Juan Antonio Ramos

Lo que tengo que decir

Por Juan Antonio Ramos
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“Gym”

El “gym” ha sido una bendición para mí. ¿Por qué tardé tanto tiempo en descubrirlo? Desde que voy al gimnasio mi salud ha mejorado de manera considerable. Apenas hago uso de medicamentos. Me mantengo en mi peso, no enfrento problemas cardiovasculares, y demuestro estar alerta y con buena disposición para hacer las cosas.

El gimnasio que visito prohíbe el bullying. Algo que cualquier negocio de este tipo debería establecer como política. Sé de personas que han dejado de ir al gimnasio debido a la hostilidad generada por tipejos que se sienten dueños del local.

Como mi gimnasio es enorme cada quien se ocupa de lo suyo y nadie molesta a nadie. Es el más impersonal de todos los gimnasios. Concebido para alguien como yo. Sin embargo, es inevitable tropezar con unos cuantos personajes que se las traen, y que encontraremos en cualquier gimnasio que visitemos.

Hablaré primero de los narcisistas (varones y hembras), que son los más inofensivos. Éstos se deleitan mirándose en el espejo desde todos los ángulos. Se recrean en sus lindas poses y en sus figuras fabulosas. No sería exagerado decir que consagran su vida a la adoración de su cuerpo.

Harina de otro costal son los herederos de “Vitín”, el pintoresco personaje creado por Emmanuel “Sunshine” Logroño. Ustedes y yo los conocemos. Por lo regular son individuos musculosos con talante de Rambo. Su vozarrón de macho es pura impostura. Casi siempre ponen el ojo en los chamaquitos “good-looking”. Un gimnasio sin “vitines” es como una letrina sin… moscas.

No obstante, debo decir que la inmensa mayoría de las personas que asisten a los gimnasios son gente buena y decente. Como Benjamín Quiñones, que me da los buenos días cuando nos encontramos, y me brinda una ayudita cuando me ve en aprietos con alguna de las máquinas.

Benjamín es divorciado. No tiene hijos. Se quedó sin trabajo en la farmacéutica donde trabajaba como técnico de refrigeración. Para mantenerse a flote, instala acondicionadores de aire y también les da mantenimiento. Repara cualquier equipo de refrigeración. Vive con su madre, que se encuentra en las primeras etapas del Alzheimer. En varias ocasiones la viejita ha salido de la casa a deambular. Mi amigo no puede pagar por los servicios de alguien que cuide a la señora mientras él sale a batallar.

El gimnasio le sirve de terapia. Se olvida de las calamidades del mundo durante el tiempo que entrena. Las noches son insoportables. Cada vez tiene mayor dificultad para conciliar el sueño. No quiere recurrir a ningún tipo de fármaco porque teme desarrollar una dependencia. Cuando está al borde del colapso nervioso, se monta en el carro y coge viaje.

Conduce absorto y tenso, con las mandíbulas apretadas y las manos aferradas al volante. Toma atrechos que rara vez utiliza, transita por caminos oscuros, callejones llenos de hoyos y malos olores, sectores casi desiertos, tierra de nadie. Por fin a lo lejos cree ver una silueta a orillas de la carretera. Sí, ahora comprueba que es una mujer que no se quiere pa na’, porque a quién se le ocurre ofrecer la “mercancía” en un lugar tan apartado y solitario. Benjamín reduce la velocidad, se acerca a ella poquito a poco, la tiene a dos o tres metros de distancia, disminuye la marcha al máximo para mirarla bien, para examinarla con detenimiento. Se trata de una mulata de muy buenas carnes, embutida en una minifalda bien ceñida, de pelo grifo color achiote, como el color de sus labios gruesos. Fuma impaciente con el celular en la oreja. Benjamín acelera su auto y se aleja, echa un vistazo por el espejo retrovisor, y alcanza a ver una porción fugaz de la mujer que se queda flotando en su mente.

Benjamín se ejercita en la trotadora. Presta atención a la pantalla de uno de los televisores del gimnasio. El reportero entrevista al superintendente de la policía. Éste asegura que existe un patrón bien definido entre los asesinatos de las tres prostitutas en los pasados siete meses. “Por ejemplo”, dice el oficial, “en los tres casos se puede observar que las víctimas…” Benjamín baja la vista, se concentra en lo que hace. Aumenta la velocidad del equipo.

“Qué bueno que viraste, Benjamín. Lo mucho que vamos a gozar”. Él vuelve la mirada sorprendido. ¿De dónde esta mujer lo conoce? “Tú no salías del Rusty, mijo. No te hagas el santito ahora”. Benjamín sigue sin recordarla. Maldice. La despachará lo antes posible. La ansiedad lo sofoca. La ansiedad y el miedo. Cree que este atrecho podría conducirlos a un paraje oscuro y solitario. “¿A dónde me llevas por este camino, ah bandido? ¿A dónde vamos?”

Me ejercito en la trotadora junto a Benjamín Quiñones. En la pantalla del televisor, el superintendente de la policía asegura que existe un patrón bien definido entre los asesinatos de las tres dichosas prostitutas y no sé cuántas cosas más. No me dejo distraer por ningún tipo de noticia. Los problemas del mundo los pongo en “pausa” cuando estoy en el gimnasio. Ahora acelero la velocidad de mi equipo. Sudo a chorros. Las palabras me salen atropelladas cuando le pregunto a Benjamín por la salud de su madre.

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