Carmen Dolores Hernández

Tribuna Invitada

Por Carmen Dolores Hernández
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Gramática parda

No conocía el término: gramática parda. Cuando supe lo que significaba, sin embargo, comprendí enseguida. Es la “gramática” que ha estructurado siempre nuestras acciones colectivas.

Practican la gramática parda los políticos incapaces de ofrecer nuevas ideas para el futuro ni de inspirar la voluntad de la gente para unirse y lograr cambios significativos. Cómodos como están en su espejismo de poder, en su inmovilidad bien remunerada, de tales “gramáticos” no hay mucho que esperar. Gramática parda es la que cultivan los burócratas atrincherados en prácticas obsoletas, reacios a cualquier circunstancia que les suponga un esfuerzo mental para buscar maneras de resolver problemas de larga duración. Nuestro gobierno siempre ha estado lleno de “gramáticos” de tal laya, que la practican como una religión, negándose a toda innovación, experimento, cambio o transformación. “Así se ha hecho siempre” es su consigna. Gramática parda es la que guía a quienes cultivan la ley del menor esfuerzo. Amparándose en la costumbre más que en el análisis, prefieren perpetuar el “status quo” antes que desafiar sus premisas.

La gramática parda es, al fin y al cabo, cobardía. La inmovilidad es el recurso de los pusilánimes, de quienes -acomodados en una situación material o en una perspectiva mental- prefieren no moverse: no dejar la seguridad por el riesgo ni la complacencia por la búsqueda.

A pesar de que en muchas instancias de nuestra historia hemos actuado por temor y no por convicción, quiero creer que no somos un pueblo cobarde. Después de todo, ahí están los grandes heroísmos del pasado, cuando defendimos la Isla de los embates de enemigos poderosos, conservándola -no para nosotros- sino para el imperio que nos colonizó. A diferencia de Trinidad, de Jamaica, de la mayor parte de las Antillas Menores, permanecimos -a golpe de sable y cañón- bajo la tutela española. Desde el siglo 20 participamos en guerras ajenas, incluso de escala mundial. Y el heroísmo presente está en las hazañas significativas, cotidianas y aisladas que se practican en aras de la familia y la amistad.

Nunca, sin embargo, hemos tenido la suficiente confianza en nosotros mismos como para luchar por nuestra colectividad. Y no hablo de guerras y enfrentamientos militares sino de esfuerzos valientes y sostenidos para insistir en lo que nos corresponde: una presencia en el concierto de las naciones, el poder para tomar nuestras propias decisiones. A lo largo de toda nuestra historia, hemos bregado de maneras a veces indignas, tajureando, transando en lo que no debíamos transar, incluso mendigando. No hemos tenido firmeza de propósito ni hemos insistido -contra viento y marea- en exponer, negociar y exigir desde una posición de convencimiento de que merecemos el respeto ajeno. Nuestra situación colonial es ya insostenible y, sin embargo, seguimos insistiendo en prolongarla de un modo u otro, ya sea buscando más dádivas o intentando entrar en donde no nos quieren recibir. De nuevo las reglas de la gramática parda insisten en constreñirnos a lo conocido en detrimento de lo constitutivo.

La lucha es excesivamente desigual, dirán muchos: una isla pequeña y pobre contra un imperio. Algún recurso tenemos, sin embargo, como tuvo David contra Goliat. Podemos usar a nuestro favor la opinión mundial. Nuestro caso es insólito, precisamente por la desigualdad de las partes. Habría que develar la injusticia básica de nuestra situación colonial, oculta bajo el maquillaje de la dependencia.

El camino del miedo nos ha conducido por una senda que nos está llevando al abismo. Hora es ya de deponer la gramática parda en aras de la clara y consensuada; hora es de tener la valentía de exigir que Puerto Rico sea, por fin, nuestro.

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