Benjamín Torres Gotay

LAS COSAS POR SU NOMBRE

Por Benjamín Torres Gotay
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Guerra a Wanda Vázquez

A La Fortaleza se llegaba normalmente con el mundo a cuestas. Llegaban hombres (hasta este año solo había llegado una mujer) que tenían años tejiendo laboriosamente el sueño.

Era gente que, no pocas veces, al empezar había dejado el cuero labrando en tierra árida o pujando el desenlace con todos los músculos de sus cuerpos y de sus almas.

Más de uno fue fabricación de cazadores de presupuestos públicos o cebados en los laboratorios de las agencias de publicidad, en las que también se le dibuja al país con qué puede soñar y con qué no. Ni uno llegó sin haber gastado millones que debía a los personajes que se dedican a esos menesteres de pagar campañas políticas para después, relamiéndose, cobrar con intereses.

Todos llegaron habiéndole prometido al país calles empedradas en oro. Era eso, el deberle tanto a tantos, que hacía que un fulano o una fulana, al entrar a los cavernosos salones del llamado “Palacio de Santa Catalina”, encontrarse de repente disminuidos en la magnitud y la fastuosidad de aquellos recintos que huelen a siglos, se sintieran abrumados por el peso sin fin de las expectativas.

Hubo uno que dijo que pensó en pedir un recuento al encontrarse de frente, de la noche a la mañana, con el tamaño de la responsabilidad.

Solo hay una excepción a esa regla: Wanda Vázquez Garced.

No es descabellado pensar que, en realidad, ella nunca pensó en ser gobernadora. Unos días antes de que le tocara decía, sin que se le notaran dobles propósitos, que el puesto no le interesaba. Cuando juramentó, demasiados daban por sentado que solo ejercería mientras aparecía alguien de la política a hacerse cargo.

Se dejó saber en aquellos días que Jenniffer González, comisionada residente, esperaba que Vázquez Garced se echara a un lado para ir ella a calentar la silla de la Fortaleza. Está en la memoria colectiva aquella demostración de fuerza del 8 de agosto, en que todo el liderato electo del Partido Nuevo Progresista (PNP), en formación, quiso hacerle ver que el puesto debía tocarle a uno de ellos.

He ahí una de las más importantes diferencias entre todos los demás y Vázquez Garced, aparte de la obvia (no fue electa): nadie esperaba nada de ella. Para un niño del que se espera que saque A es un problema sacar B. En cambio, cuando del niño no se espera nada, todos se ponen contentos si llega a C. Ese es el caso de Vázquez Garced: contrario a todos los gobernadores, no había grandes ni pequeñas expectativas sobre ella.

Por eso fue que con apenas algunos gestos empezó a ganar buena voluntad en el país. Un contrato cancelado por aquí. Un par de incompetentes despedidos por allá. Un encuentro con feministas un día. Otro con residentes de Vieques y Culebra el otro. Compromiso a medias con ambos.

Nada que hubiera debido estremecer los cimientos del planeta Tierra. Pero era más de lo que hacía Ricardo Rosselló. Y de nuevo, al haber cero expectativas sobre ella, cualquier cosa parecíagrande.

Se veía, por primera vez en muchos años, a una gobernadora que parecía actuar mayormente por instinto, fuera de los códigos anquilosados en que a menudo se conduce la gestión pública aquí. Ayuda también que la gobernadora se proyecta como una mujer sencilla, con la cual se puede identificar mucha de la población.

Alguna gente empezó a pensar: si veinte pesos son buenos, cuarenta deben ser mejores. Les gustaron a algunos estos primeros meses de Vázquez Garced al timón y han empezado a decirle al oído que aspire a ser electa al puesto que ahora ocupa.

Es obvio que a ella no le desagrada la idea. Se le ha visto más suelta en público, sonriendo más, juntándose más con la gente, haciendo, en pocas palabras, otro tipo de gesto, el más típico del político tradicional.

Los cínicos dirán que le gustaron el poder y la atención, por no mencionar la mansión colonial con sirvientes y una vista a la bahía que manda madre. Los menos cínicos dicen que ella cree que tiene la capacidad para afrontar los graves y profundos problemas de Puerto Rico.

Los cínicos, los menos cínicos y los que están entre ambos saben que a su vida le van a entrar unas complicaciones del diablo si decide postularse. Va a meterse a un terreno minado que no conoce. Sin siquiera postularse ya está probando de qué se trata. Cuando no amenazaba a nadie, todos somos Wanda. Ahora, guerra.

Del PNP le están haciendo la misma oposición que le harían a un popular a o a un independentista. Del bando de Pedro Pierluisi especialmente le están haciendo disparos de morteros todos los días. Fue muy gracioso leer a una cuenta de Twitter afín a la campaña de Pierluisi decir que Vázquez Garced “baila al son que le toque la Junta”. Además, los que vendían a Ricardo Rosselló como si fuera Alejandro Magno la tienen ahora contra ella.

Todo eso indica que, en una primaria en el PNP, le puede ir muy mal. Ella no tiene ningún vínculo con las estructuras de ese partido. En los partidos, esas estructuras ganan más contiendas que los mejores programas. Ahí adentro se habla en unos códigos que los de afuera desconocemos. Por ejemplo, Vázquez Garced dijo una vez que para ella la estadidad no es prioridad. Esa muy racional postura insulta al tipo de persona que necesita un PNP para tener la menor oportunidad en una primaria.

Hay muchas más borrascas en el horizonte. Si se postulara, vendrán las expectativas que al principio no había. Dejará de ser vista como la persona buena gente que no quería ser gobernadora, pero le tocó por la Constitución y, aunque hubiera asumido el rol con gallardía y seriedad, no se le podía pedir mucho. Se va a esperar que sea gobernadora de verdad, que resuelva problemas, que demuestre de qué, al final del día, es capaz.

Hay dos problemas que ya están maduros: uno, la amenaza de los cruceros de dejar de venir a Puerto Rico, que es un problema que nació ya durante su administración y, dos, la eliminación del arbitrio a las foráneas, que le costará cercade $2,000 millones al erario. Vázquez Garced fue advertida hace meses de que esto venía. Si tiene una solución, la ha mantenido bien calladita.

Se le va a empezar a pedir cuentas también por otras cosas, como el apoyo que dio a dos iniciativas supercontroversiales de la Junta de Supervisión Fiscal: el recorte a las pensiones y el plan de reestructuración de la deuda de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE), que viene aderezado con un aumento salvaje en la factura.

Y, ni se diga, si empieza a mirarse con ojo distinto su tiempo como secretaria de Justicia, que incluyó, entre otras vueltas muy difíciles de mirar, el ensañamiento contra Alma Yadira Cruz, la niña de 11 años, de educación especial, tratada como una delincuente por un año, por una disputa no violenta con dos compañeras de clase, y su apoyo sin reservas a un proyecto de ley que endurecía más el sistema de justicia de menores.

Habrá pasado en un santiamén de ser la primera gobernadora no electa, a la que muchos le tenían cariño nada más por verla metida en tan grande responsabilidad sin haberlo pedido, a la primera que tiene a todos los partidos haciéndole oposición. Por ahí, ya verán, irá descubriendo que mentía aquel bolerista que decía que el rencor hiere menos que el olvido.

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