Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
💬 0

Gracias, Lisa

Fue al otro día de escribir sobre las dichosas bambúas en este muro de las lamentaciones. El lunes, a las 9:30 a.m., la AEE me avisó que pasarían al desganche de las bambúas sobre las líneas del alumbrado que conducen a mi casa.

Ese mismo lunes irían a una incursión exploratoria para determinar el estado de las líneas y el tamaño del camión a usarse; me aclararon que quien llamaba era la notoria “técnica de Cayey”, alabado sea. Pensé muchas cosas aquel lunes en la mañana: un gracioso que leyó mi columna y me quiere coger de “suruma”, ¿o será el poder de la prensa? Me convencí fr que la mismísima Lisa Donahue, que llegó para quedarse, decidió aprender español, leyó mi columna con algunas dificultades, pero sacó en claro una cosa: “AEE stinks”.

El martes llega a mi caminito rural un camión nuevo International Harvester de trece toneladas, equipado con la deseada “canasta”. Un poco avergonzados, los unionados me aclaran que por la “crisis” los camiones más pequeños siguen dañados, no hay dinero para arreglarlos. El jefe de la brigada ostenta dos distintivos “cool” y carismáticos: gafas a lo “Walt White” y un chaleco amarillo a prueba de escritores antiobreros que en letras grandes lo proclama como unionado de la UTIER. Como Lisa, también leyó mi columna.

Además instalarían el foco que estaba dañado desde 1985. Semejante diligencia -las dos “órdenes de servicio” a cumplirse en el mismo día- me trae por la calle de la curiosidad. Indago con “Cuco”, el de las gafas siniestras, y me indica que ellos no son de desganche sino de colocación de postes; la unión los obliga a una estricta división de tareas, por lo que entiendo que, a la postre, alguien me está haciendo el favor.

Nos fuimos relajando sin llegar al relajo, ya asimilaron la idea de que tendrían que virar las trece toneladas en un espacio sólo apto para el Fiat 500 del papa. El chofer, puertorriqueño de la crisis, no dejaba de protestar con chasquidos y buches de fatalidad, los compañeros lo vacilaban, llamándolo “el choferazo”.

Se me van los ojos cuando veo lo fácil que pican las ramas y las bambúas, éstas con una pequeña sierra y aquéllas con una podadora “hi-tech” en forma de hoz, puesta al final de una vara metálica. “Mingue”, mi socio en un sentimental esfuerzo agrícola, quien trabajó treinta años sembrando postes en la AEE, y se jubiló para volver a sembrar la tierra, observa con ese silencio que identifico con mi infancia, a mitad de camino entre la hosquedad y la reciedumbre de los que vivieron el hambre; “Mingue” trabajó picando, no ramas, sino caña a los trece años.

“Cuco” ordenaba, el desganche se estaba realizando con precisión, cuando el que estaba por los aires en la canasta -“Choferazo” picaba con un machete y de mal humor los tallos secos de las bambúas- me pregunta si yo había pagado por aquel foco que él instalaría. Éste es el que está estudiando leyes por las noches, me dije. Le aseguré que ese alumbrado se pagaba desde 1976. Cuando le pedí a don fiscal que cortara una solitaria bambúa que a plazo de un año estaría sobre la línea, se negó. Ellos “no están autorizados a picar nada que no esté sobre la línea”.

Ya alcanzábamos los comienzos de la camaradería, hasta desgancharon el árbol de mangó frente a la casa de “Mingue”. “Cuco” me comenta que ellos tienen con el DRNA los mismos problemas que yo tendría si decidiera picar toda la cepa de las bambúas, es decir, la “permisología”. Añade que la peor plaga para las líneas del alumbrado son los venerados “meaítos”. Según los ambientalistas ayudan a retener aguas para los matorrales, según “Cuco”, y saliéndole el conocimiento campesino, los “meaítos” tienen la madera vidriosa, no sirven ni para leña; las bambúas retienen agua, por lo que son muy peligrosas en los desganches de líneas. Es el rumor de la ascendencia jíbara ancestral; me crié con gente para quienes los árboles eran “palos” y un yagrumo podría ser buena tapa para un cuatro.

Llegó el momento de “Choferazo”: pensamos virar el monstruo encima de una terraza que el arquitecto diseñó para mi SUV. ¡Negativo!, trece toneladas hundirían la estructura. No había otra, tendría que salir en riversa y subiendo una empinada jalda, hasta llegar al “redondel” de Julio. “Choferazo” salió del hoyo, movió las trece toneladas cuesta arriba y en riversa.

Lección para los políticos: “Despierta, boricua, se puede en riversa”.

Otras columnas de Edgardo Rodríguez Juliá

sábado, 9 de diciembre de 2017

Los toldos azules

El escritor Edgardo Rodríguez Juliá recorre la fila de toldos azules en campos familiares entre Cidra y Aguas Buenas, tras el golpe del huracán María.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Distinto paisaje, mismo país

El escritor Edgardo Rodríguez Juliá describe la comedia de la política puertorriqueña y su relación con la estadounidense, tras el azote del ciclón María.

sábado, 7 de octubre de 2017

Simplemente María

El escritor Edgardo Rodríguez reflexiona sobre el paso del huracán María por Puerto Rico

💬Ver 0 comentarios