Israel Morales

Tribuna Invitada

Por Israel Morales
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Hace falta luz, pero sobre todo iluminación

Desde los primeros pasos que dimos luego del huracán Irma en las comunidades destruidas en Loíza, hasta los ríos sin puente en Fátima de Vega Alta y San Lorenzo de Morovis, sospeché que el afán por regresar a la normalidad iba a ser una carrera desbocada de apariencias para dejar saber a los demás que todo se había repuesto, que en verdad no pasó nada, que esto fue de soslayo, como la Hortensia aquella.

Así ha sido. Mientras unos pocos privilegiados ni siquiera alteraron sus vidas luego del paso de los huracanes, ¡albricias!, aún tenemos gente que vive en refugios a cuatro meses del paso del huracán.

 “¿En serio?”, me cuestionó una ilusa. Al día de hoy tenemos a miles de conocidos y parientes que han huido del país sin querer, dejando un rastro de lágrimas y un poquito de esperanza, de que todo mejorará por arte de magia.

“Cuando mejore, vuelvo. No te apures”. No es así de fácil y lo tenemos que aceptar. Gente sin hogar, jóvenes sin trabajo, ancianos que aún no asimilan lo que pasó. Durante décadas, en la ínsula vivimos en la comodidad y respaldo de los fondos federales para paliar los desastres. “Mojad los mattress, que el gringo paga, ¿no?”

No hace tanto, FEMA tenía fama de ser una agencia eficiente y certera en la ayuda a los necesitados. Ahora no es así. Y es que este huracán María, de nombre tan maternal y de vientos infernales, fue el causante “del desastre más grande registrado en la historia de Estados Unidos y sus territorios”. Lo dijo el propio Alejandro de la Campa en una reunión en la que estuve, como dolorosa referencia objetiva del desastre. Así es.

Continúo e insisto: tenemos familias en la calle y gran parte del país aún sobrevive sin energía eléctrica y los que la tienen, cuentan historias de las fluctuaciones de voltaje que ponen los nervios de punta a neveras y lavadoras. “Que no la enchufo más”, dijo una doña al referirse a su nevera nueva. “Hasta que esto no se arregle, no la prendo”, dijo lamentándose en la fila de revisión de casos de FEMA.

Yabucoa aún a oscuras, Barranquitas registra con servicio, pero limitado al centro urbano. Sus barrios siguen a oscuras. Y no es solamente en los pueblos de la llamada “isla” que algunos mencionan con algo de desprecio, como si vivieran en el siglo XIX.

En Santa Olaya de Bayamón, comunidad que no es campo, pero tampoco ciudad, Chelita aún sigue sin luz y su esperanza se va apagando. Mientras la gente continúa el empuje diario por tratar de llegar a la normalidad, falta el orden, se carece de estructura, se avanza agarrados al verbo boricua que todo lo puede: “tamos bregando pai”. Y es que nos falta luz, es verdad, pero carecemos de algo aún más importante: iluminarnos como individuos y como país.

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