Cezanne Cardona Morales

Tribuna Invitada

Por Cezanne Cardona Morales
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Hacedores de lindos

No llevan capuchas ni rompen cristales. Huelen siempre a lavanda. Son de cualquier edad, pero de seguro ya pasaron los cuarenta. Tienen buen ojo para el futuro: confunden la gracia con la promesa y la eternidad con el olvido. No son banqueros ni empresarios –aunque hay una empresa del país que vive de eso. Al dolor ya lo vencieron: saben de estadísticas y algo de historia. Militan en cualquier partido. Son moralistas y pornógrafos de la miseria. Para ellos un despido es una oportunidad y la bancarrota es un recién nacido al que le cantan nanas. Pocos son ateos, y los que lo son, reducen el cáncer mundial a la indigestión de un churrasco. Hablo de los hacedores de lindos.

Tal vez ni ellos mismos conozcan su origen. Tienen poco más de un siglo, aunque parece que han existido siempre, y surgieron del chiste de un escritor argentino, que no es Jorge Luis Borges.

A principios del siglo 20, Macedonio Fernández escribió que la Municipalidad de Buenos Aires le debía pagar a un señor de aspecto horrible para que se paseara por la calle Florida con el propósito de que los demás, al verlo, se dijeran: “bueno, al fin y al cabo yo no estoy tan mal”. Ese señor horrible se convirtió entonces en el primer hacedor de lindos.

Como si de un virus se tratara, los hacedores de lindos se han multiplicado en el país. Y ahora que el desempleo y la cesantía han tocado mi puerta, los he notado más fuertes que nunca. Si les digo que a partir de agosto no podré pagar el plan médico de mis hijos, me responden con un “hay otros que ni eso tienen”. Sabía que existían, pero no que eran tantos. Y son peligrosos porque asaltan lo más humano: la tristeza, el duelo, la justicia y la rabia.

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lunes, 3 de septiembre de 2018

Nadar para poder caminar

Pensé en todos aquellos escritores que practicaban la natación, no para recordar el peso de la tierra, sino precisamente para olvidarla. El poeta Lord Byron, aquejado de una lesión en el tendón de Aquiles, nadaba para olvidar su cojera y cruzó el Bósforo, al norte de Turquía, sin rastro de dolencia. El checo Franz Kafka solía nadar en la Escuela Civil de Natación, en la isla de Sofía, para olvidar la vergüenza que sentía por su cuerpo. En sus “Diarios”, bajo la fecha del 2 de agosto de 1914, Kafka anota: “Alemania declara la guerra a Rusia. Por la tarde, me fui a nadar.” En una entrevista, el colombiano Héctor Abad Faciolince, autor de “El olvido que seremos”, dice: “Nado para que nada me afecte, nado para estar solo.” Para el poeta argentino Héctor Viel Temperley nadar era la mejor forma de rezar. El misticismo de su poema “El nadador” es evidente cuando dice: “Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada / Tuyo es mi cuerpo”.

sábado, 4 de agosto de 2018

Ataúdes prestados

El escritor Cezanne Cardona cuestiona el trato de Ciencias Forenses a los fallecidos

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