Héctor J. Huyke

Tribuna Invitada

Por Héctor J. Huyke
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Golpe a una generación intelectual

¿Qué es lo menos conocido de la lenta, segura y consecuente reducción de la financiación pública de la Universidad de Puerto Rico?

Lo que expongo en esta columna es uno de los efectos en la docencia, parte producto de los recortes, y parte producto de decisiones tomadas con respecto a esos recortes. La estrategia principal ha sido la congelación de los puestos docentes regulares según estos van quedando vacantes, y la contratación de personal temporero para cubrir las necesidades, según surjan.

El discurso reinante propone que nos adaptemos a la nueva realidad, que nos reinventemos como universidad. El cambio es el gran culto de los tiempos. Pero no es tan sencillo el asunto, como tampoco, en este caso, es inocente el resultado. El personal temporero sobrevive al ritmo de contratos reducidos al total de horas frente a un salón de clases.

Es desde los puestos docentes regulares que las generaciones intelectuales de un país generalmente se insertan en la discusión que es la tarea universitaria. Pero no es poco común hoy en Puerto Rico ver jóvenes asumir hasta el doble de las clases que un profesor “con plaza” daría, como también desempeñarse en varias instituciones a la vez, todo ello con el fin de lograr unos balances bancarios mínimos con que pagar las cuentas, y sobrevivir los periodos de desempleo, que son el verano y las navidades. Las instituciones universitarias privadas han andado por estos caminos desde hace décadas. La UPR es nueva en ese vecindario. Pronto será mayoritario el número de departamentos y recintos de la UPR en los que más de la mitad de la oferta académica la cargan estos intelectuales a contrato. Curiosamente, las congelaciones que le dan permanencia a las contrataciones temporeras son mayores en las humanidades y en las ciencias sociales.

No hay duda que la injusticia suprema es contra todo lo que tiene que ver con educación pública en este país, pero ello no le debe restar valor a la discusión de cada una de sus dimensiones. No es elitismo exigir detener y revertir la precariedad en la que se encuentra la contribución de toda una generación intelectual. Entre los jóvenes que ahora mismo completan sus grados doctorales fuera del país, habrá los que ya ni piensan regresar, y tienen buenas razones para ello. Entre los que se encuentran en Puerto Rico y han completado sus estudios, están los que eventualmente se irán, están los que no quieren que se les haga tarde para ello, y están los que se quedan no importa qué. Hay quienes logran la extraordinaria disciplina que se requiere para sobrecargarse con clases, y con todo y ello investigar, escribir y representar a Puerto Rico en mil maneras, inclusive en conferencias internacionales para las cuales no tienen el más mínimo apoyo institucional. Titanes son estos jóvenes, una noble fuerza que merece nuestra total admiración. Mi generación jamás sufrió algo similar.

Pensarnos y construirnos como país siempre ha sido tarea de todas y todos, y claro, podemos participar en ello desde el exterior. Hay una casta de educadores y educadoras que nos propone asumir esa tarea con mente y cuerpo en su tierra, en Puerto Rico de por vida, y no solo de corazón. No podemos responder sobrecargándolos de clases, que es una forma de acallar y expulsar. La discusión que, según mencionaba, es la tarea universitaria, es siempre una discusión en torno al porvenir. ¿Qué estamos haciendo de este país? Con el desmembramiento de esta generación de jóvenes intelectuales, le estamos cerrando el paso a esa discusión; hacemos lo posible por hacerla imposible. Es como si quisiéramos que fueran otros los que nos pensaran y nos construyeran.

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