Eudaldo Báez Galib

Tribuna invitada

Por Eudaldo Báez Galib
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Hace falta liderazgo valiente para sacudirnos

El conformismo social y político es una característica cultural que nos ha acompañado a través de nuestra historia. No produce muchos paladines. Por el contrario, genera ejércitos de seguidores obedientes. Y a más complacencia, más nos convertimos en masa humana. Lo que aterra, si atendemos esa sentencia histórica de que “las masas no piensan, las masas sienten”. 

Quien logre ser él, o la, valiente para sacudirnos, necesariamente tendrá que poseer el don de la percepción aguda. Esa de distinguir entre realidades e imágenes falsas y ser radar que capte intuitivamente las señales Washingtonianas. En especial, ser maestro(a) del pragmatismo honesto —Maquiavelo con “¡ay bendito!”. 

Luis Muñoz Marín, quien transigió idealismo por pragmatismo al comprender la realidad de nuestra relación con Estados Unidos y las intenciones de Washington, logró, con esa transacción, un acomodo beneficioso para el país con el fin de desarrollarlo. A corto plazo exitoso, pero letal al largo.

Quien sea ese(a) líder, necesariamente arrancará desde ésta premisa: la relación de Puerto Rico con Estados Unidos no cambiará durante muchos cuatrienios. “Promesa” y “Sánchez Valle” confirmaron que la fuerza del poder en EE.UU. descarta acuerdos y principios ciudadanos elementales ante sus “intereses nacionales”. O sea, seguiremos siendo lo que somos, sea lo que sea ese somos.

Entonces, ¿qué? ¿Aplaudiremos por décadas los discursos de “estadidad ahorita”, de una independencia exigida desde afuera, pero abandonada aquí, y de un autonomismo difuso de por sí, en ocasiones confundido con la independencia? Y a todo eso añádale pobreza, corrupción, crisis en seguridad pública, deficiencias educativas, incapacidad gubernamental y una sociedad indiferente a que la insulten. 

¿Cómo, entonces, convencer, que para lograr cualquiera de las metas ideológicas es imprescindible construir previamente un país sólido? Y no es al pueblo a quien hay que así convencer. Imposible. Ya nos hemos enviciado votando, no por la bondad o conocimientos de los candidatos, sino por el ideal de estatus que empuñan y cuán simpático pinten o saturen los anuncios pagados.

A quien hay que convencer es al liderato político del país. Ahí el porqué de una o un valiente. ¡Valor para avergonzarlos! Lo que, a su vez, educará al elector en que la compra de su conciencia por preferencias ideológicas, unido a la compra del voto mediante la propaganda efectiva financiada por el inversionismo político, le ha convertido en un peón del ajedrez politicastro en esta era de los votos perdidos.

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