscitará de forma simultánea. Si en tiempos “normales” nuestros hospitales no pueden absorber de inmediato a pacientes en sus salas de emergencias e intensivos, imagínese lo que ocurrirá de potenciarse la incidencia del virus en Puerto Rico.

La disminución de ingresos como resultado de la incapacidad de trabajar o por la suspensión de labores conllevará que muchos ciudadanos no cuenten con recursos suficientes para cumplir con sus compromisos financieros, muchos de los cuales son con instituciones bancarias. La reducción de la actividad económica implicará menor generación de ingresos y para el estado el recibo de menos impuestos. Esto significa que la delicada condición financiera del gobierno se agravará.

La experiencia previa con pandemias que han afectado a la humanidad demuestra que, luego de un golpe inicial contundente en la economía y la vida ciudadana, tienen un efecto de ajuste y eliminación de ineficiencias pasadas, lo que eventualmente abre camino a nuevas oportunidades económicas y a mejores condiciones de vida y trabajo para la población. Pero, en lo que se contiene la enfermedad y se reconfigura la economía mundial, debemos prepararnos y estar conscientes de que aún nos queda otro tramo angustioso por afrontar como sociedad, particularmente en lo que respecta a nuestra población más vulnerable.

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