Antonio Martorell

Tribuna invitada

Por Antonio Martorell
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Graduación playera

Asistimos a esta graduación playera y amerita la ocasión repensar estas dos palabras aquí reunidas: graduación y playera.

Hice mi asignación y busqué en el diccionario (lectura más amena de lo que muchos piensan por estar llena de sorpresas que nos regala el orden alfabético rebasando por mucho otros órdenes aburridos) y al buscar encontré varios y reveladores significados a la palabra graduación.

Encontré definiciones desde las más obvias, como la que nos convoca aquí, de la obtención de un grado académico, la categoría o rango de un militar hasta el grado de alcohol en vinos, licores y cervezas. Sin embargo, existe un significado que es el que más nos interesa en esta tarde luminosa. Y es el que dice así: “aumento o disminución gradual”. ¿Y por qué favorezco esta definición hoy por sobre las demás? Quizás porque esta graduación se da en La Playa de Ponce y toda playa es lugar gradual de cercanía y lejanía, de avance y retroceso donde las olas vienen y se van. La palabra playera no tuve que buscarla en el diccionario. Desde 1991, soy parte de esta comunidad playera y bien sé lo que significa. Por demás, nací en el Condadito, barrio de Santurce a escasas cuadras de la playa atlántica. Tan sólo me he mudado de mar. Ahora soy playero del Caribe.

Tanto esta graduación como La Playa donde se celebra apuntan, más que a un corte, más que a un comienzo y un final, a un continuo donde lo aprendido se sigue ejerciendo y alimentando de nuevo conocimiento, donde se avanza con conciencia del origen y donde se integran en constante vaivén el hoy y el mañana, el aquí y el allá.

La presencia de la playa en nuestra isla es siempre expectativa de dentro y fuera, de lo que llega y lo que se va. Sobre todo, en estos tiempos de crisis económica y social, de escasez e incertidumbre, de promesa y amenaza, la gradación de olas y arenas (como diría nuestra inolvidable Sylvia Rexach) cobra nuevos e imperativos sentidos.

No hay que olvidar que La Playa de Ponce fue nuestro principal puerto marítimo en el siglo 19 hasta la invasión de las tropas de los Estados Unidos después de lo cual lo fue San Juan; que el amplio trazado de nuestras calles y los grandes almacenes, uno de los cuales ahora me sirve de taller, albergaban los productos de exportación e importación de entonces.

Ahora parecería ser que uno de nuestros productos principales de exportación son nuestros habitantes que dejan de serlo. La tentación de emigrar es comprensible; la necesidad de buscar nuevos horizontes es más que justificada. Contrapuesta a esta posibilidad está la de permanecer y contribuir a la graduación del país desde la ruina económica, desde el cobro cruel de una deuda impagable, desde la opresión colonial a la dignidad del trabajo en las múltiples tareas necesarias para superarnos en autogestión insoslayable.

Soy un optimista y tengo buenas razones para serlo. Nuestra isla vive, dentrode sus acuciantes dificultades, el mejor momento de su prolongada y azarosa historia. No tengo memoria, y me precio de tenerla al día, de un momento como este, cuando florecen en nuestra tierra la autogestión y la solidaridad comunitaria. En las artes y las artesanías, en la agricultura, el empresarismo, las ciencias y las matemáticas se vive un renacimiento sin precedentes. Todos los días surge una gestión editorial, una sala de artes escénicas, nuevas agrupaciones de música y baile, talleres y galerías de arte, proyectos de video y cinematografía, series fotográficas y todo tipo de variaciones performáticas. Todo esto con poco o ningún apoyo gubernamental.

Parece ser que la debacle política, económica, social, moral y el paso devastador de dos huracanes han sido dolorosos llamados a enfrentar insoslayables problemas por demasiado tiempo negados. Hemos estado en peligro de muerte y muchos han fallecido pese al ocultamiento irresponsable de las desautorizadas autoridades; otros han emigrado pero, con la ayuda generosa de nuestra diáspora más allá de nuestras playas, nos hemos fortalecido como nunca antes.

Los exhorto a permanecer de este lado del mar, a vencer la tentación de montarse en la ola migratoria. Les propongo aprovechar el reto que el país les ofrece, que esta isla playera necesita. La compensación a este esfuerzo heroico no será inmediata ni cuantiosa, pero la graduación de servir a esta noble causa, de corresponder al conocimiento adquirido, de crecer gradualmente en el país y con el país que entre todos edificamos, bien lo vale.

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