Hiram Sánchez Martínez

Punto de vista

Por Hiram Sánchez Martínez
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Greta Thunberg: una voz necesaria

Puso cara de pocos amigos al espepitarle a la cara de los representantes del mundo entero el “How dare you”, el “¿Cómo se atreven?” (eso de haberle hecho y continuar haciéndole daño al medioambiente y quedarse como si tal cosa). El esfuerzo de la adolescente sueca de dieciséis años, Greta Thunberg, para llamar la atención a la comunidad de las naciones —muy especialmente a su liderato político—, a los fines de “inspirar y amplificar demandas políticas de acciones climáticas urgentes que reflejen los hechos científicos”, es digno de admiración y encomio. El cambio climático es un hecho evidente a nuestros sentidos. Ahí están la frecuencia y ferocidad de los huracanes, el deshielo que aumenta los niveles de mares y océanos, las temperaturas extremas en todos los lugares, ya sean de frío o de calor, etcétera. Es algo preocupante.

Aun así hay personas de mentes obtusas, como el presidente Donald Trump, que deambulan por ahí negándolo, junto a otros personajes de la política internacional que le hacen coro, si no con sus voces, con sus acciones. Siendo así, cualquier esfuerzo, por pequeño que parezca, debe ser valorado. Que en el caso de Greta su esfuerzo me parece grande. La adolescente se ha incorporado al grupo de quienes dan un paso al frente para exponer una causa que necesita el mayor número de voces posibles, voces que se hagan escuchar, voces que lleguen a todos los rincones del globo terráqueo.

Justo este es el propósito de la cruzada de Greta: hacerse oír, y en esto me parece que ha sido muy exitosa. Quien lo dude que simplemente entre a las redes sociales. De hecho, este periódico ha publicado un artículo en el cual se informa e ilustra cómo nuestros jóvenes de la Generación Z o “centennials” —de no más de 22 años— ven en la adolescente sueca una fuente de inspiración en su trabajo diario a favor del ambiente. El artículo también informa que hace poco más de dos semanas un grupo de nuestros jóvenes hicieron una protesta frente al Capitolio en defensa de un mejor futuro ambiental, como también lo hicieron jóvenes de ciento cincuenta países del mundo, en apoyo del movimiento liderado por la adolescente Greta Thunberg.

Realmente no me preocupa si Greta está yendo a la escuela en estos días o no, o si su padre y su madre están viviendo de los honorarios que ella pueda devengar en los diferentes lugares que visita como parte de su periplo por dar a conocer su causa. El aprendizaje que le brinda esta experiencia de vida y el poder visitar otros países y otras culturas en busca de apoyo para su causa ambiental, es seguramente más enriquecedor que las lecciones que le aguardan en los libros de la escuela. Y está bien que ella perciba algún ingreso, que bien se lo tiene ganado, pues no es la madre Teresa de Calcuta, que tenía votos de pobreza y viajaba por el mundo dependiendo únicamente de la Divina Providencia.

Cuando Malala —la adolescente afgana atacada a tiros por los talibanes porque luchaba por el derecho de las niñas a educarse igual que los varones— hacía lo mismo que hace Greta ahora, nunca me detuve a plantearme cuánto devengaría por sus comparecencias, ni si estaba yendo a la escuela en esos días. Yo solamente tenía en cuenta el mensaje de reivindicación de los derechos de la mujer y admiraba su valor al dar la batalla por una causa que por poco le cuesta la vida.

Y no, no es importante que en su discurso actual no diga algo novedoso. Lo importante es que su discurso, aunque repetitivo, sea veraz, contundente y necesario. Que siga machacando, que siga combatiendo el cambio climático, defendiendo el medioambiente, con el instrumento que tiene ahora a su disposición: su voz altisonante taladrando el tímpano de los que se hacen los sordos ante el reclamo de quienes queremos preservar nuestro planeta. Y que los que somos mayores que ella cojamos nuestra agüita por haberle dejado este desastroso reguero ambiental.

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